Pintura y poesía

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miércoles, 1 de marzo de 2017

Óscar Castro Zúñiga. El último disparo del Negro Chaves. Cuento de marzo, 2017.

Huaso laceando
Mauricio Rugendas (Alemania, 1802 - 1858)

Desde meses atrás, un caballo de miedo galopaba la comarca, haciendo eco tétricamente en el corazón de hacendados, capataces y campesinos. Hoy era un hombre que aparecía degollado en cualquier recodo; mañana, un mayordomo que saliera de un fundo y que retornara luego, con la noche a cuestas, atado sobre su cabalgadura y con cuatro agujeros en el cuerpo; o bien un "jutre" que se presentaba a la justicia reclamando del incendio de sus sementeras o de fechorías realizadas en su ganado. Ninguno que tuviera un mediano pasar podía sentirse seguro ante la amenaza siniestra que surgía de todas partes cuando menos se la esperaba.
Pronto los campesinos empezaron a comprobar un detalle que al principio no mereció atención: la mano que actuaba en aquellos desmanes elegía siempre como blanco a los patrones más déspotas, a los capataces que con mayor rudeza trataban al inquilinaje, a los mayordomos que no hacían distingos entre peón y perro. Entonces la imaginación comenzó su trabajo, y se tuvo la parte visible y la zona oculta de aquel drama en que todos eran medrosos espectadores, cuando la desgracia no los elegía por protagonistas.
Por ahí, de boca en boca, de rancho en rancho, principió a correr un nombre que se pronunciaba en sordina, después de echar una mirada en derredor, porque "las paeles tienen oídos y los matorrales ojos". Este nombre, como el del Demonio, revolvía el fermento de terrores que hay empozados en el espíritu de cada labriego y ponía en los ojos una tétrica encrucijada. Los peones, reunidos en torno a una fogata, conversaban a menudo del Negro Chaves, nombrándolo las menos veces que fuera posible, temerosos de verlo surgir desde la noche, como al Malulo, cuando se le conjura.
Las mentas decían que el Negro Chaves fue amansador en una hacienda cercana, hasta que una injusticia cometida con él lo lanzó a la azarosa vida del bandolero. Acusado de un robo que no cometiera, fue conducido al próximo retén de carabineros, donde se le flageló bárbaramente, como sólo sabía hacerlo el sargento Gatica, famoso en aquellos contornos por su bestialidad tanto como por su afición al buen mosto y a las mozas de 15 a 18 primaveras.
Alguno de los compañeros de Chaves le oyó decir, cuando abandonaba la hacienda, que los causantes de su desgracia "tenían que pagárselas y muy bien". Y la amenaza empezó a cumplirse mucho antes de lo que se esperaba. Don Rude, el capataz que lanzara la acusación contra el Negro, apareció una mañana con las tripas al sol, a media cuadra de su domicilio. Cuatro semanas más tarde, un hermano del muerto llegó en equilibrio milagroso sobre su caballo hasta las mismas casas de la hacienda y allí rodó sin sentido. Cuando lo recogieron, el alma se le escapaba por tres boquetes que traía en el cuerpo: impactos precisos, hechos con carabina, según se supo más tarde.
El sargento Gatica, apretando los dientes amarillos bajo sus largos y lacios bigotes, tomaba conocimiento de cada nueva fechoría y juraba descuartizar sin compasión al bandido cuando éste cayera en sus manos. Pero la sabiduría campesina barruntaba que la próxima víctima debía ser el policía, ya que Chaves no era hombre para quedarse con unas bofetadas y unos puntapiés en el cuerpo, sin cobrárselos a su tiempo con subido interés.
Se esperaba, pues, el desenlace por momentos, y la tensión de esta expectativa, unida al terror que sembraba el bandido, mantenía cerradas de noche las puertas de los ranchos humildes, mientras adentro muchos oídos estaban atentos al galope de los caballos que cruzaban por la carretera. A raíz de unos desmanes cometidos últimamente por el Negro Chaves, el sargento Gatica había pedido refuerzo de soldados, y las patrullas se deslizaban cada noche, sigilosamente, por los caminos menos transitados de la montaña, seguras de que tarde o temprano el bandolero se vería acorralado.
Aquel día el sargento tenía un plan preciso. A eso de la oración reunió a sus hombres en un corredor del cuartel, y por un rato se oyeron sus órdenes precisas y cortantes, mezcladas a juramentos de pura cepa criolla. Atusándose el bigote y entrecerrando un ojo con gesto que le era característico soltaba las palabras como descargas de fusilería y hacía descansar luego sus pesadas y peludas manos en las caderas para acentuar con mayor fuerza su autoridad. El techo endeble del corredor parecía estremecerse a impulsos de su vozarrón, mientras los soldados, en posición firme, procuraban no perder una sola de sus preciosas frases.
—Usté, cabo Núñez, partirá a las doce con cuatro soldaos pa la Puntilla' el Chivato. ¿M'entendió?
—¡A su orden, mi sargento!
—Güeno. Y usté, ayudante Cabezas, agarra pa'l lao de la Quebrá Chica con cuatro hombres también. ¿Me oyó?
—¡A su orden, mi sargento!
—Yo no necesito más que dos. Usté, dragoneante Sepúlveda, y usté, dragoneante Peña. ¿M'entendieron?
Las voces, a dúo, salmodiaron un "¡A su orden, mi sargento!", mientras él proseguía:
—La noche'stá más oscura que mi alma. Agora es cuando se v'arrejar el pajarraco ése. Y a lo mejor viene a quer solito en la naza. Aquí le voy a preuntar yo cómo se llamaba su agüela.
Sin soltarse el bigote y guiñando de nuevo el ojo, concluyó:
—¡Rompan filas!
Los soldados se dispersaron por el patio del cuartel, mientras el sargento se quedaba mirando la montaña próxima que escondía a su presa. Era un trozo agreste y bravo de la cordillera costeña, cuajado de espinales y de bosques, en donde sólo las reses alzadas de las haciendas se aventuraban. Sobre ella la noche espesaba sus betunes y el ropaje acerado de las nubes se aprestaba a envolverla.
—¡Si sois brujo te vay a librar agora, Negro Chaves! —dijo el policía, sin bajar la mano de sus bigotes.
