Pintura y poesía

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jueves, 2 de enero de 2020

Tomás Galindo. Dedicaroria.


Un rincón de la mesa (1872).
Óleo sobre lienzo.
Henri Fantin-Latour Francia, 1836 – 1904).
Museo de Orsay, París, Francia.

Dedico este año, que me ha dado aún más satisfacción que trabajo,
cosa que nunca habría pensado de una tarea relacionada con la poesía
a Charles Baudelaire, que separó el antes y el después,
a Claudio Rodríguez, que me tiene mirando al cielo
esperando a que me venga la claridad,
a Rabindranath Tagore, que me mandó, a mí personalmente, una hermosa mañana de primavera hace cien años,
a Charles Bukowski, con quien a veces me asusta coincidir,
a Antonio Colinas por abrir las cancelas de la noche,
a Francisco de Quevedo, por seguir siendo constante,
a Luis de Góngora por tanto de cómo hablamos que nos dejó,
a Lope de Vega, por haberse sabido admirar por Quevedo y Góngora, cosa harto peregrina,
a William Shakespeare, a quien miramos por encima del hombro a pesar de ser un gigante,
a Chantal Maillard, que sabe por qué escribe y tiene algo que me fascina,
a Cesare Pavese que tiene razón: trabajar cansa,
a quien escribiera el Romance del Conde Arnaldos por ir conmigo diciéndome su canción,
a los hermanos Machado por no dejarme elegir,
a Berta García Faet por no entenderla ni falta que hace,
a Ángel García López, por mirón,
a Arthur Rimbaud por sus infiernos,
a Sor Juana Inés de la Cruz, que fingía ser feliz,
a Sylvia Plath que llegó al límite porque era vertical,
a Blas de Otero porque al final solo le dieron la palabra,
a Carlos Murciano por su robot,
a Walt Whitman que, teniéndose, no necesitaba a otro a quien cantar,
a César Vallejo por sus consideraciones,
a Dylan Thomas invitándole a 18 güisquis,
a Emilio Quintanilla Buey porque, como a mí,
le gustan los caracoles incluso cojos,
a Federico García Lorca por el aire, el corazón y el sombrero,
a Gabriel Celaya por cargar nuestras armas,
a Ángela Figuera por no gritar inútilmente,
a Anne Sexton por ser tan alcahueta,
a Wislawa Szymborska y su preocupación por los gatos abandonados,
a Antonin Artaud, porque a veces yo también me cago en el espíritu,
a Gustavo Adolfo Bécquer por confundir pupila con iris,
a Hilario Barrero por el uso del subjuntivo,
a Jaime Gil de Biedma el apólogo peticionario,
a Ovidio que ya dijo hace miles de años que el amor es una milicia,
a Pablo Neruda que nos explicó algunas cosas,
a Jaime Siles el cantor de semáforos,
a John Keats por criar ruiseñores,
a Jorge Guillén por su celeste levedad,
a José de Espronceda, que no se nos olvide,
a Juan Ramón Jiménez por plantar su corazón
del que salió el árbol puro del amor eterno,
a Julio Cortázar por darnos tres minutos para hablar,
a Kenneth Rexroth aunque no sé si aprender tiene ventajas,
a Gerardo Diego por vestir, someramente, a las azucenas,
a Raquel Lanseros, la clara, que sabe transitar el camino que otros abrieron,
a Paul Éluard el de los ojos puros,
a Roque Dalton que iba de la segura mano de Dios,
a Jaime Sabines tan lento y amargo,
a Giacomo Leopardi en nombre de las papilionáceas,
