Pintura y poesía

Pintura y poesía

viernes, 15 de mayo de 2020

Javier Heraud. Balada del guerrillero que partió.

A 57 años de la muerte de Javier Heraud.
Hagámosnos la guerrilla interior para parir un hombre nuevo
Roberto Matta (1970).
Óleo sobre lienzo.
Museo de la Solidaridad Salvador Allende, Santiago, Chile.

Una tarde díjole a su amada
"Me voy, ya es tiempo de lluvias.
todo está anegado
la vida se me envuelve en la garganta
no puedo resistir mas opresión.
Mientras mis hermanos
mueren en las sierras por balas
asesinas,
yo no debo quedar pensativo,
indiferente,
Adiós me voy a los montes
con los guerrilleros"
Se despidió y partió
Y un día ya estaba
arriba, de brazo con los guerrilleros.
Fue su mano espada de plata fina,
aró, sembró, cosechó
la tierra,
disparó con su fusil rayos
de esperanza.
y otro día ya estaba muerto,
sobre el hombro.
Pensativo y triste
aún recuerda a su amada
inmemorial por largo tiempo.
Y ella lo espera junto al río,
en el puente en donde lo vio partir.
Y acaricia su vientre con tristeza,
pensando en él, en todos,
con su ojos hermosos
y radiantes
mira haca el puente, al río,
a la vida.
Y siente en su corazón
la esperanza, la nueva
alegría que su amado juntó
en la tierra.

Firmado con su seudónimo Rodrigo Machado

Javier Heraud (Perú, 1942-1963). 

Sucedió en el Perú: Javier Heraud
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miércoles, 13 de mayo de 2020

Nezahualcóyotl. Yo lo pregunto.


Nezahualcoyotl, monarca de Texcoco.

Ilustración.
Códice Ixtlilxochitl, siglo XVI.


Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
Nada es para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
Aunque sea de oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.


Nezahualcóyotl (México, cultura azteca, 1402-1472).

miércoles, 1 de abril de 2020

Camilo José Cela. Pequeña parábola de “Chindo” perro de ciego. Cuento de abril, 2020.

El ciego músico (c. 1786).
Óleo sobre lienzo.
Ramón Bayeu y Subías (España, 1746 - 1793).
Museo del Prado, Madrid, España.