A esa misma hora el Negro Chaves estudiaba el valle desde el refugio de unos boldales tupidos. Embutido en una manta obscura de lana "toavia con olor a jutre", según su decir, hacia hora para el próximo golpe. Apoyado en un tronco seco de quillay, acusaba la reciedumbre de su espalda y el grosor de sus brazos a través de la manta y chupaba con largos intervalos un cigarro de hoja que pendía de sus labios.
Mirado al pasar, pudiera confundírsele con un campesino cualquiera, pues nada de extraordinario había en su porte. Pero al tropezar con sus ojos se presentía, enraizada en su espíritu, una fuerza bravía e indomenable, semejante a la de un potro montañés antes que conozca el freno. Su barba dura e inculta era un brochazo nocturno sobre su tez aceitunada.
A espalda del Negro Chaves cuatro hombres con sus caballos al lado conversaban entre sí, pero de vez en cuando echaban una mirada a aquél, como si esperasen sus órdenes. En sus actitudes podía descubrirse un acatamiento tácito al personaje que se hallaba separado de ellos; y así su charla era entrecortada y se sostenía en voz baja, como si temieran interrumpir las cavilaciones del otro.
Finalmente, Chaves abandonó su postura, y, mientras caminaba en dirección al grupo, expresó:
—Me tinca qu'esta noche vamos a trompezar con mi amigo el sargento.
Los otros se echaron a reír, y uno de ellos, que ostentaba una fea cicatriz en el pómulo izquierdo, comentó:
—Güeno'staría ya, pues.
—De acuerdo, José. Es el único que me va queando. Y al que le tengo más ganas. No voy a dormir tranquilo hasta que no lo vea con los sesos de sombrero...
Llegóse hasta su caballo —un magnífico mulato renegrido que lo aguardaba por allí cerca —y de un solo impulso se ubicó en la silla. Los otros lo imitaron en silencio y Chaves enfiló entonces hacia una quebrada baja, empezando a descenderla por un senderillo casi vertical abierto entre la maleza. Los cinco caballos, habituados a estos ejercicios, parecían caminar por terreno plano: su seguridad en el paso era absoluta.
Llegados abajo, apareció una especie de caverna sobre la pared del cerro y en ella se internaron cabalgaduras y jinetes. Hacia el fondo de la oquedad brilló más tarde una luz, y los resplandores de una fogata indicaron luego que los dueños de la montaña se disponían a cenar.
Afuera quedó sólo la noche sin fondo, llena de medrosos rumores, acuchillada de vez en vez por el grito gutural de algún zorro que pasaba a la distancia. El viento de la altura olía a humedad, en tanto que las nubes, cada vez más apelmazadas y no dejaban filtrarse ni una hebra de la claridad estelar. La montaña enorme y sombría, como el alma de quienes la habitaban, adquiría a esa hora toda su inquietante majestad y tenían cabida entre sus espinales infranqueables, entre sus abruptas hondonadas, todas las supersticiones que el alma campesina guarda en los repliegues de su ignorancia ingenua y dada a la fantasía.
Empujada por un viento sureño que comenzó a galopar de repente por barrancos y cuestas, la tempestad que parecía inminente fue alejándose, y un rato después veíanse aquí y allá grandes desgarraduras en las nubes, a través de las cuales surgían las constelaciones como las monedas de una alcancía desparramadas al azar. Firmemente acusada sobre la fogata que rebrillaba en el fondo de la caverna, surgió de pronto la sombra de Panchote, uno de los secuaces de Chaves. Alzó la cabeza y algo masculló entre dientes al ver la claridad de la luna en creciente que comenzaba a iluminar los picos más altos de la cordillera. Vuelto a reunirse con sus compañeros, éstos acudieron uno tras otro a cerciorarse de que el cielo iba quedándose limpio de nubarrones.
La pegajosa voz de Panchote hizo el primer comentario:
—¡Puchas la payasá bien grande! Ahora vamos a tener qu'esperar la entrá'e la señora pa poer salir.
—Mejor —lo consoló el Negro Chaves ; así le daremos más confianza a "mi" sargento.
—Es que los puee pillar el día y entonces es más fácil que los perros se los vengan di'atrás
—La cosa, niños, no tiene remedio —remató el jefe—. Mientras llega l'hora, voy'echar una cabeciá. Si quieren los demás hagan lo mismo, menos vos, Panchote, que te vay a quear de guardia.
En lo alto, las estrellas fueron girando imperceptiblemente sus timones de oro. La Cruz del Sur estaba ahora sobre la puntilla más alta de la cordillera, en tanto que las Tres Marías habíanse fugado hacia otros cielos. Bajo la hojarasca de la montaña, en las rocas tapadas por la vegetación, cerca de los arroyos que se deslizan parloteando argentinamente por entre los roquedales, se agitaba un enjambre rumoroso de seres pequeños o crecidos que huyen de la linterna solar y buscan las más desoladas horas nocturnas para manifestarse. Brutos, aves, insectos, ponían música a la soledad con sus movimientos, con sus chillidos o con su canto silvestre. Zorros, gallinas ciegas, arañas, lechuzas, se movían entre la sombra, al acecho de una presa o escapando a la persecución del enemigo.
Pero de súbito este rumoreo cesó completamente, y a la distancia escuchóse un ruido de cascos, seguido de una que otra palabra perdida. La montaña callaba ante la presencia de los humanos.
El Negro Chaves, a la cabeza de sus compañeros, avanzaba sin premura por senderos sólo de él conocidos. Los caballos, dóciles a la rienda, daban vueltas y vueltas en zigzagueo descendente, deteniéndose a veces para que los jinetes cambiaran algunas frases. Al llegar a un claro, Chaves dio las últimas instrucciones.
—Vos, Panchote, vay a bajar por el lao'e la Quebrá Chica junto con José. Y vos, Colorao, salís al plan por la Puntilla. Ya saben aónde los vamos a juntar. Y acuérdense: entre el sargento y un balazo, hay qu'escoger el balazo.
