Pintura y poesía

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jueves, 1 de diciembre de 2016

Oscar Wilde. El gigante egoísta. Cuento de diciembre, 2016.

El gigante egoísta 1 (2010)
Ritva Voutila (Finlandia/Australia, 1946)
Ilustración para El gigante egoísta de Oscar Wilde
Óleo sobre lienzo
www.ritvavoutila.com

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.
-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.
Los niños escaparon corriendo en desbandada.
-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES


Era un Gigante egoísta…
Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.
-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.
Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban y los árboles se olvidaron de florecer. Solo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.
-La primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.
-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.
Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
-No entiendo por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era solo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.
-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?
Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Solo en un rincón el invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.
-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la primavera regresó al jardín.
-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.
-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno pues sabía que el invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira y dijo:
-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.
-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.
-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

(de El príncipe feliz y otros cuentos, 1888).

Oscar Wilde (Reino Unido, 1854 – 1900).

domingo, 12 de julio de 2015

Oscar Wilde. Balada de la Cárcel de Reading VI.

Bosquejo de Oscar Wilde en prisión

En la cárcel de Reading hay
una cruel e infame fosa.
Yace allí un miserable
que dientes de llama destrozan.
Está en un sudario de fuego
y yace en una tumba anónima.

Descanse allí siempre en silencio
mientras Cristo llama a los muertos.
No hay qué regar lágrimas loca
ni fingir suspiros sinceros:
El mató todo lo que amaba
y tuvo qué morir por ello.

Y esta verdad sépanla todos:
Que todos matan lo que aman.
Los unos matan con su odio,
los otros con dulces palabras:
El que es cobarde, con un beso.
Y el valiente, con una espada!

Oscar Wilde (Reino Unido, 1854 – 1900)

sábado, 11 de julio de 2015

Oscar Wilde. Balada de la Cárcel de Reading V.

Balada de la Cárcel de Reading
Modest Alexandrovich Durnov
Portada de la primera edición, 1904.

Yo ignoro si la ley es justa
o si la ley tiene sus yerros;
sólo sabemos que hay un muro
alto alrededor de los presos,
donde cada día es un año:
Un año de días eternos.

Pero sí sé que toda ley
que traza el hombre a sus hermanos
desde que empezó la aflicción
con el primer asesinato,
toda ley cuela el grano bueno
con el peor de los cedazos.

Y también sé –si lo supieran...-
que cada prisión se edifica
con bloques de ira e infamia
y con barreras de sevicia,
por temor de que Cristo vea
cómo los hombres se mutilan.

Enceguecen el sol con rejas
y con barras afean la luna;
y es bueno que escondan su infierno
para que jamás se descubran
las cosas que ni Dios ni el hombre
deberían contemplar nunca.

La maldad, como mala hierba
crece en la tierra carcelaria;
y lo que hay de bueno en el hombre
allí se marchita, se acaba;
la angustia vigila las puertas,
y es guardián la desesperanza.

Matan de hambre al pobre niño
que día y noche tiene miedo,
azotan al tonto y al débil
y se burlan de los más viejos,
y aquellos que no se enloquecen
se vuelven malos en silencio.

Y son las celdas que ocupamos
como letrinas putrefactas;
entra la hediondez de la Muerte
por las ventanas enrejadas,
y todo, menos el deseo,
lo muele la máquina humana.

El agua horrible que nos dan
resbala como inmundo cieno;
y el pan, que pesan con cuidado,
está lleno de cal y yeso;
y el sueño no se duerme nunca
implorando insomne al tiempo.

Mas aunque el hambre y la sed luchan
como dos víboras en celo,
la comida allí poco importa;
lo que nos mata por completo
es que son las piedras del día
por la noche el corazón nuestro.

Con la noche en el corazón
y el atardecer en las celdas,
hacíamos girar el torno
y deshacíamos la cuerda;
y el silencio era más terrible
que unas campanas de voz llena.

Jamás se acerca una voz
con unas amables palabras,
y los ojos que nos examinan
tienen las más crueles miradas;
y olvidados de todos, vamos
pudriéndonos en cuerpo y alma.

Así acabamos esta vida
en soledad, traición o pena;
unos maldicen en silencio,
llora otro sobre su cadena,
pero la eterna Ley de Dios
parte el corazón de la piedra.

Y cada corazón que estalla
en celda o patio de presidio
semeja la cajita aquella
que guardó el tesoro divino
cuando en la casa del leproso
derramó el perfume exquisito.