“Chindo” es un perrillo de sangre ruin y de nobles sentimientos. Es rabón y tiene la piel sin lustre, corta la alzada, flácidas las orejas. “Chindo” es un perro hospiciano y sentimental, arbitrario y cariñoso, pícaro a la fuerza, errabundo y amable, como los grises gorriones de la ciudad. “Chindo” tiene el aire, entre alegre e inconsciente, de los niños pobres, de los niños que vagan sin rumbo fijo, mirando para el suelo en busca de la peseta que alguien, seguramente, habrá perdido ya.
“Chindo”, como todas las criaturas del Señor, vive de lo que cae del cielo, que a veces es un mendrugo de pan, en ocasiones una piltrafa de carne, de cuando en cuando un olvidado resto de salchichón, y siempre, gracias a Dios, una sonrisa que sólo “Chindo” ve.
“Chindo”, con la conciencia tranquila y el mirar adolescente, es perro entendido en hombres ciegos, sabio en las artes difíciles del lazarillo, compañero leal en la desgracia y en la obscuridad, en las tinieblas y en el andar sin fin, sin objeto y con resignación.
El primer amo de “Chindo”, siendo “Chindo” un cachorro, fue un coplero barbudo y sin ojos, andariego y decidor, que se llamaba Josep, y era, según decía, del caserío de Soley Avall, en San Juan de las Abadesas y a orillas de un río Ter niño todavía.
Josep, con su porte de capitán en desgracia, se pasó la vida cantando por el Ampurdán y la Cerdaña, con su voz de barítono montaraz, un romance andarín que empezaba diciendo:
            Si t´agrada córrer mon,
            algun dia, sense pressa,
            emprèn la llarga travessa
            de Ribes a Camprodon,
            passant per Caralps i Núria,
            per Nou Creus, per Ull de Ter
            i Setcases, el primer
            llogaret de la planúria.
“Chindo”, al lado de Josep, conoció el mundo de las montañas y del agua que cae rodando por las peñas abajo, rugidora como el diablo preso de las zarzas y fría como la mano de las vírgenes muertas. “Chindo”, sin apartarse de su amo mendigo y trotamundos, supo del sol y de la lluvia, aprendió el canto de las alondras y del minúsculo aguzanieves, se instruyó en las artes del verso y de la orientación, y vivió feliz durante toda su juventud.
Pero un día… Como en fábulas desgraciadas, un día Josep, que era ya muy viejo, se quedó dormido y ya no se despertó más. Fue en la Font de Sant Gil, la que está sota un capelló gentil.
“Chindo” aulló con el dolor de los perros sin amo ciego a quien guardar, y los montes le devolvieron su frío y desconsolado aullido. A la mañana siguiente, unos hombres se llevaron el cadáver de Josep encima de un burro manso y de color ceniza, y “Chindo”, a quien nadie miró, lloró su soledad en medio del campo, la historia -la eterna historia de los dos amigos Josep y “Chindo”- a sus espaldas y por delante, como en la mar abierta, un camino ancho y misterioso.
¿Cuánto tiempo vagó “Chindo”, el perro solitario, desde la Seo a Figueras, sin amo a quien servir, ni amigo a quien escuchar, ni ciego a quien pasar los puentes como un ángel? “Chindo”contaba el tránsito de las estaciones en el reloj de los árboles y se veía envejecer -¡once años ya!- sin que Dios le diese la compañía que buscaba.
Probó a vivir entre los hombres con ojos en la cara, pero pronto adivinó que los hombres con ojos en la cara miraban de través, siniestramente, y no tenían sosiego en le mirar del alma. Probó a deambular, como un perro atorrante y sin principios, por las plazuelas y por las callejas de los pueblos grandes -de los pueblos con un registrador, dos boticarios y siete carnicerías- y al paso vio que, en los pueblos grandes, cien perros se disputaban a dentelladas el desmedrado hueso de la caridad. Probó a echarse al monte, como un bandolero de los tiempos antiguos, como un José María el Tempranillo, a pie y en forma de perro, pero el monte le acuñó en su miedo, la primera noche, y lo devolvió al caserío con los sustos pegados al espinazo, como caricias que no se olvidan.
“Chindo”, con gazuza y sin consuelo, se sentó al borde del camino a esperar que la marcha del mundo lo empujase adonde quisiera, y, como estaba cansado, se quedó dormido al pie de un majuelo lleno de bolitas rojas y brillantes como si fueran de cristal.
Por un sendero pintado de color azul bajaban tres niñas ciegas con la cabeza adornada con la pálida flor del peral. Una niña se llamaba María, la otra Nuria y la otra Montserrat. Como era el verano y el sol templaba el aire de respirar, las niñas ciegas vestían trajes de seda, muy endomingados, y cantaban canciones con una vocecilla amable y de cascabel.
“Chindo”, en cuanto las vio venir, quiso despertarse, para decirles:
-Gentiles señoritas, ¿quieren que vaya con ustedes para enseñarles dónde hay un escalón, o dónde empieza el río, o dónde está la flor que adornará sus cabezas? Me llamo “Chindo”, estoy sin trabajo y, a cambio de mis artes, no pido más que un poco de conversación.
“Chindo” hubiera hablado como un poeta de la Edad Media. Pero “Chindo” sintió un frío repentino. Las tres niñas ciegas que bajaban por un sendero pintado de azul se fueron borrando tras una nube que cubría toda la tierra.
“Chindo” ya no sintió frío. Creyó volar, como un leve vilano, y oyó una voz amiga que cantaba:
Si t´agrada córrer mon,
algun dia, sense pressa…
“Chindo”, el perrillo de sangre ruin y de nobles sentimientos, estaba muerto al pie del majuelo de rojas y brillantes bolitas que parecían de cristal.
Alguien oyó sonar por el cielo las ingenuas trompetas de los ángeles más jóvenes.
Camilo José Cela (España, 1916 - 2002).
1989

sábado, 21 de marzo de 2020

Yosa Buson (与謝蕪村). La primera helada del año...

Grulla sobre una rama de pino cubierta de nieve
Katsushika Hokusai (Japón, 1760 - 1849).
Grabado en madera policromada; tinta y color sobre papel.
Museo Metropolitano de arte (Met), Nueva York, Estados Unidos. 



La primera helada del año;
Mirando a la grulla enferma
A lo lejos.