Cuando sus secuaces se hubieron marchado en direcciones opuestas, Chaves alzóse la manta del lado derecho y examinó a la luz de las estrellas un artefacto reluciente que descolgó de la silla. Era un choco, una carabina con el cañón recortado, que él llamaba su Mariana, en memoria tal vez de algún recuerdo sentimental. Cuando se hubo cerciorado de que el arma estaba debidamente cargada, la colocó en la cabecilla de la montura y entreabriéndose las ropas buscó en su pecho algo que besó con devoción, guardándolo en seguida. Si alguien hubiera podido ver este objeto no habría dejado de sentir extrañeza: era un escapulario de la Virgen del Carmen.
Tras veinte minutos de marcha firme el bandido empezó a transitar por terreno plano; había alcanzado el valle. Evitando los caminos frecuentados, torció la rienda hacia el norte y prosiguió su trayecto, girando constantemente la cabeza, con todos sus sentidos en tensión. El valle era su enemigo. Allí resultaba más fácil tender lazos y cortar la retirada a un hombre que quisiera huir.
Pero más que sus sentidos, fue su instinto el que le advirtió de pronto la proximidad del peligro. Encogióse su mano izquierda sobre las riendas, mientras su derecha requería el choco. E instantáneamente dos fogonazos, a menos de cuarenta metros, horadaron la noche, en tanto que un solo estampido rodaba por las laderas del monte. La respuesta de Chaves fue fulminante. Su arma vomitó dos proyectiles en la dirección de sus ocultos adversarios. Todo esto mientras su caballo, obediente a la presión de sus talones, volvía grupas tomando de nuevo el cerro.
Un chocar de sables resonó a sus espaldas, seguido del galope de tres caballos. Sin abandonar las riendas, volvióse sobre la silla e hizo fuego de nuevo. Tres detonaciones le respondieron y sintió silbar las balas junto a él. Comprendió que no debía disparar y se limitó entonces a buscar una salida por donde desaparecer. Pero en su premura había extraviado el camino y ante él surgía el cerro como una pared infranqueable. Quebrando ramas, arañándose en los quiscos, continuó hacia adelante, orillando la montaña. Y detrás de él, cada vez más próximos, escuchaba a sus perseguidores. Una voz que daba órdenes lo hirió como un latigazo en la carne. Era el sargento Gatica, que decía, con reconcentrado regocijo:
—Es él, niños; no aflojarle. Lueguito v'a quear encerrao, porque por ey no hay salía. ¿M'entendieron?
Por la mente del Negro Chaves cruzó como un relámpago la verdad de su situación. Recordó que el monte que iba bordeando empalmaba con otro tan abrupto como él. Entonces realizó una maniobra audaz. Al entrever una salida, enfiló por ella hacia el campo. Saltó un pequeño arroyo y cincuenta metros más allá descubrió un camino carretero. Inclinado sobre la silla hasta casi tocar con la cara el pescuezo de la cabalgadura, soltó las riendas y descargó un rebencazo firme en las ancas del animal, que partió en carrera tendida hacia la liberación.
Sin embargo, su maniobra había sido descubierta, y segundos más tarde resonaban a sus espaldas los cascos de los caballos que lo seguían. Aquello debió durar largo tiempo, pues la cabalgadura del bandido comenzaba a resoplar. Y sus perseguidores ganaban terreno, haciendo fuego a intervalos sobre él.
Como en un relámpago, Chaves tuvo el presentimiento de que iba a amanecer. El viento se hacía más frío y cortante. El cielo tomaba imperceptiblemente un tono celeste desvaído. Los ojos del perseguido buscaron de nuevo la montaña. Pero aquellos parajes le eran desconocidos y no resultaba prudente aventurarse por ellos. No obstante, al fin hubo de decidirse, porque la distancia entre él y los policías se acortaba de modo sensible. Y otra vez los cascos del pingo hicieron crujir la hojarasca del cerro.
La persecución encarnizada cambió de escenario por media hora. Comprendiendo que su manta era un estorbo, Chaves la tiró a un lado y se sintió más liviano. Ya la claridad era suficiente para que pudieran distinguirse los objetos. A sesenta metros de él venía el sargento con dos policías, las carabinas listas para disparar. Girando el busto hizo fuego, y se inició un tiroteo intenso que la velocidad de la carrera tornó ineficaz. Al volverse de nuevo para mirar el camino por donde iba ascendiendo, el bandolero sintió un calofrío: el cerro terminaba allí de modo brusco y ante él se abría una barranca cortada a pique. Chaves apretó las mandíbulas y detuvo el caballo, deslizándose de él rápidamente. En ese mismo momento, sus perseguidores disparaban de modo simultáneo. El animal dio un bote y rodó por tierra estremeciéndose. El bandido tuvo justamente el tiempo de parapetarse tras una roca suelta para impedir que sus enemigos se le echaran encima. Su "choco" volvió a tronar, y los policías, detenidos de golpe, se echaron simultáneamente a tierra.
Por largo rato el silencio del alba fue astillado por los estampidos de las cuatro armas. Asomando apenas la cabeza por encima de su refugio, Chaves dirigía de preferencia sus tiros hacia el sargento, poniendo toda su alma en eliminarlo. Pero el otro parecía revestido de una virtud sobrenatural que lo inmunizara de los proyectiles. El bandolero veía su cara repugnante contraída en una mueca de triunfo y sabía de sobra lo que significaba caer vivo en sus manos. Sin embargo, no había escapatoria. La única salida era la que ocupaban los policías.
De pronto, al echar mano a su cinturón de balas, Chaves descubrió que le restaba el último proyectil. Entonces comprendió que había llegado el momento de morir. Pero volvió a mirar la cara del sargento: la vio allí, a veinte metros, tras el cañón de su carabina. Recordó las bofetadas y los azotes que le diera antaño, y sin saber casi lo que hacía, se irguió con el choco atenazado entre sus manos. Tres disparos simultáneos hicieron blanco en su cuerpo. Se estremeció entero, pero su voluntad —una voluntad alimentada en la raíz de su odio— lo sostuvo. Apretó el gatillo y de su boca salieron unas palabras duras y decisivas, las últimas que había de decir en la tierra:
—¡Pa vos, perro!
El estampido de su arma lo hizo tambalear, pero antes de caer vio que el sargento Gatica se alzaba del suelo, llevándose las manos a la cabeza para derrumbarse luego como una masa inerte.

