Pintura y poesía

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lunes, 23 de diciembre de 2019

Gabriela Mistral. Verano.

¡Bienvenido, verano!

Campo de trigo con segador (1889).
Óleo sobre lienzo.
Vincent Van Gogh (Países Bajos, 1853 - 1890).
Museo Van Gogh, Amsterdam, Países Bajos.

Verano, verano rey,
del abrazo incandescente,
sé para los segadores
¡dueño de hornos! Más clemente.

Abajados y doblados
sobre sus pobres espigas,
ya desfallecen. ¡Tú manda
un viento de alas amigas!

Verano, la tierra abrasa:
llama tu sol allá arriba;
llama tu granada abierta;
y el segador, llama viva.

Las vidas están cansadas
del producir abundoso
y el río corre en huida
de tu castigo ardoroso.

Mayoral rojo, verano,
el de los hornos ardientes,
no te sorbas la frescura
de las frutas y las fuentes...

¡Caporal!, echa un pañuelo
de nube y nube tendidas,
sobre la vendimiadora,
de cara y manos ardidas!

de Ternura, 1924.

Gabriela Mistral, (Chile, 1889 – 1957).

1945

martes, 3 de octubre de 2017

Gabriela Mistral. La encina.

Las encinas de Apremont (1852)
Théodore Rousseau (Francia, 1812 - 1867)
Óleo sobre lienzo
Museo del Louvre, París, Francia. 

A la maestra señorita Brígida Walker

I

    Esta alma de mujer, viril y delicada,
dulce en la gravedad, severa en el amor,
es una encina espléndida de sombra perfumada,
por cuyos brazos rudos trepara un mirto en flor.

    Pasta de nardos suaves, pasta de robles fuertes,
le amasaron la carne rosa del corazón,
y aunque es altiva y recia, si miras bien adviertes
un temblor en sus hojas que es temblor de emoción.

    Dos millares de alondras el gorjeo aprendieron
en ella, y hacia todos los vientos se esparcieron
para poblar los cielos de gloria. ¡Noble encina,

    déjame que te bese en el tronco llagado,
que con la diestra en alto, tu macizo sagrado
largamente bendiga, como hechura divina!


II

    El peso de los nidos ¡fuerte! no te ha agobiado.
Nunca la dulce carga pensaste sacudir.
No ha agitado tu fronda sensible otro cuidado
que el ser ancha y espesa para saber cubrir.

    La vida (un viento) pasa por tu vasto follaje
como un encantamiento, sin violencia, sin voz;
la vida tumultuosa golpea en tu cordaje
con el sereno ritmo que es el ritmo de Dios.

    De tanto albergar nido, de tanto albergar canto,
de tanto hacer tu seno aromosa tibieza,
de tanto dar servicio, y tanto dar amor,

    todo tu leño heroico se ha vuelto, encina, santo.
Se te ha hecho en la fronda inmortal la belleza,
¡y pasará el otoño sin tocar tu verdor!


III

    ¡Encina, noble encina, yo te digo mi canto!
Que nunca de tu tronco mane amargor de llanto,
que delante de ti prosterne el leñador
de la maldad humana, sus hachas; y que cuando
el rayo de Dios hiérate, para ti se haga blando
y ancho como tu seno, el seno del Señor!


De Desolación (1922).


Gabriela Mistral (Chile, 1889 – 1957).


1945

lunes, 18 de septiembre de 2017

Gabriela Mistral. Valle de Chile.

 
Darío Contreras (Chile, 1902)
Cerros cordilleranos
Óleo sobre tela

Al lindo Valle de Chile
se le conjuga en dos tiempos:
él es heroico y es dulce,
tal y como el viejo Homero;
él nunca muerde con soles
rojos ni con largos hielos,
él se apellida templanza,
verdor y brazos abiertos.

Para repasarlo, yo
que lo dejé, siempre vuelvo
a besarlo sobre el lago
mayor y el oscuro pecho
y me echa un vaho de vida
el respiro de sus huertos.

El da mieles a la palma,
funde su damasco denso
y le inventa doce tribus
al canon del duraznero
y al manzanar aureola
de un pudor de aroma lento.

Y las pardas uvas vuelve
lapizlázuli, oros viejos,
tú, larga Gea chilena,
contra-Canidia, ojos buenos,
consumada al tercer día,

prefigurada en los Cielos.

De Poema de Chile, 1967. 

Gabriela Mistral (Chile, 1889 – 1957).


1945

jueves, 17 de agosto de 2017

Gabriela Mistral. Oración de la maestra.

El paseo de la escuela (1872)
Albert Anker (Suiza, 1831 - 1910)
Óleo sobre lienzo
Colección privada

¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra. 

Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes. 

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la mezquina insinuación de protesta que sube de mí cuando me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido de las que enseñé. 

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más. 

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para que no renuncie a la batalla de cada día y de cada hora por él. 

Pon en mi escuela democrática el resplandor que se cernía sobre tu corro de niños descalzos. 

Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida. 

¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme! Muchas veces no tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea más casta y más quemante mi verdad, me quedaré sin los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces contra tu corazón, el que supo harto de soledad y desamparo. Yo no buscaré sino en tu mirada la dulzura de las aprobaciones. 

Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi lección cotidiana. 