Yosa Buson - 与謝蕪村 (Japón, 1716 – 1784).

viernes, 13 de marzo de 2020

Nezahualcóyotl. Percibo lo secreto.


Monumento a la fundación de México-Tenochtitlan (1970).
Escultura en bronce, montada sobre un mosaico que muestra un pasaje del Códice Mendocino. 
Calos Marquina.
Plaza de la Fundación, Avenida Pino Suárez, Ciudad de México, México.

Zona arqueológica del Templo Mayor de Tenochtitlán.
Ciudad de México, México. 
Fotografía Mike Peel (2015). 


Percibo lo secreto, lo oculto:
¡Oh vosotros señores!
Así somos, somos mortales,
De cuatro en cuatro nosotros los hombres,
Todos habremos de irnos,
Todos habremos de morir en la tierra…

Nadie en jade,
Nadie en oro se convertirá:
En la tierra quedará guardado
Todos nos iremos
Allá, de igual modo.
Nadie quedará,
Conjuntamente habrá que perecer,
Nosotros iremos así a su casa.

Como una pintura
Nos iremos borrando.
Como una flor,
Nos iremos secando
Aquí sobre la tierra.
Como vestidura de plumaje de ave zacuán,
De la preciosa ave de cuello de hule,
Nos iremos acabando
Nos vamos a su casa.

Se acercó aquí
Hace giros la tristeza
De los que en su interior viven…
Meditadlo, señores,
Águilas y tigres,
Aunque fuerais de jade, 
Aunque allá iréis,
Al lugar de los descarnados…
Tendremos que desaparecer
Nadie habrá de quedar.


Nezahualcóyotl (México, cultura azteca, 1402-1472).

lunes, 9 de marzo de 2020

Julio Cortázar. Los amigos.

¡Feliz cumpleaños, Fernando!

Con los pintores amigos (1930)
Óleo sobre tela
Augusto Schiavoni (Argentina, 1893 – 1942).
Museo Castagnino+macro, Rosario, Argentina.

En el tabaco, en el café, en el vino,
al borde de la noche se levantan
como esas voces que a lo lejos cantan
sin que se sepa qué, por el camino.

Livianamente hermanos del destino,
dióscuros, sombras pálidas, me espantan
las moscas de los hábitos, me aguantan
que siga a flote en tanto remolino.

Los muertos hablan más pero al oído,
y los vivos son mano tibia y techo,
suma de lo ganado y lo perdido.

Así un día en la barca de la sombra,
de tanta ausencia abrigará mi pecho
esta antigua ternura que los nombra.

Julio Cortázar (Argentina, 1914 - 1984).

domingo, 8 de marzo de 2020

Belli Gioconda. Y Dios me hizo mujer.

Un saludo fraterno en el 
Día Internacional de la Mujer
Desnudo Alcatraces en contra (1944)
Óleo Sobre mesonite
Diego Rivera (México, 1886 - 1957).
Colección de Emilia Guzzy de Gálvez

Y Dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.


Gioconda Belli (Nicaragua, 1948).

domingo, 1 de marzo de 2020

Frédéric Mistral. Los secretos de las bestias. Cuento de marzo, 2020.


Baby boom en el paraíso
Catherine Musnier (Canadá, 1974).

A mi amigo Mariani

Al investigar en la biblioteca de Carpentras le eché el ojo a un manuscrito muy antiguo, posiblemente de la primera mitad del siglo XVI, donde encontré una serie de historias bastante curiosas.

¿De dónde proviene esta colección, claramente inédita? Probablemente de los fondos de Peyresc, que contribuyeron a enriquecer la biblioteca Inguimbertine (el nombre de la famosa biblioteca de Carpentras). Entre los cuentos y fábulas del manuscrito hay una en particular que parece referir al célebre Vino de Coca.

Esta es la fábula de la Coca, titulada: Los secretos de las bestias.

Cierta vez, un joven leñador fue a cortar madera en el bosque cuando escuchó, a la distancia, un gran estruendo de ramas, que daba cuenta de que una bestia descomunal había abierto un camino entre los matorrales.

El joven, asustado, se escondió en un árbol hueco que se encontraba cerca del borde de un estanque. De repente, uno tras otro, apareció un león, un leopardo y un monstruoso reptil llamado cocodrilo. Sin embargo, este estanque era el lugar donde, al parecer, estos animales iban a beber a diario y, después de beber,  conversar entre sí, confiándose los secretos que conocían de la Naturaleza.