Arrastrándose, destrozándose las manos en las rocas, Chaves consiguió llegar al borde del barranco. En un postrer impulso desesperado se asió a una mata de quisco que crecía en el filo mismo del tajo, y, haciendo una mueca de dolor o de triunfo, se dejó tragar por el abismo, a tiempo que cuatro manos se alargaban para detenerlo.

Óscar Castro Zúñiga (Chile, 1910 – 1947). 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Óscar Castro Zúñiga. Responso a García Lorca.

Rojo sobre negro (2008)
Gabriel Picart (Barcelona, España, 1962)
Óleo sobre panel
www.gabrielpicart.com

Llevaba el día en el cinto
como un, alfanje de plata,
y en el arzón de la silla,
una guitarra gitana.

Romance de luces nuevas
Se abrían en su garganta.
Los ayes del cante jondo
lo lamían como llamas.

Cuando soltaba su copla
Cantaba toda la España.
No murió como un gitano:
No murió de puñalada.

Cinco fusiles buscaron,
Por cinco caminos, su alma.
Le abrieron el corazón
lo mismo que una granada.

iY el surtidor de su sangre
manchó las estrellas altas!

i Como lloraban los ríos
De España!

En ese instante indeciso
de las hembras despeinadas,
en ese instante en que el grillo
cava la mina del alba,

García Lorca, en el suelo,
con una flor colorada
condecorándole el pecho,
quedó sin canto y sin habla.

i Como temblaban los montes
de España!

Cuando enmudeció su lengua
no doblaron las campanas.
Nadie le trajo una rosa,
ni un verso, ni una guitarra.

Apenas el chisperío
De una estrella deshojada
Apenas la visión última
de la cal de las murallas...

¡Como crujían los huesos
de España!

- i García Lorca! i García
Lorca!- mil voces clamaban.
Preciosa, la del pandero,
danzando se desmayaba.

Brincaban, enloquecidos,
los pechos de Santa Olalla.
La casada del romance
desgarraba sus entrañas.

¡Cómo se rompía el alma
de España!

Muerto se quedó en la tierra
tronchado por cinco balas
Este año no darán frutos
los naranjos de Granada.

Este año no habrá claveles
En las rejas sevillanas.
El río Guadalquivir
Llevará sangre en sus aguas.

iCómo llorará su espíritu
en las guitarras de España!


Oscar Castro Zúñiga (Rancagua, Chile, 1910 – 1947).


martes, 1 de noviembre de 2016

Óscar Castro Zúñiga. Lucero. Cuento de noviembre, 2016.

