Pintura y poesía

Pintura y poesía

jueves, 7 de enero de 2016

Rafael de León. Romance de la viuda enamorada.

La pobre viuda del oficial
Peter Fendi
Galería Belvedere, Viena, Austria.

Siempre pegada a tu muro 
y al filo de tus almenas; 
siempre rondando el castillo 
de tu amor; siempre sedienta 
de una sed mala y amarga 
de desengaño y arena. 

Por qué te querré tanto? 
Por qué viniste a mi senda? 
Quién hizo brillar tus ojos 
en la noche de mi pena? 
Qué lluvia de mal cariño 
quiso convertirme en yedra, 
que va creciendo y creciendo 
pegada a tu primavera? 

Ay, qué montaña de amor 
tengo sobre mi cabeza! 
Ay, qué río de suspiros 
pasa y pasa por mi lengua! 

Yo estaba en mis campos hondos, 
allí en Castilla la Vieja 
durmiéndome entre molinos 
y coplas rubias de siega, 
y era mi vida una noria 
monótona y polvorienta. 

Mis hijos venían del campo, 
con sus camisas abiertas, 
y en el pulso de sus hombros 
reclinaba mi cabeza. 
Así, un día y otro día, 
allí en Castilla la Vieja... 

Una tarde (por los nardos 
subía la primavera...). 
Una tarde, vi tu sombra 
que venía por la senda 
dentro de un traje de pana, 
tres vueltas de faja negra 
y una voz dura y redonda 
lo mismo que una pulsera. 

-Buenas tardes, ¿hay trabajo?  
-Sí-  te dije toda llena 
de un escalofrío lento 
que me sacudió las venas 
y me quitó de encima 
diez años de vida muerta, 
bordando en mi enagua oscura 
una rosa dulce y tierna. 

-Está bien-  fueron tus gracias, 
y, doblando la chaqueta 
te sentaste a mi lado 
en el borde de la senda. 

Vive este amor de silencio 
y entre silencio se quema, 
en una angustia de horas 
y en un sigilo de puertas. 
El pueblo ya lo murmura 
en una copla que rueda 
todo el día por el campo 
y de noche en la taberna. 

Dicen que si soy viuda 
y sacan el muerto a cuestas; 
dicen, que si por mis hijos 
me debía dar vergüenza... 
Dicen, tantas cosas, tantas, 
que las paredes se llenan 
de vidrios y maldiciones 
y hasta a veces de blasfemias. 

Mi hijo el mayor (veinte años, 
dulce y moreno), con pena, 
me habló esta mañana: -Madre, 
ese traje no te sienta, 
ni esas flores, ni ese pelo, 
ni ese pañuelo de hierbas... 
Yo no me atreví a mirarlo, 
y me sentí muy pequeña, 
como si fuese mi madre 
la que hablándome estuviera. 

-Por nosotros, tú no debes 
vestirte de esa manera... 

¡Ay, por vosotros! Os di 
todo el trigo de mi era; 
todavía de vosotros 
mi cintura tiene huellas. 
¡Sangre mía que anda y vive 
y a mí me va haciendo vieja! 
¿Pero es que yo ya no tengo 
derecho a querer? ¿Qué ciega 
ley me prohíbe que al sol 
deje mis rosas abiertas? 
¿Y que me mire al espejo, 
y que me vista de fiesta, 
y que en mi jardín antiguo 
florezca la primavera?... 

¡Quiero y quiero y quiero y quiero! 
Están en flor mis macetas; 
diez ruiseñores heridos 
cantan amor en mis venas, 
y me duele la garganta, 
y está mi voz hecha piedra 
de tanto decir: "Te quiero 
como a ninguno quisiera!" 

¡Ay, qué montaña de amor 
tengo sobre la cabeza! 

¡Ay, qué río de suspiros 
pasa y pasa por mi lengua! 

¡Canten, hablen, cuenten, digan, 
pueblo, niños, hombres, viejas... 
que yo de tanto quererle 
no sé si estoy viva o muerta! 


Rafael de León (España, 1908 – 1982)

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