a Kavafis que no tuvo que esperar mucho a los bárbaros,
a León de Greiff que seguramente me calificaría de impertinente,
a León Felipe convencido de que vamos al infierno,
a Leopoldo María Panero con el que comparto la afición
a mear en las paredes,
a su padre Leopoldo Panero a quien le era ligero el peso del mundo,
a Li Po, o Li Bai (lo que diga el amigo Joaquín Chen) para que no tenga que beber solo bajo la luna,
a Luis Alberto de Cuenca que sabe la importancia de un buen desayuno,
a Luis Antonio de Villena a quien aprecio seguramente porque no es fácil disponer en materia de afectos,
a Luis Cernuda, por llenar la soledad,
a Edgar Allan Poe por sus bellas difuntas,
a Don Luis Rosales que me puso la mano en el hombro y me dijo “sigue así” pero es que iba de güisquis…,
a Mario Benedetti, compartiendo su defensa denodadamente,
a Jorge Llopis que hizo bueno lo malo,
a Antonio Mingote, que escribía los poemas de otra forma,
a Michael Houellebecq que sabe dónde golpear,
a Cervantes, que no necesita ni nombre,
a Miguel Hernández a quien nunca le sobró el corazón,
a Nicanor Parra, el individuo,
a Octavio Paz el de la piedra que todo lo sabe,
a Gloria Fuertes por explicar cómo se dibuja,
a Oliverio Girondo, que nos hizo creer que todo le importaba un pito,
a Paul Celan que no se fugó de la muerte,
a Gilberto Owen por varar a Sinbad,
a Paul Verlaine el soñador,
a Pedro Calderón de la Barca y sus sabios comedores de hojas,
a PeCasCor, K.O,
a Rafael de León que hizo cantar a la poesía,
a Pedro Salinas a quien debemos su voz,
a Pier Paolo Pasolini que sabía que las excavadoras lloran y no nos habíamos dado cuenta,
a Propercio Sexto que se adelantó a Quevedo,
a Rafael Alberti y sus mares con palomas,
a Eduardo Galeano por nadie en particular,
a Luis García Montero, porque además de escribir, hace,
a Ramón de Campoamor que era tan querido que no parecía poeta,
a Pere Gimferrer a quien nunca podré igualar ni en el arte de ponerse un foulard,
a Rubén Darío que sigue embelesando,
a José Hierro, permanente sobre el instante eterno,
a José María Fonollosa por llevarme de paseo por mi ciudad favorita,
a Salvatore Quasimodo porque tampoco nessuno mi porterà nel sud,
a T.S. Eliot que sabía que el mundo no acaba con un estallido sino con un quejido,
a Vicente Aleixandre, que no buscaba, no,
a Wallace Stevens y su manera de mirar a los mirlos,
a Catulo que llevaba la procesión por dentro,
a Raymond Queneau que decía que un poema es muy poca cosa,
a Ramón María del Valle Inclán, que no se llamaba así, pero fumaba en pipa,
a Pilar Paz Pasamar y sus reproches,
a Natalia Litvinova que sabe dar el golpe justo,
a Miguel D’Ors que me dio lecciones de historia,
a Martha Asunción Alonso, porque coge la línea 6,
a Leopoldo Alas Mínguez y sus razones para el amor,
a José Martí por explicarnos que no es bueno
que nos sentemos a comer con los tiranos,
a Wystan Hugh Auden que tenía claro que lo primero es lo primero,
a Jorge Manrique que despierta mi alma para que recuerde,
a Francesco Petrarca que bendecía años, puntos y días,
a Fernando Pessoa,
a Jorge Luis Borges, que apagó la luz.