Campesinos chilenos (1834 - 1842)
Mauricio Rugendas (Alemania, 1802 - 1858)
Óleo sobre tela

Recortadas unas sobre otras, las cresterías de la cordillera barajan sus naipes pétreos hasta donde la mirada de Rubén Olmos puede alcanzar. Cumbres albísimas, azules hondonadas, contrafuertes dentados, enhiestas puntillas van surgiendo ante su vista siempre cambiantes, cada vez más difíciles al paso a medida que asciende. Antes de iniciar un repecho demasiado fatigoso, el viajero decide conceder un descanso a su cabalgura, que resopla ya como un fuelle. Y cuando se ha detenido, cruza su pierna izquierda por encima de la montura y despeña su mirada hacia el valle.
Primero le salta a la pupila el espejeo del río, que alarga con desgano su caprichoso serpenteo por entre pastizales y sembrados. Pasan luego sus ojos por sobre los cuadriláteros de unos cuantos potreros y busca el pueblo de donde partiera en la mañana. Allí está, escaparate de juguetería, con sus casas enanas y los tajos oscuros de sus valles. Algunas planchas de zinc devuelven el reflejo solar, tajeando el aire con plateado y violento resplandor.
Con un aleteo de párpados, Rubén Olmos borra la imagen del valle y examina a su cabalgadura, cuyos mojados ijares se contraen y elevan en rítmico movimiento.
–¿T'estay poniendo viejo, Lucero? –interroga con tono cariñoso. Y el animal gira su cabeza negra, que tiene una mancha blanca –plagio de una estrella– en la frente, como si comprendiera.
–Güeno, también es cierto que harto habís trabajao; pero te quean años de viajes, toavía. Por lo menos, mientras la cordillera no se bote a mairastra...
Torna a mirar la mole andina, familiar y amiga para él y Lucero; no en balde la han atravesado durante once años. Rubén Olmos, encandilado un poco por la llamarada blanca del sol en la nieve, piensa en sus compañeros de viaje y en la ventaja que le llevan. Pero no le concede importancia al detalle: está cierto de darles alcance antes de que anochezca.
–Siempre que vos me acompañís; la'e no vamos a tener que alojar solitos –manifiesta al caballo, completando su pensamiento.
Rubén Olmos es baqueano antiguo. Aprendió la difícil ciencia junto a su padre, que desde niño lo llevó tras él por entre peñascales y barrancos, pese a sus rebeliones y a la desconfianza que le inspiró al comienzo la cordillera. Cuando el viejo murió –tranquilamente en su cama–, el patrón de la hacienda lo designó a él como reemplazante. Cruzó por lo menos cien veces esta barrera, que al principio se le antojara inexpugnable, y trajo arreos numerosos de ganado cuyano, siempre en buenas relaciones con la fortuna.
Eligió a Lucero cuando éste era todavía un potrillo retozón y él mismo tuvo a su cargo la tarea de domarlo. Desde entonces nunca quiso aceptar otra cabalgadura, a pesar de que su patrón le regaló dos bestias más, de mayor empuje al parecer, y de superiores condiciones. Este caballo ha sido para él una especie de mascota a la que se aferró la superstición de su vida siempre jugada al azar.
El baqueano, habituado a la lucha épica contra los elementos, antes que por las hembras se apasionó por el peligro. Con instintiva sabiduría puso su devoción en un bruto, presintiendo quizás que de él no podía esperar desaires ni traiciones. Si un día le dieran a elegir entre la vida de su hermano y la de Lucero, vacilaría un rato antes de decidirse. Porque el animal, más que un vehículo, significó desde el comienzo un amigo para él. Fue algo así como la prolongación de sí mismo, como la vibración de sus músculos continuando en los tendones de Lucero.
Rubén Olmos nació con la carne tallada en dura sustancia. Sintió la vida en oleadas galopándole las rutas de su ser. Arriba de un caballo fue siempre el que conduce, no el que se deja llevar. Y esta fuerza pidió espacio para vaciarse; ninguno pudo resultarle más propicio ni más adaptado a sus medios que la tumultuosa crestería de los Andes.
Mirado sin atención, el baqueano es un hombre como todos. A lo sumo, da sensación de confianza en sí mismo.
Debajo de su piel cobriza y de su nariz achatada asoma la evocación de algún indio, su antepasado. Su risa no tiene resplandores; se le oscurece en los ojos y, a lo más, blanquea en la punta de sus dientes. Apacentador de soledades, aprendió de ellas el silencio y la profundidad. Con Lucero se entiende mejor que con los humanos. Será porque el caballo no responde. O porque dice siempre que sí con sus ojos tiernos y húmedos. ¡Vaya uno a saber...!
–Güeno, ahora vamos andando.
Asentados sus cascos en cualquier hendedura, el caballo enfila en dirección al cielo. El jinete, inclinado hacia adelante, lleva el compás del balanceo. Ruedan piedrecillas hacia las profundidades y tintinean las argollas del freno. Y Lucero, tac–tac–tac, arriba, por fin, a la cima, tras caminar un cuarto de hora.
En la altura, el viento es más persistente, más cargado de agujas frías. Resbala por la cara del baqueano. Busca cualquier hueco de la manta para clavar su diente. Sin embargo, la costumbre inmuniza al hombre de su ataque. Y por más que el soplo insiste, no consigue inmutarlo.
Traspuestas unas cuantas cadenas de montañas, ya no se divisa el valle. Hay cerros hacia donde se vuelve la mirada. Y arriba, un cielo frágil, puro, más azul que el frío del viento, manchado apenas por el vuelo de un águila, señora de ese predio inabarcable.
La soledad de la altura es tan ancha, tan diáfanamente desamparada, que el viajero siente a veces la leve sensación de ahogarse en el viento, como si se hallara en el fondo de un agua infinitamente liviana. Pero el hombre no tiene tiempo de admirar las perspectivas magníficas del paisaje. Ni esta atmósfera que parece una burbuja translúcida; ni el verde rotundo y orquestal de las plantas; sin la sinfonía de pájaros e insectos que ascienden en flechas finas hacia la altura, dicen nada a su espíritu tallado en oscuras sustancias de esfuerzo y decisión.
Desde una puntilla que resalta por sobre sus vecinas, Rubén Olmos explora el sendero con la esperanza de divisar a quienes lo preceden. Pero la mirada vuelve vacía de este peregrinaje. El hombre arruga la boca. Sus cuatro compañeros, que partieron de la hacienda una hora antes que él, le han tomado mucha ventaja. Tendrá que forzar a su pingo.
A su paso van surgiendo lugares conocidos: La Cueva del León, la Puntilla del Cóndor; la Quebrada Negra. "–Mis compañeros pueen tar esperándome en el Refugio 'el Arriero" –piensa, y aprieta las espuelas en las costillas de Lucero.
El sendero es apenas una huella imprecisa, en la cual podrían extraviarse otros ojos menos experimentados que los suyos. Pero Rubén Olmos no puede engañarse. Este surco anémico por donde transita, es una calle abierta y ancha que conduce a un fin: la tierra cuyana.