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas, al entrar cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales, mis mezquinos dolores de cada hora. 

Aligérame la mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he corregido amando! 

Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda. Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más horas que las columnas y el oro de las escuelas ricas. 

Y, por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo de Velázquez, que enseñar y amar intensamente sobre la Tierra es llegar al último día con el lanzazo de Longinos en el costado ardiente de amor.

Gabriela Mistral (Chile, 1889 – 1957).

Manuscrito. Hológrafo a lápiz tinta.
Punta Arenas, Chile, 1919.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Gabriela Mistral. La maestra rural.

La maestra Rural (detalle). 1923.
Diego Rivera (México, 1886 - 1957)
Mural
Secretaría de Educación Pública, Ciudad de México, México. 

A Federico de Onís

    La Maestra era pura. "Los suaves hortelanos",
decía, "de este predio, que es predio de Jesús,
han de conservar puros los ojos y las manos,
guardar claros sus óleos, para dar clara luz".

    La Maestra era pobre. Su reino no es humano.
(Así en el doloroso sembrador de Israel.)
Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano
¡y era todo su espíritu un inmenso joyel!

    La Maestra era alegre. ¡Pobre mujer herida!
Su sonrisa fue un modo de llorar con bondad.
Por sobre la sandalia rota y enrojecida,
tal sonrisa, la insigne flor de su santidad.

    ¡Dulce ser! En su río de mieles, caudaloso,
largamente abrevaba sus tigres el dolor!
Los hierros que le abrieron el pecho generoso
¡más anchas le dejaron las cuencas del amor!

    ¡Oh, labriego, cuyo hijo de su labio aprendía
el himno y la plegaria, nunca viste el fulgor
del lucero cautivo que en sus carnes ardía:
pasaste sin besar su corazón en flor!

    Campesina, ¿recuerdas que alguna vez prendiste
su nombre a un comentario brutal o baladí?
Cien veces la miraste, ninguna vez la viste
¡y en el solar de tu hijo, de ella hay más que de ti!

    Pasó por él su fina, su delicada esteva,
abriendo surcos donde alojar perfección.
La albada de virtudes de que lento se nieva
es suya. Campesina, ¿no le pides perdón?

    Daba sombra por una selva su encina hendida
el día en que la muerte la convidó a partir.
Pensando en que su madre la esperaba dormida,
a La de Ojos Profundos se dio sin resistir.

    Y en su Dios se ha dormido, como en cojín de luna;
almohada de sus sienes, una constelación;
canta el Padre para ella sus canciones de cuna
¡y la paz llueve largo sobre su corazón!

    Como un henchido vaso, traía el alma hecha
para volcar aljófares sobre la humanidad;
y era su vida humana la dilatada brecha
que suele abrirse el Padre para echar claridad.

    Por eso aún el polvo de sus huesos sustenta
púrpura de rosales de violento llamear.
¡Y el cuidado
r de tumbas, cómo aroma, me cuenta,
las plantas del que huella sus huesos, al pasar!

de Desolación, 1922.


Gabriela Mistral (Chile, 1889 – 1957).


1945

viernes, 14 de julio de 2017

Gabriela Mistral. I, de Sonetos de la muerte.

El mundo de Cristina (1948)
Andrew Wyeth (Estados Unidos, 1917 - 2009)
Témpera
Museo de Arte Moderno DE Nueva York (MoMA), Estados Unidos.

Del nicho helado en que los hombres te pusieron, 
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos. 


Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos! 



Gabriela Mistral (Chile, 1889 – 1957).



1945

jueves, 2 de marzo de 2017

Gabriela Mistral. Cajita de Olinalá.


Decoraciones de cajitas de Olinalá

Cajita de Olinalá
Olinalá, Guerrero, México.

A Emma y Daniel Cossio

I 


Cajita mía 

de Olinalá, 
palo-rosa, 
jacarandá. 



Cuando la abro 

de golpe da 
su olor de reina 
de Sabá. 



¡Ay, bocanada 

tropical: 
clavo, caoba 
y el copal! 



La pongo aquí, 

la dejo allá; 
por corredores 
viene y va. 



Hierve de grecas 

como un país: 
nopal, venado, 
codorniz, 



los volcanes 

de gran cerviz 
y el indio aéreo 
como el maíz. 



Así la pintan, 

así, así, 
dedos de indio 
o colibrí; 



y así la hace 

de cabal 
mano azteca, 
mano quetzal. 



II 



Cuando la noche 

va a llegar, 
porque me guarde 
de su mal, 



me la pongo 

de cabezal 
donde otros ponen 
su metal. 



Lindos sueños 

que hace soñar; 
hace reír, 
hace llorar: 



Mano a mano 

se pasa el mar, 
sierras mellizas 
campos de arar. 



Se ve al Anáhuac 

rebrillar, 
la bestia-Ajusco 
que va a saltar, 



y por el rumbo 

que lleva al mar, 
a Quetzalcoalt 
se va a alcanzar. 



Ella es mi hálito, 

yo, su andar; 
ella, saber; 
yo, desvariar. 



Y paramos 

como el maná 
donde el camino 
se sobra ya, 



donde nos grita 

un ¡halalá! 
el mujerío 
de Olinalá.


Gabriela Mistral (Chile, 1889 – 1957)


1945