TomásGalindo © (España). 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Tomás Galindo. Lo importante.

Un beso robado
Ron Hicks (Estados Unidos, 1965)
Óleo sobre lienzo

Las cosas sin importancia son las realmente importantes.
Los aspectos más severos de la vida son los mismos para todos,
va, digámoslo otra vez:
quiénes somos, adónde vamos, de dónde venimos,
qué hay más allá de la muerte si hay algo,
básicamente eso,
y cosas sobre la liberté, egalité, fraternité,
blablablá,
pero ¿cuándo piensas tú en eso?
además, seguro que hay un sanedrín de sabios tratando de ponerse de acuerdo desde hace siglos
¿qué vas a descubrir tú que no se le haya ocurrido ya a Sócrates, Freud o Kierkegaard?
(sí, he tenido que mirar cómo leches se escribe)
Y es que lo realmente importante es que se ha puesto a llover y no llevas paraguas.
Lo realmente importante es si le viene la regla,
que no sabes cómo quitarte esos kilos,
que ya no la quieres con la insensatez de un primer amor aunque te siga gustando su culo,
pero no es lo mismo.
¿Quieres saber lo realmente importante?
Que volverías atrás
porque no ves hacia delante nada mejor que lo que tuviste.
Que eras más feliz en tranvía que en coche.
Que estudiar era mucho mejor que saber.
Que no importaba si llovía y no llevabas paraguas
y saltabas los charcos con un libro sobre la cabeza.
Pensemos en las ballenas, en las abejas, en los refugiados.
Ahora pensemos en el fin de mes.
¿Ves a dónde quiero llegar?
Un buen café por la mañana, fuerte y dulce,
algún conocido cerca que te informa del tiempo que hará hoy.
Una palmadita en la espalda de alguien que pasa y te sonríe.
Una llamada, una noticia esperanzadora.
Una pequeña noticia pequeñamente esperanzadora.
Un cigarrillo mirando a los gorriones,
aborreces a las palomas pero los gorriones te llenan de alegría
y hay un nido, que no acabas de ver, ante tu ventana
y van y vienen y les supones un trabajo como el tuyo
pero volando.
Ah... volando.
Alguien explota una bomba en algún sitio y mueren docenas.
Cuando la gente se cuenta por docenas siempre piensas en huevos,
nunca en un ramo de rosas,
ni en personas,
sino en docenas, arcaica unidad de medida que sobrevive a los decimales y los binarios
porque señala bien los huevos, las flores y las víctimas,
en ese limbo entre asesinato y guerra tan difuso.
De esto sabes mucho después del almuerzo,
hoy el peligro está en la salsa de tomate del almuerzo,
es mucho más posible que te salpique
que la sangre y las vísceras y la metralla.
Todo es cuestión de prioridades
primum vivere, deinde...
vivere,
a ver por qué philosophari va a compararse ni remotamente.
De filosofar solo pueden ocuparse los desocupados,
los que llevamos entre manos el pan y el vino y el queso no.
Los que llevamos las tres pelotitas que lanzamos al aire no.
Los que llevamos al hijo de la mano al colegio no.
Los que viajamos aprovechando para leer novelas no.
Los que otra vez vamos a llegar tarde no.
Los que afortunadamente caminamos detrás de una muchacha con andares de pantera no.
Las cosas sin importancia amueblan cada uno de tus días,
llenan cada rincón de tu pensamiento.
Llegas a la plaza, te sientas, pides tu cerveza.
Enfrente está la estatua del gran hombre,
el prócer, el héroe, el vate,
aquel que dio su vida por la libertad, quizá.
El que tiene a sus pies escrito en mármol el pensamiento,
la vida, la muerte, el amor.
El que señala con su dedo de piedra el camino a los hombres,
hacia el futuro, hacia dios, hacia la sabiduría.
Eso enfrente.
Tú tienes otro mármol, este con una cerveza fresca,
con un platillo de olivas.
Con una mujer que te dice algo alegremente con unos labios llenos y blandos
que sigues amando y deseando aunque ya no como a un primer amor,
y que te dice algo a ti,
a ti con tu nombre, con tu apelativo cariñoso
y no al público en general y a la opinión mayoritaria de la nación,
que bebe su cerveza y mientras
admiras cómo se le frunce deliciosamente el canalillo entre los pechos,
que señala con el dedo y lo sigues
y su dedo no es de piedra
y había un amigo a lo lejos mirando y saludando con la mano al final de su dedo
y no un futuro de paz y concordia universal,
no el camino a la hermandad de los pueblos,
no el fin de la violencia y el principio de la justicia.
Y tú, en un arrebato te levantas y le atrapas ese dedo
y se lo besas
y ella te mira ¡estás loco!
y se ríe maravillosamente sana con toda la boca y todos los dientes.
Y a ver cómo le explicas que con ese dedo estaba señalando hacia todas las cosas sin importancia,
que son las que, día a día, mueven el mundo.
Que te ha bendecido alegrándote,
porque alegrar a otro es lo mejor y más heroico que se puede hacer en la vida.
Y la cosa más importante.

Tomás Galindo (España).