Pintura y poesía

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jueves, 2 de noviembre de 2017

Felipe Benítez Reyes. La condena.

La búsqueda de la felicidad (2009)
Arnaldo Roche Rabell (Puerto Rico, 1955)
Óleo sobre papel enyesado
Colección privada

El que posee el oro añora el barro.
El dueño de la luz forja tinieblas.
El que adora a su dios teme a su dios.
El que no tiene dios tiembla en la noche.

Quien encontró el amor no lo buscaba.
Quien lo busca se encuentra con su sombra.
Quien trazó laberintos pide una rosa blanca.
El dueño de la rosa sueña con laberintos.

Aquel que halló el lugar piensa en marcharse.
El que no lo halló nunca
es desdichado.
Aquel que cifró el mundo con palabras
desprecia las palabras.
Quien busca las palabras que lo cifren
halla sólo palabras.

Nunca la posesión está cumplida.
Errático el deseo, el pensamiento.
Todo lo que se tiene es una niebla
y las vidas ajenas son la vida.

Nuestros tesoros son tesoros falsos.

Y somos los ladrones de tesoros.


Felipe Benítez Reyes (España, 1960).

miércoles, 4 de octubre de 2017

Felipe Benítez Reyes. La flecha del tiempo.

Hombre en un café (1912)
Juan Gris (España, 1887 – 1927)
Óleo sobre lienzo
Museo de Arte de Filadelfia, Estados Unidos.


Nunca seríamos
como esos adultos —nos juramos—
que miraban ansiosos, turbiamente,
a través del cristal de las cafeterías
—como en cierto poema de Rimbaud—
la entrada de los jóvenes altivos
en la cueva dorada de la noche.
Y sin embargo
ahora estamos aquí, sin entender gran cosa,
ante un vaso de hielo y de ansiedad,
arañando con fiebre y con rencor
en el cristal del tiempo un espejismo.

Felipe Benítez Reyes (España, 1960). 

viernes, 18 de agosto de 2017

Felipe Benítez Reyes. La noche.

Vista de Dresden desde la terraza de Brühl (1831)
Carl Gustav Carus (Alemania, 1789 – 1869)
Óleo sobre tela
Museo Georg Schäfer, Schweinfurt, Alemania.

Todos hemos llegado, a esta hora,
al final indistinto de otro día.

Igual que las columnas de los templos turísticos,
igual que las antenas
que cubren la ciudad, permanecemos
de frente ante la noche,
fatigados de luz y de trabajo.

Alguno se dispone a la lectura
de una nueva novela o de unos versos
de geométricas metáforas
y algún otro recorre el laberinto
de intriga y de ambición que es nuestra Historia
en alguna costosa enciclopedia
ilustrada con gráficos y fotos
de holocaustos modernos.

En la penumbra tersa y repentina,
habrá quien se apresure a celebrar
el espejismo frágil de otro cuerpo
conmovido y hierático,
desnudo como el agua,
que el tiempo arañará con garra firme.

Alguien escribirá una carta inútil,
traicionada sin duda
por esos enemigos poderosos
de la expresividad: los adjetivos
que intentan transmitir la esencia íntegra
del dolor verdadero.

Alguno invocará su paz con ansiolíticos
y algún otro será
el solitario alquimista del sexo de los ángeles
en la galaxia virtual de las cabinas porno,
absorto y sorprendido como un niño.

Alguien colocará explosivos redentores
en nombre de una raza y su bandera
y algún otro abrirá la puerta helada
del infierno acordado con él mismo.

En esquemáticos apartamentos de alquiler,
hay quien hace reír y quien llorar
a seres temerosos que miran las estrellas
o las luces en línea de aeropuertos lejanos.

Alguno sueña ya con los piratas
heroicos y feroces de una infancia inmortal
y muchos tejerán las pesadillas
barrocas que conciben los adultos
con visionarios fallos de guión.

Todos hemos llegado al final de otro día.

Y cada cual se dispone a proseguir
su más secreto rumbo
por el túnel salvaje de la noche.

Felipe Benítez Reyes (España, 1960).

miércoles, 26 de julio de 2017

Felipe Benítez Reyes. París, librerías de viejo.

Vista de París desde Montmartre (1886)
Vincent Van Gogh (Países Bajos, 1853 - 1890)
Óleo sobre lienzo
Museo de Arte de Basilea, Basel, Suiza.

Mientras huelo la rosa de papel,
marchita y amarilla, de Ronsard,
alguien clava una aguja
en los ojos dormidos que navegan
por el mar ondulante del somnífero
que han vertido en su copa.

Mientras toco el cristal esmerilado
de un verso ornamental de Mallarmé
alguien está
elevando el andamio de tu incierta ventura
al romper un papel o al perder una llave.

Jardines del Luxemburgo, cuando os cruzo aterido
y paso ante la estatua de Verlaine,
achinado en la piedra, alguien resuelve
esa fórmula química
que sembrará el alivio o el horror
en nuestra realidad desamparada.

Al mismo tiempo que leo
el verso en que recrea Baudelaire
la imagen de una serpiente
que baila sobre la punta de un palo,
alguien le dice a alguien al oído
esa frase que siempre quiso oír
para sentir por una vez
el estremecimiento ante el abismo del futuro.

Cuando miro flotar a la pálida Ofelia
sobre el lago de un verso de Rimbaud,
alguien está agitando
en el vibrante cubilete del azar
los dados que deciden
la vida y el amor o sus contrarios.

Mientras voy con mis libros en la bolsa,
alguien está alterando para siempre
esa trama insondable del destino común
al diseñar la pieza de un ingenio mecánico
capaz de procrear o destruir.

La primavera brilla sobre el río
con una luz de encaje dieciochesco,
mientras yo me dirijo al café de los Dos Monigotes
pensando inquietamente en estas cosas,
al modo en que se piensa en un cuchillo
que penetra en la carne temblorosa del mundo.

Felipe Benítez Reyes (España, 1960).