A medida que asciende, la vegetación cambia de tono. Se hace más dura y retorcida para resistir los embates de las tormentas. Espinos, romerillos, quiscos filudos, ponen brochazos nocturnos en el albor de la nieve. La soledad comienza a tornarse cada vez más blanca y honda, revistiéndose de una majestuosa serenidad. El sol, ya soslayado hacia Occidente, forcejea por tamizar su calor a través del viento.
Cambia de pronto el decorado, y el caballo del baqueano desemboca en un inmenso estadio de piedra. Dos montañas enormes enfrentan sus paréntesis, encerrando un tajo cuyo fondo no se divisa. Parece que un inmenso cataclismo hubiera hendido allí la cordillera, separándola de golpe en dos.
El jinete detiene a Lucero. El Paso del Buitre ejerce una extraña fascinación en su mente. A los quince años, cuando lo atravesó por vez primera, se le ocurrió mirar hacia abajo, pese a las advertencias de su padre, y al cabo de un momento, vio que la hondonada empezaba a girar semejante a un embudo azul. Algo como una garra invisible lo tiraba hacia el abismo, y él se dejaba ir. Por fortuna, el taita advirtió el peligro y destruyó la fascinación con un grito imperioso: "–¡Güelve la cabeza, baulaque!" Desde entonces, a pesar de toda su serenidad, no se atreve a descolgar sus ojos hacia aquella profundidad insondable.
Además, el Paso del Buitre tiene su leyenda. No puede ser atravesado en Viernes Santo por un arreo de ganado sin que ocurran terribles desgracias. También su padre le advirtió este detalle, contándole, como ilustración, diversos casos en que la sima se había tragado reses y caballos de modo inexplicable.
En verdad, el paso es uno de los más impresionantes que puede presentar la cordillera. El sendero tiene allí unos ochenta centímetros de ancho: lo justo para que pueda pasar un animal entre el muro de piedra y el abismo. Un paso en falso... y hasta el Juicio Final.
Antes de aventurarse por aquella repisa suspendida quién sabe a cuántos metros del fondo, Rubén Olmos cumple escrupulosamente la consigna establecida entre los transeúntes de la cordillera: desenfunda su revólver y dispara dos tiros al aire para advertir a cualquier posible viajero que la ruta está ocupada y debe aguardar. Los estampidos expanden sus ondas por el aire diáfano. Rebotan en las peñas y vuelven, multiplicados, hasta los oídos del baqueano. Tras un momento de espera, el jinete se decide a reanudar su viaje. Lucero, asentando con precisión sus cascos en la roca, prosigue la marcha, sin notar, al parecer, el cambio de fisonomía en la ruta.
–¡Caballo lindo! –musita el hombre, resumiendo en esas palabras todo su cariño hacia el bruto.
Lo que ocurre enseguida nunca podrá olvidarlo Rubén Olmos.
Al salir de un recodo cerrado, el corazón le da un vuelco enorme. En dirección contraria, a menos de veinte pasos, viene otro hombre, cabalgando un alazán tostado. El estupor, el desconcierto y la ira se barajan en el rostro de los viajeros. Ambos, con impulso maquinal, sofrenan sus caballos. El primero en romper el angustioso silencio es el jinete del alazán. Tras una gruesa interjección, añade a gritos:
–¿Y cómo se le ocurre metes'en el camino sin avisar?...
Rubén Olmos sabe que con palabras nada remediará. Prosigue su avance hasta que las cabezas de los caballos casi se tocan. Enseguida, saca una voz tranquila y segura del fondo de su pecho:
–El que no disparó jue usté, amigo.
El otro desenfunda su revólver, y Rubén hace lo mismo con rapidez insospechada en él. Se miran un momento fijamente, y hay un chispazo de desafío en sus ojos. El desconocido tiene unas pupilas aceradas, frías, y unas facciones acusadoras de voluntad y decisión. Por su exterior, por su seguridad, parece hombre de monte, habituado al peligro. Ambos comprenden que son dignos adversarios.
Rubén Olmos se decide por fin a establecer que la razón está de su parte. Empuñando su arma con el cañón hacia el abismo, para no infundir desconfianza, extrae las balas, presentando un par de vainillas vacías.
–Aquí'stán mis dos tiros –expresa.
El desconocido lo imita, y presenta, igualmente, dos cápsulas sin plomo.
–Mala suerte, amigo; disparamos al mismo tiempo –expresa el baqueano.
Así es, compañero. ¿Y qué hacimos ahora?
–Lo qu'es golver, no hay que pensarlo siquiera.
–Entonces, uno tiene que quearse de a pie.
–Sí, pero... ¿Cuál de los dos?
–El que la suerte diga.
Y sin mayores comentarios, el jinete del alazán extrae una moneda de su bolsillo y, colocándola sin mirarla entre sus manos unidas, dice a Rubén Olmos.
–Pida.
Hay una vacilación inmensa en el espíritu de Rubén. Aquellas dos manos unidas que tiene ante los ojos guardan el secreto de un veredicto inapelable. Poseen mayor fuerza que todas las leyes escritas por los hombres. El destino hablará por ellas con su voz inflexible y escueta. Y, como Rubén Olmos nunca se rebeló ante el mandato de lo desconocido, dice la palabra que alguien moduló en su cerebro:
–¡Cara!
El otro descubre, entonces, lentamente, la moneda, y el sol oblicuo de la tarde brilla sobre un ramo de laureles con una hoz y un martillo debajo: el baqueano ha perdido. Ni un gesto, sin embargo, acusa su derrumbe interior. Su mirada se torna dulce y lenta sobre la cabeza y el cuello de Lucero. Su mano, después, materializa la caricia que brota de su corazón. Y, finalmente, como sacudiendo la fatalidad, se deja deslizar hacia el sendero por la grupa lustrosa del caballo. Desata el fusil y el morral con provisiones que van amarrados a la montura. Quita después el envoltorio de mantas que reposa sobre el anca. Y todo ello va abriendo entre los dos hombres un silencio más hondo que el de la soledad andina.
Durante estos preparativos, el desconocido parece sufrir tanto como el perdedor. Aparentando no ver nada, trenza y destrenza los correones del rebenque. Rubén Olmos, desde el fondo de su ser, le da las gracias por tan bien mentida indiferencia. Cuando su penosa labor ha finalizado, dice al otro, con voz que conserva una indefinible y desesperada firmeza:
–¿Encontró en el camino a cuatro arrieros con dos mulas, por casualidad?
–Sí, en el Refugio'staban descansando. ¿Son compañeros?
–Sí, por suerte.
Lucero, sorprendido tal vez de que se le quite la silla en tan intempestivo lugar, vuelve la cabeza y Rubén contempla por un momento sus ojos de agua mansa y nocturna. La estrella de la frente. Las orejas erguidas. Las narices nerviosas... Para decidirse de una vez, echa al aire su voz cargada de secreta pesadumbre.
–Sujete bien su bestia, amigo; el otro afirma las riendas, desviando la cabeza de su alazán hacia el cerro.

