Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban
sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo,
cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo
una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso
estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se
volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra,
lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya
marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedía permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
–Decile a… –susurró el niño–. Decile a alguien, que yo estoy aquí.
Porque te tengo y no
Porque te pienso
Porque la noche está de ojos abiertos
Porque la noche pasa y digo amor
Porque has venido a recoger tu imagen
Y eres mejor que todas tus imágenes
Porque eres linda desde el pie hasta el alma
Porque eres buena desde el alma a mí
Porque te escondes dulce en el orgullo
Pequeña y dulce
Corazón coraza
Porque eres mía
Porque no eres mía
Porque te miro y muero
Y peor que muero
Si no te miro amor
Si no te miro
Porque tú siempre existes
dondequiera
Pero existes mejor donde te quiero
Porque tu boca es sangre
Y tienes frío
Tengo que amarte amor
Tengo que amarte
Aunque esta herida duela como dos
Aunque te busque y no te encuentre
Y aunque
La noche pase y yo te tenga
Y no.
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
Carlos Perot (Carlos Pelokan Rotter, Chile, 1919 - 2003)
Hay un tejido, una red luminosa que tiembla en la arena, por abajo del agua. Se ve a través del verde transparente como una temblorosa trama.
Cuando la ola rompe su espuma quedan burbujas sueltas, chiquitas sobre la piel del agua: brillan intensa, nítidamente en seguida se apagan.
Por la suave curva de las olas sobre su lento avance sobre su amplio movimiento seguro la luz resbala. Se deslizan los resplandores por los movedizos toboganes del agua.
Ruido del mar, qué golpe derramado qué entreverada voz y qué sonido tan confuso y oscuro cuando todo en derredor está tan claro.
Todos los límites firmes y recortados todo con su color tan decidido los colores tocándose uno al lado del otro, sin mezclarse.
Y parece que cada uno: limpio y liso azul, rojo tejado verdor brillante diera un sonido puro e inaudible y todos un acorde fuerte y claro. Pero el ruido del mar no se comprende, se desploma continuamente, insiste una y otra vez, con un cansancio con una voz borrosa y desgranada...
Y no se sabe qué es qué quiere o qué pide el turbio ruido oscuro cuando todo en derredor está tan claro.