El león dijo:

-Si, en Madrid había una clara fuente, inagotable, que ya no existe. No sufrían sed, como lo hacen este año, por la extraordinaria sequía que prevalece. Y, sin embargo, ¡si supieran! En la Plaza Mayor hay una gran piedra que ocupa el centro. Bien podrían limitarse a levantarla y de allí brotaría una maravillosa fuente, ¡la suficiente para saciar a Madrid y Castilla!

- ¡Oh Dios, si lo supieran! -dijo el leopardo- La Reina de España, que está en cama desde hace nueve años, y que come y bebe como una persona de perfecta salud, languidece, sin embargo, y se consume hasta el punto de dar la impresión que ya no tiene una gota de sangre en las venas. No obstante, se curaría con sólo mirar debajo de su cama y, levantando una baldosa, verificar así la causa de su mal, la causa de su terrible declive.
Y el cocodrilo dijo a su vez:

-Y la princesa, esta dama hermosa y desafortunada cuyo estómago no soporta la digestión, de modo que sólo se nutre con caldos, ¿crees que ella no mejoraría pronto si bebe algo de aquel elixir tan popular en el Perú, llamado Coca, y del cual supe durante un viaje que hice a las Américas?

Tras estas confidencias, los tres animales volvieron a la espesura. Pero nuestro leñador, que no era tonto, inmediatamente regresó a su casa, tomó su cartera y se fue de viaje a España. Al llegar a Madrid, se fue a caminar por la Plaza Mayor y se mezcló con los grupos que tomaban aire bajo las arcadas de la plaza. Precisamente, esta pobre gente discutía y se quejaba de la escasez de agua que asolaba al país.

El leñador les dijo:

-¡Que se me otorguen cien mil reales y yo, señores, les daré una fuente de agua que inundará Madrid!

Inmediatamente, el joven fue llevado al Palacio, donde reiteró su oferta.

-Usted tiene cien mil reales, dijo el Rey de España, si es capaz de cumplir su promesa. Pero, cuidado, si usted miente, recibirá en cambio cien latigazos.

-Muy bien -dijo el leñador-. Mi Señor, si usted quiere agua haga quitar la piedra que está colocada en el centro de la plaza.

El rey mandó a levantar el bloque, y una fuente fabulosa surgió al instante de la tierra, tan fuerte y abundante que por las callejas y avenidas corrían alegres arroyos. La ciudad entera celebraba.

La gente bebía a dos manos, y el rey, muy contento, le otorgó al leñador el dinero prometido, y agregó con un suspiro:

-Si pudieras, mi bravo amigo, reanimar tan fácilmente a mi real y querida esposa que languidece en la cama.

-Señor -respondió el joven-, nada es más fácil para mí. A cambio de su cura me gustaría ostentar el título de Grande de España.

- Lo tendrás, dijo el rey. Rápido, ven a salvar a la reina.

Fueron hasta la cámara real. El leñador se lanzó debajo de la cama de la reina, y le dijo:
-Quiten esta baldosa.

La baldosa fue quitada y, ¡horror! Debajo aparece un sapo enorme. Era él quien, invisible, bebía la sangre de la reina.

El vampiro fue perforado con un golpe de alabarda. En pocos días, la reina vuelve a la vida, y el joven se hizo Grande de España.

Entonces el rey dijo:

- ¡Amigo, eres verdaderamente un hombre extraordinario! Pero pondrías el broche de oro a mi felicidad, si supieras algún remedio para restaurar el estómago de nuestra pobre y querida Infanta, quien ya no puede soportar más que los caldos de ranas.

-Señor, yo conozco muy bien el remedio para curar a la Infanta, dijo el joven, pero deberás pagar un gran precio.

-Dí el precio que quieras y te lo daré, dijo el rey.

-¡Bien! dijo el leñador, quiero casarme con ella.

-Sana a mi hija, y lo harás... Rápido, ¿qué debemos hacer?

-Señor, que el Perú envíe una de sus carabelas trayendo un elixir llamado Vino de Coca.
Dicho y hecho. Enviaron por el preciado líquido en el Perú. La princesa, tras beberlo, lo encontró exquisito y su apetito regresó poco tiempo después.