Dichosos esos cuyos pechos
pueden tornarse aún pacíficos!
Cómo, si nó, sería posible
al hombre trazar su camino ?
Que sólo en un corazón roto
puede albergarse Jesucristo.

Este hombre de cuello hinchado
y de amoratada garganta
y con los puros ojos fijos,
espera aún las manos santas
como el ladrón del Paraíso.
Dios no rehusará su alma!

El hombre que lee la Ley
le dio seis semanas de vida
para purificar su alma,
para curar su alma herida,
y limpiar de sangre la mano
que empuñó el arma homicida.

Con lágrimas lavó su mano,
la mano que hundió el cuchillo;
sólo la sangre borra sangre,
sólo el llanto limpia el espíritu:
La mancha roja de Caín
fue el sello níveo de Cristo!

Oscar Wilde (Reino Unido, 1854 – 1900)

viernes, 10 de julio de 2015

Oscar Wilde. Balada de la Cárcel de Reading IV.

Cárcel de Reading
Ilustración
Ilustrated London News (1844)
Londres, Reino Unido.

Mas no se celebran oficios
cuando en el patíbulo hay alguien;
el Capellán está muy triste
o está su rostro muy exangüe:
Quizá en sus ojos está escrito
algo que no debe ver nadie...

Nos cerraron hasta la tarde,
y sólo entonces sonó el hierro;
con sus llaves tintineantes
los guardas cada celda abrieron,
y bajamos las escaleras
libre cada uno de su infierno.

Andábamos al aire libre
mas no como antes se solía;
en unos rostros había miedo,
y eran los otros de agonía:
Nunca antes ví a hombres tan tristes
ver con tal sed la luz del día!

Nunca antes ví a hombres tan tristes
mirar con tal mirar de anhelo
ese toldo azul que nosotros
los presos llamábamos cielo,
y cada nube que pasaba
en un feliz y libre vuelo.

Entre nosotros, unos iban
solos, y baja la cabeza...
Si todos hubieran pagado
habríalos cogido la cuerda:
No mató él más que cosa viva,
ellos mataron cosa muerta.

El que por segunda vez peca
despierta un dolor enterrado,
y lo hace sangrar de nuevo
cuando lo arranca del sudario:
Lo hace sangrar a grandes gotas
y lo hace sangrar en vano!

Y como payasos o monos,
con una pompa estrafalaria
andábamos con gran silencio
por sobre la tierra asfaltada;
caminábamos con gran silencio
sin decir ninguna palabra.

Andábamos con gran silencio
siguiendo el hilo a la muralla;
y en cada cerebro vacío
un terrible recuerdo entraba,
y conmovía a cada uno
el terror sobre nuestra espalda.

Los guardas iban y venían
haciendo a sus bestias la ronda;
sus atuendos eran flamantes;
pero supimos de la obra
que ellos antes ejecutaron
por la cal que había en sus botas.

Allí donde hicieron la fosa
no se veía ningún rastro;
sólo un poco de arena y tierra
cerca del muro carcelario,
y un montoncito de cal viva
por dar al hombre buen sudario.

Ese infeliz tiene un sudario
como pocos pueden quererlo:
Al fondo de un patio de cárcel,
por afrenta, desnudo el cuerpo:
Él yace allí, encadenado,
y entre unas sábanas de fuego.

La cal ardiente lo devora
sin interrumpir el escarnio,
roe los huesos en la noche
y la carne en el día claro;
roe –alternando- carne y huesos,
pero el corazón sin descanso.

Y pasarán tres largos años
en que no habrá allí una planta;
ese lugar, por los tres años,
es tierra maldita y árida,
y mira al cielo con asombro
sin un reproche en la mirada.

Creen que el corazón de un reo
mata la semilla sembrada.
Pero nó! La tierra de Dios
no es como los hombres avara:
La rosa roja allí es más roja
y la blanca será más blanca!

En su boca una rosa roja.
Sobre el corazón, una blanca!
Porque quién sabe el raro signo
que imprime Cristo a su palabra
desde que el bordón del viajero
floreció delante el gran Papa?

Pero ni flor roja ni blanca
florecería en tal recinto;
sólo piedras, cascos y sílex
dan en el patio de un presidio.
Porque ellos temen que las flores
consuelen al hombre sencillo.

Por eso no caerán pétalos
nunca, ni blancos ni aún rojos,
en la tumba –polvo y arena-
cerca de ese muro oprobioso
para decir a los reclusos
que el Hombre-Dios murió por todos.

