Pintura y poesía

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miércoles, 1 de marzo de 2017

Hernán Lavín Cerda. Metamorfosis de Roberto Bolaño (1953—2003).

Bolaño
Ana Pérez López
Carboncillo, conté y pasteles sobre madera de balsa
España
http://fanzinebolano.tumblr.com/


Desnacido y casi en los huesos, fuma
que fuma, se lo fumaba todo, al Mundo
y al Inframundo, incluso a Dios
y al Diablo, cuando yo lo conocí sin conocerlo
nunca, a los veinte años de su edad, más agudo,
socarrón y eléctrico que un colibrí en el aire
de su rabiosa y cruel incertidumbre.

Le gustaba mucho más el crepúsculo vespertino
que la tibieza del esplendor del mediodía:
siempre fue más infra que el Inframundo,
aunque no supiera muy bien dónde estaba el Inframundo.

Contra todo y contra todos, lejos de Dios
y de la Academia no sólo de la Lengua:
como francotirador, tuvo una puntería inconmovible
para disparar contra el ojo único
en la frente del pianista, que era él mismo,
con la más agria belleza de su leche tan suya.

Algún día estuve en Barcelona y no fui a verlo:
me gustan, ¿cómo negarlo?, y no me gustan los poetas más "malditos"
que noctámbulos: ya no hay malditos de verdad
en este Mundo o en aquel Inframundo:
se me enrosca y se me sube en su espiral la pituitaria,
tiembla en lo más profundo de mí el Gran Simpático
y me viene el sueño a lo bestia, un sueño a menudo ingobernable.

Recuerdo que se burlaba de casi todo, bendito sea, y de improviso
podía enterramos, bilosa y fraternalmente, el cuchillo por la espalda:
pobre niño tonto, menos lúcido que tonto, por fortuna,
¿en qué piensa uno cuando dice por fortuna?

¿Cómo, por qué, cuándo? Ni él mismo lo sabía, mientras
iba mordiéndose el hígado a flor de piel, no hay hígado
que no sea de pronto un cadalso, sí, a flor de bilis
y más bilis, con aquella ternura y soberbia
insuperables, como desde un precipicio aún más hondo que la hondura de Dios.

Lo dijo mejor que nadie en "El burro", aquel poema que aparece
y de súbito desaparece de su libro Los perros románticos:

"Me subo a la moto y partimos
Por los caminos del norte, la cabeza y yo,
Extraños tripulantes embarcados en una ruta
Miserable, caminos borrados por el polvo y la lluvia,
Tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos
Y ventiscas de arena, el único teatro concebible
Para nuestra poesía".

Vete al Diablo con tu metamorfosis, Roberto,
aunque el Diablo, como aquel Dios,
seamos nosotros, los que tal vez nunca
te olvidaremos, a pesar de todo.

Descansa en paz o, si lo prefieres, no descanses
en paz o en guerra, y sigue tu camino de animal romántico,
más de romántico que de animal perruno
y hasta la próxima, no te olvides, con dinero
o sin dinero, para decirlo al modo de José Alfredo Jiménez,
quien anda todavía por el Mundo y el Inframundo como tú, detrás de un hígado
de repuesto, la viscera casi inmortal, el higadillo del fervor y el entusiasmo.

Echaremos los hígados a favor tuyo, en tu nombre,
esperando que del manantial aparezca el invisible conejo de luz,
aquel milagro de la resurrección, ¿dónde estuvo la herida?, de una vez y para siempre.

Hernán Lavín Cerda (Chile, 1939). 

miércoles, 1 de febrero de 2017

Hernán Lavín Cerda. Concierto para vírgenes (Segundo movimiento de Concierto para dos cuerdas).

Las cítaras
Raúl Soldi (Argentina, 1905 - 1994)
Óleo sobre masera prensada

Con púas de concha se toca la cítara,
sólo con púas en triángulo se la toca más allá de las cuerdas
para que cante como las vírgenes de la Antigüedad, aquellas vírgenes
de la primavera con fragancia de cielo,
aquel cielo casi líquido, las vírgenes más hermosas.

Bienaventuradas sean las púas
del pulso vital, del impulso carnal más allá de las cuerdas
donde la cítara se estremece tocándose
y tocándonos, casi loca en su pulsación, aunque sutil y súbita
en la más frágil de las corduras, la cordura más antigua,
la tembladera en la encordadura
que vibra desde el abismo como las lenguas de una serpiente.

Bienaventurada sea la magnífica
bajo el desliz pulsátil de las púas de concha
que han hecho de la cítara una música de arcángeles
en lo profundo de aquel cielo casi líquido, no habrá staccato,
lo celestial se ha vuelto sutileza, magnífico sea el impulso
en el mediodía del Génesis y en la medianoche del Apocalipsis.

De otro modo no hay música, maestro, no habrá música
si la púa mayor desaparece
y al fin es afonía como la lengua
de la más vieja cítara, ese animal sordomudo
entre las lenguas de la serpiente más ambigua.

Con púas de concha, sólo con púas en triángulo
se la toca más allá de la muerte, lejos,
más allá de la resurrección en la cuerdas
para que finalmente cante como las vírgenes.

De otro modo no hay música, maestro, no habrá música
y la cítara será un arcángel extraviándose más allá del mundo,
será una música inaudible para siempre, lejos
de todo, del pulso, sutil y súbita, del impulso, inaudible y lejana.