Entonces, Rubén Olmos, como quien se descuaja el corazón, palmotea nuevamente a Lucero en el cuello, y de un empellón inmenso, lo hace rodar al abismo.

Óscar Castro Zúñiga (Chile, 1910 – 1947). 

miércoles, 13 de abril de 2016

Óscar Castro Zúñiga. Romance de Isolda Pradel.

El novio y la novia de la Torre Eiffel (1938-38)
Marc Chagall (1887 - 1985)
Óleo sobre lienzo
Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou, París, Francia.

Madrina tuya, la luna
con crinolina de rosas
Cristalería del agua
que en surtidores se dobla
¡Ay, telares de agua y luna
tejen tu velo de novia!
En fraguas de maravilla
¡Qué cantarina ajorcas!
            ¡Eres la esposa en el día
            pero en la noche eres novia!

Si el agua con cielo y luna
quisiera volverse estrofa,
Si cantara un ruiseñor
en la noche melodiosa,
si el prado azul de los cielos
soltara sus mariposas,
¡qué diadema te pondría
sobre las sienes, Isolda!
            ¡Eres mi esposa y te quiero
            como si fueras mi novia!

Esta noche nos casamos.
Los juncos que el viento dobla
nos dan su consentimiento
con frases hechas de aroma.

A nuestra boda vendrán
Cometas de larga cola
Y en los jardines dormidos
darán un baile las hojas
            ¡Eres la esposa en el día
            pero en la noche eres novia!

Pulen su flauta los grillos
para tocar en la boda.
Los murciélagos se visten
con una capa española.
Puñados de arroz dorado
el cielo en la fuente arroja.
El clarín de un gallo rasga
como un cohete la sombra.
            Eres mi esposa y te quiero
            como si fueras mi novia.

Ponte tu velo de luna,
dame tus manos, Isolda
aquí tienes el anillo
del ensueño y de la estrofa.
Cierra los ojos y escucha
la voz del viento en la sombra:
pontífice azul, oficia:
"Ya sois esposo y esposa"
            ¡Y yo te sigo queriendo
            como si fueras mi novia!

Óscar Castro Zúñiga (Chile, 1910 – 1947).


martes, 15 de marzo de 2016

Óscar Castro Zúñiga. Palabras al Hijo Futuro.

Oswaldo Guayasamín (Ecuador, 1919 - 1999)
Ternura (1989)
Óleo sobre tela
Fundación Guayasamin, Quito Ecuador.