Sinembargo, aunque el muro horrible
lo esté rodeando todavía;
aunque un espíritu con grillos
no ambula entre la noche fría,
y sólo puede verter lágrimas
por yacer en tal tierra impía,

está ya en paz, o estará pronto;
ya no le acosa la locura,
y el miedo ya no lo acobarda
en la monotonía diurna,
porque es la tierra en que reposa
tierra sin sol, tierra sin luna.

Lo ahorcaron como a una bestia,
sin una sola campanada
que hubiera llevado consuelo
al terror mudo de su alma;
lo llevaron con gran premura
a la fosa recién cavada.

Lo desnudaron de sus ropas,
luégo abandonaron su cuerpo,
se rieron de sus ojos fijos
y de su amoratado cuello,
y alegremente amontonaron
el cruel sudario para el reo.

El Capellán no se arrodilla
junto a la tumba de un maldito,
ni lo bendice con la Cruz
que dio el Señor a los perdidos;
pero este hombre era uno
de los que vino a salvar Cristo!

Todo está bien; no ha hecho más
que franquear normales límites.
Lágrimas raras para él
llenarán la urna imposible.
Sus plañideras son los parias,

y los parias siempre están tristes...

Oscar Wilde (Reino Unido, 1854 – 1900)

jueves, 9 de julio de 2015

Oscar Wilde. Balada de la Cárcel de Reading III.

El patio de ejercicios
Gustave Doré
Grabado
Museo de Londres


En este patio de los reos,
de piedra burda y muros altos,
aquí tomaba él el aire
bajo un cielo siempre nublado;
y por temor de que muriese
iban dos guardas a su lado.

Él también solía sentarse
con esos que espiaban su pena,
los que vigilaban su llanto
y aún su oración más pequeña;
siempre lo miraban temiendo
robase al cadalso su presa.

El Director conocía todos
los artículos del Reglamento;
el Doctor decía que la muerte
no era más que un simple hecho;
y en la celda, dos veces diarias
el Capellán le daba consejos.

Y dos veces fumaba él pipa
con grandes sorbos de cerveza;
no dejaba esconderse el miedo
porque su alma estaba resuelta,
y aún decía estar alegre
viendo al verdugo ya tan cerca.

Pero jamás un centinela
le preguntó con gran audacia
por la razón de su blasfemia;
porque quien debe hacer de guarda
ha de poner llave a su boca
y sobre su rostro una máscara.

Si nó, podría conmoverse;
y qué haría la piedad
en una cueva de asesinos?
Y qué palabra de bondad
podría socorrer a un hombre
hundido en tan atroz lugar?

Con paso torpe, como tontos,
danzábamos en todos el patio.
Qué más nos daba ser ahora
la alegre comparsa del diablo:
Cráneos rapados, pies de plomo,
son un espectáculo raro!

Deshilábamos cuerda embreada
con las romas uñas sangrientas;
fregábamos suelo y barrotes
y frotábamos pared y puertas,
y enjabonábamos las tablas
chocando los cubos en ellas.

Coser sacos y partir piedras,
voltear taladros polvorientos,
chocar vasijas, gritas himnos,
y en el molino el sudor nuestro...
Pero en el corazón de todos
se escondía tranquilo el miedo.

Tan tranquilo que cada día
reptaba como ola de algas.
Nos olvidamos del destino
que a inocente y culpable aguarda,
hasta que al volver del trabajo
vimos una tumba cavada...

Y un alimento viviente
pedía por su ancha boca;
hasta el barro pedía sangre
al asfalto de sed ansiosa:
Supimos que antes del alba
alguien colgaría en la horca.

El alma pensando en la Muerte,
en el Terror y en el Destino;
y arrastrándose en la niebla
pasó el verdugo su saquito.
Y cada recluso temblaba
entrando a su infierno distinto.

Aquella noche, los pasillos
formas pavorosas llenaron;
se sentían pasos furtivos
en la cárcel, de arriba abajo,
y tras de los barrotes crueles
había curiosos rostros blancos.

Descansaba como quien sueña
en la hierba de una pradera;
los vigilantes lo miraban
sin poderse explicar siquiera
cómo duerme un hombre tranquilo
con el verdugo allí tan cerca.

Pero no hay sueño cuando lloran
los que no conocen las lágrimas;
por eso, inocente y malos
velamos en la noche larga:
y a través de cada cerebro
la pena de otro se arrastraba.