El relato culmina con que, encantada, la princesa concede su mano al leñador feliz, que, una vez casado, le contó cómo había escuchado los secretos de las bestias, y en memoria de la Coca, el lagarto anfibio había sido bautizado como Cocadrille (palabra en parte peruana, que significa: Coca; y en parte francés antiguo: Driller, que significa “actuar bien”), y que más tarde, corruptamente, se transformó en "cocodrilo".

en Ocho cuentos a Mariani, París, 1900.

Frédéric Mistral (Francia, 1830-1914).

1904

lunes, 17 de febrero de 2020

Jacinto Benavente. Un ídolo.

Las puertas del amanecer (1900).
Óleo sobre lienzo
Herbert James Draper (Reino Unido, 1863 - 1920).
Drapers Hall, Londres, Reino Unido. 

 ¡Bella forma gentil, idolatrada;
no animes de tu cuerpo la escultura
con el fuego de un alma enamorada!
¡Forma ideal, de lo ideal pagano!
pues que la forma es sólo tu hermosura,
y no es divino en ti sino lo humano.
Mi alma que a los sentidos se avasalla,
a ti se rinde con delirio insano;
y este amor desbordado que en mí estalla,
vivirá de sí mismo y tu belleza.
No muestres, pues, de tu alma la bajeza;
yo amaré por los dos. Tú, besa y calla.

Jacinto Benavente (España, 1866 – 1954).

1922

viernes, 14 de febrero de 2020

Anónimo (atribuido tradicionalmente a Salomón). Cantar de los cantares. Capítulo 2


Visita de la Reina de Saba al Rey Salomón (detalle). c1555.
Óleo sobre lienzo
Tintoretto, (Jacopo Comin). Venecia, 1518 – 1594.  
Museo Nacional del Prado, Madrid, España.

2:1 Yo soy el narciso de Sarón, el lirio de los valles.

El Amado
2:2 Como un lirio entre los cardos
es mi amada entre las jóvenes.

La Amada
2:3 Como un manzano entre los árboles silvestres,
es mi amado entre los jóvenes:
yo me senté a su sombra tan deseada
y su fruto es dulce a mi paladar.
2:4 Él me hizo entrar en la bodega
y enarboló sobre mí la insignia del Amor.
2:5 Reconfórtenme con pasteles de pasas,
reanímenme con manzanas,
porque estoy enferma de amor.

La apacible unión de los enamorados
2:
6 Su izquierda sostiene mi cabeza
y con su derecha me abraza.

El Amado
2:7 ¡Júrenme, hijas de Jerusalén,
por las gacelas y las ciervas del campo,
que no despertarán ni desvelarán a mi amor,
hasta que ella quiera!

Visita del Amado al llegar la primavera

Segundo canto

La Amada
2:
8 ¡La voz de mi amado!
Ahí viene, saltando por las montañas,
brincando por las colinas.
2:9 Mi amado es como una gacela,
como un ciervo joven.
Ahí está: se detiene
detrás de nuestro muro;
mira por la ventana,
espía por el enrejado.
2:10 Habla mi amado, y me dice:
"¡Levántate, amada mía,
y ven, hermosa mía!
2:11 Porque ya pasó el invierno,
cesaron y se fueron las lluvias.
2:12 Aparecieron las flores sobre la tierra,
llegó el tiempo de las canciones,
y se oye en nuestra tierra
el arrullo de la tórtola.
2:13 La higuera dio sus primeros frutos
y las viñas en flor exhalan su perfume.
¡Levántate, amada mía,
y ven, hermosa mía!
2:14 Paloma mía, que anidas
en las grietas de las rocas,
en lugares escarpados,
muéstrame tu rostro,
déjame oír tu voz;
porque tu voz es suave
y es hermoso tu semblante".

La oposición de los hermanos

Coro
2:
15 Cacen a los zorros,
a esos zorros pequeños
que arrasan las viñas,
¡y nuestras viñas están en flor!
Respuesta decidida de la Amada

La Amada
2:16 ¡Mi amado es para mí,
y yo soy para mi amado,
que apacienta su rebaño entre los lirios!
2:17 Antes que sople la brisa y huyan las sombras
¡vuelve, amado mío,
como una gacela,
o como un ciervo joven,
por las montañas de Beter!

Anónimo, atribuido tradicionalmente a Salomón. Libro de la Biblia y del Tanaj.