Hijo, tu voz irá sobre las noches puras
recogiendo el temblor de las altas espigas.
Se curvarán en tí las canciones maduras.
Conducirán los vientos la palabra que digas.

El mundo se hará luz en tus pupilas, hijo
y este rumor que llevo de vuelos y colmenas,
irá, como la sombra azul de un crucifijo,
sobre la ramazón florida de tus venas.

El amor, cuyo asalto de fuego me circunda
y unge mi corazón de dolorosas huellas,
será socavamiento de mareas profundas
en tu reino interior de huracanes y estrellas.

Y dirás una tarde:"La vida que me diste
tiene una obscura lepra de llantos y armonías."
(Te habías enamorado de la mujer mas triste
y en un ancho alarido se quemarán tus días).

Hijo, retoño puro y almohada de mi muerte,
flecha que se escapó de mi arco hacia el futuro,
yo lo daría todo para formarte fuerte.
Perdóname, hijo mío, si eres triste y oscuro.

Perdóname si tu alma continua las voces
que en mí nacen y caen como alas vencidas.
Si algún día tienes pena por lo que no conoces
es que te están doliendo mis heridas.

No quisiera traer tu sollozo a la vida.
Y en la mirada de ella te siento ya venir,
eres como una dulce música conocida
sobre los ventanales claros del porvenir.

Hijo, cuando se cierren los ojos de tu padre
¿por que rutas irá tu planta aventurera?
Tu recuerdo será suavidad en la tarde
y lágrima en la fiesta del huerto en primavera.

Óscar Castro Zúñiga (Chile, 1910 – 1947).


sábado, 20 de febrero de 2016

Oscar Castro Zúñiga. Muerte de Alfonsina Storni (de Viaje del alba a la noche).

 Mujer saliendo del mar
Benito Rebolledo Correa
Óleo sobre tela
Senado de la República de Chile

1. El llamado

Todos los barcos perdidos
tocaban negras sirenas,
cuando Alfonsina se erguía,
sola, entre el mar y la tierra.
El Atlántico soplaba
su caracol de tormentas.
Mil capitanes fantasmas,
las manos en las viseras,
surgían ante Alfonsina,
rígidos, sobre cubierta:
en sus pechos transparentes
el cielo ponía estrellas;
bajo sus cuencas profundas
la noche se anocheciera.
“Te aguardamos, Capitana
-con voz de vientos dijeran-;
falta nos hacen tus ojos
para ver en las tinieblas.
Perdidos vamos, y mudos,
por un país de salmuera.
la Cruz del Sur te daremos
por insignia marinera”.
Alfonsina estaba sola
sobre las rocas enhiestas.
El llamado galopaba
por el latir de sus venas.
El viento la ve avanzar
y aúlla por detenerla.
Caminos de espacio fresco
recorre un segundo apenas.
Y luego, el mar en sus ojos,
el mar en su cabellera;
el mar mojando sus pechos,
subiendo por sus caderas;
el mar para conservarla,
cerrando sus verdes puertas.
Alfonsina está en el mar,
isla menuda y eterna.

2. AIfonsina en el mar

En mensaje de magnolias
la espuma fue a la ribera.
Con luz de lámparas verdes
el mar alumbró la fiesta.
(Fiesta del agua que se abre,
fiesta de un cuerpo que llega).
Peces de escamas fulgentes
guiaron a la viajera.
Ostras abrieron sus cofres
repletos de grandes perlas.
Rojos corales cantaron
pregones de sangre fresca.
Sonámbula va Alfonsina
por calles mudas y quietas.
El agua lustra el asombro
de sus pupilas abiertas.
El mar agita las frágiles
algas de su cabellera.
Hondo país de silencio,
país de rosas secretas,
de misteriosas ciudades,
de altas paredes siniestras;
dársena definitiva
de las perdidas goletas;
joyel de las maravillas
que nunca tuvo la tierra.
AIfonsina con sus manos
abrió la invisible puerta.
El mar la tuvo por fin,
después de siglos de espera.
El mar que para llamarla
pulsó guitarras de ausencia.
Novia del mar, Alfonsina,
el mar está poseyéndola.

3. EI retorno

Un ángel que se inclina, doblando la cerviz,
y el cuerpo de Alfonsina sobre la playa gris.

Nada más. El océano, su profundo latir,
y el pulso de Alfonsina sin poderlo seguir.

Un claror tiritaba sobre rosas de frío.
La barca de Alfonsina por un lejano río ...

Iba llegando el alba, 1ento.barco de malva.
El cuerpo de Alfonsina era blanco en el alba.

No sería más blanco un almendro polar
que Alfonsina vestida con espuma de mar.

Sobre celestes plumas, la cabeza de Dios
se despertó: Alfonsina, sin mirada y sin voz,

atrajo hacia la tierra su profunda pupila.
Y dijo Dios: “Por fin solitaria y tranquila,

tú, la sufriente, estás, ancla sin su navío.
La piel del infinito siente tu calofrío”.

Junto al cuerpo yacente pusiéronse a rezar
el ángel de la aurora y el centauro del mar.

Y Alfonsina sentía, su alta sien en el cielo,
un translúcido soplo de planetas en vuelo.

iY más allá de todo, más allá de ese soplo,
Dios esculpía estrellas con un celeste escoplo!


Oscar Castro Zúñiga (Chile, 1910 – 1947).