Es cosa horrible padecer
cada uno el ajeno delito!
La espada del mal hiere el pecho
hasta su gran pomo maligno,
y como plomo eran las lágrimas
por la sangre que no vertimos.

Iban guardianes silenciosos
hasta las puertas con candado,
y miraban las sombras grises
dobladas, pensando asombrados
cómo podían arrodillarse
los que jamás habían rezado.

Toda la noche, de rodillas
como locos en un entierro.
Y como penachos fúnebres
eran las plumas ante el viento.
Y a vino agrio en una esponja
nos sabía el remordimiento.

El gallo gris cantó, y el rojo,
pero aún no amanecía;
había formas de terror
en los rincones, escondidas,
y los mil duendes de la niebla
danzaban ante nuestra vista.

Se deslizaban y pasaban
como viajeros en la niebla;
imitaban pasos de luna
con mil contorsiones grotescas;
y con ceremonias y gracias
los fantasmas hacían fiesta.

Como sombras entrelazadas
pasaron con mimos y muecas,
y en fantasmal tropel danzaron
una zarabanda siniestra,
... y los condenados bailaban
igual que el viento en las arenas!

Danzaban y hacían piruetas
con agilidad de muñecos;
era una horrible mascarada
al son de las flautas del miedo,
y cantaban con insistencia
queriendo despertar al muerto.

Ooh! –gritaban- El mundo es ancho
pero el pie atado se tropieza;
y una o dos veces tirar dados
es gran distinción y nobleza,
mas no rinde apostar pecados
a ocultas casas de vergüenza.

No eran espectros los payasos
que con gran contento saltaban;
tenían los pies con grilletes
y las vidas encadenadas:
Bien vivos, Oh Dios!, los veía,
y era terrible tal mirada.

Todos giraban en el corro;
unos en yunta zalamera,
otros, -cual mujeres equívocas-
iban rozando la escalera;
mas todos, con leve sarcasmo
acompañaban al que reza.

Susurró el viento matutino
pero aún la noche seguía;
en su gran telar la tiniebla
tejió hasta el final cada fibra;
y, aún rezando, nos ahogaba
el miedo a la solar justicia.

El viento errante sollozaba
sobre los muros de la cárcel
hasta que, cual rueda de acero,
se nos clavaron los instantes:
Oh viento! Cómo merecimos
tan cruel espía insobornable?

Al fin dio sombra cada reja
-plúmbea cortina tenebrosa
sobre la pared encalada
frente a mi lecho de congojas:
Supe que en algún lugar era
el alba horrible de Dios, roja!

A las seis barrimos las celdas,
a las siete, todo sereno;
pareció llenar la prisión
un trémulo y terrible vuelo:
El Caballero de la Muerte
había entrado por un féretro!

No vino con suntuosa pompa
en un blanco corcel de fiesta.
Una horca sólo precisa
tablón y tres metros de cuerda;
así, con un lazo de oprobio
hizo el pregón su obra secreta.

Como entre pantanos oscuros
perdidos que a tientas avanzan;
no osábamos aún rezar
ni exhalar las penas amargas;
algo había muerto en cada uno:
había muerto la Esperanza!

La feroz justicia del hombre
va recta sin jamás desviarse;
y hiere al fuerte como al débil
en su dura marcha implacable:
Con pies de hierro aplasta al fuerte
la parricida abominable.

Esperamos oír las ocho.
Bocas hinchadas y salobres.
Las ocho: La hora en que el Destino
hace maldito al ser más noble.
Usa el Destino el mismo nudo
para el mejor y el peor hombre.

Sólo esperábamos un signo
mudos e inmóviles, tal como
piedras en un valle perdido;
ay! pero el corazón de todos
latía fuerte y con premura
como sobre un tambor un loco.

A un golpe duro del reloj
tremuló la cárcel tremenda,
y de toda ella se alzó
como un gemido de impotencia
igual al grito estremecido
de los leprosos en sus cuevas.

Y cual se ven cosas horribles
entre los sueños cristalinos,
la aceitosa cuerda de cáñamo
colgada de la viga vimos,
y oímos la oración que el lazo
estranguló en un alarido.

Todo el dolor que lo azotó
hasta el terrible grito hiriente,
su pena y su sudor de sangre
ninguno como yo los siente:
El que vive más de una vida

debe morir más de una muerte!

Oscar Wilde (Reino Unido, 1854 – 1900)