Música de cítara, el infinito está lleno de ojos,
música de ambigüedad y de cordura,
cada virgen con el soplo de su música, la cítara
tiembla una vez más, cada virgen con su música.


Hernán Lavín Cerda (Chile, 1939). 

domingo, 1 de enero de 2017

Hernán Lavín Cerda. Cuando los hijos se despiden (Primer movimiento de Concierto para dos cuerdas).

La cuna (1872)
Berthe Morisot (Francia, 1841 - 1895)
Óleo sobre lienzo
Museo de Orsay, París, Francia.

Nunca sabremos por qué los padres tienen hijos,
si al fin los hijos desde la cuna
se van, llorando en un abrir
y cerrar de ojos se van, vienen y se van,
al fin se van desde el abismo de la cuna,
se van con asombro y júbilo, tartamudeantes,
más allá del temblor de la luz, se van de sombra en sombra.

Nunca sabremos por qué los hijos tienen hijos,
si al fin los hijos se van, con la sombra y la luz de la cuna
o sin la luz o la sombra de la cuna se van,
desde el abismo de la cuna se van, felices,
de tumba en cuna, de cuna en tumba se van
llorando, se van cantando, y seré
y no seré pero habrá todavía una lámpara, se van bailando.

Nunca sabremos por qué los hijos
de los hijos, otro vaso y me voy,
tienen todavía hijos, si al fin los hijos se van, otro vaso,
tiempo, qué lindo vaso y me voy, tiempo, se van de sombra en sombra.

¿Por qué se van? Un minuto
de alegría y de silencio. ¿Qué sucede? ¡Vayanse al diablo!

Nunca sabremos por qué los hijos de los hijos de los hijos
quieren transfigurarse, quieren volverse padres en un solo día,
si al fin los futuros padres, ohhh locooos, un minuto
de silencio y de locura, también se van, se fueron,
si al fin se van, no dejan de irse,
al fin nos vamos hacia la fosa del amanecer, de cuna
en tumba nos vamos y nos vamos para siempre.

Hernán Lavín Cerda (Chile, 1939). 

lunes, 17 de octubre de 2016

Hernán Lavín Cerda. Descubrimiento de la lluvia.

La señora y la criada (1896)
Félix Vallotton (Suiza, 1865 – 1925)
Óleo sobre cartón
Colección privada

Dicen que mucho antes del descubrimiento
de la lluvia,
las mujeres se bañaban con el polvo
que algunos reconocen como la luz de las estrellas.
     
Dicha forma de bañarse fue siempre un enigma
y las mujeres bailaban y reían sin descanso
como si la fiesta no tuviera un final en este mundo.
      
Melancolía y asombro en aquellas noches del origen,
cuando la lluvia era otra dimensión de la utopía
y bailábamos en el polvo con los senos desnudos
como si la resurrección fuese posible.
     
Dirán que mucho antes del descubrimiento
de la lluvia,
las mujeres desconocían el odio
y observaban la velocidad de las estrellas
cuya luz no era todavía un fenómeno
de naturaleza metafísica.
     
Algo de temor en aquellas noches del origen,
cuando el amor y el odio no existían
más allá del simulacro
de algunas mujeres que bailábamos sin culpa,
después de vislumbrar que la resurrección
era un alumbramiento
cuyo misterio se originaba en la más absoluta
inocencia.


Hernán Lavín Cerda (Chile, 1939).

viernes, 9 de septiembre de 2016

Hernán Lavín Cerda. Cada uno se despide.

El adiós (1944)
Alfonso Michel (México, 1897 - 1957)
Óleo sobre tela
Museo Andrés Blaisten, Ciudad de México, México.


Cada uno se despide del mundo como puede:
adiós una vez más, queridos
pájaros del mar, del envidiable sueño
y de la tierra:

supongamos que gorriones
y pelícanos, luciérnagas, mariposas
o tortugas con sus huevos
del color de la primavera en el hemisferio austral.

Así ha de ser nuestra despedida en esta noche
donde sólo escucharemos el canto
o más bien las lamentaciones de los grillos
como muchachas que se confunden
o gatos recién acostumbrados
a la evolución de su propia sabiduría.

Supongamos que me despido de tus labios
... . que descubrí en 1957,
cuando tú eras casi una niña, mejor dicho un ángel
de ojos inciertos como los de aquel caballo
que todavía nos mira con algo de estupor
... . y de tristeza
desde la profundidad del bosque lleno de nogales.

Cada uno se despide, ahora o nunca,
... . de la otra sombra
que algún día pudimos haber sido
con sus vicios y virtudes, su amor por la lluvia
o su debilidad por la música del cielo
cuyas estrellas desaparecen
... . sin ánimo de perjudicar a nadie
como conejos enloquecidos por la linterna del cazador.

Así ha de ser nuestra despedida, paso a paso:
adiós una vez más, entre robles de altura
muy profunda, nubes de color ámbar, cedros,
araucarias, avellanos y ardillas
... . que se ríen de nosotros
como la abuela Odilia desde su tumba de juguete:

supongamos que alguien cantará en el abismo de esta noche
donde las luciérnagas me dicen
que ya no eres una niña
y los pájaros vuelan en sentido contrario a la memoria
cuando uno se despide del mundo como puede:

me siento muy feliz, muchas gracias, eso era todo,
adiós una vez más, queridos
pájaros del mar, del sueño indomable,
más indomable que la tierra donde algún día nacimos,
tan hermosa, el aire sólo habla del aire, y tan benigna.

Hernán Lavín Cerda (Chile, 1939).