Pintura y poesía

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martes, 24 de diciembre de 2019

Medardo Ángel Silva. Oración de Nochebuena.

Adoración de los pastores (1646).
Óleo sobre lienzo.
Rembrandt (1606 - 1669).
Galería Nacional, Londres, Reino Unido.

Infante-Dios: el pálido bardo meditabundo
canta el advenimiento del divino tesoro,
y, ante quien da su vida al corazón del mundo,
ofrenda su plegaria -su mirra, incienso y oro-.

No por el que celebra la gloria de tu pascua
entre rubios hervores de cálido champaña,
ni por el alma frívola, ni por la boca de ascua
en que el sofisma teje sutil hebra de araña...

Por los huérfanos niños, los de padres ignotos,
que esperan el presente real en la ventana,
y sólo nieve encuentran en sus zapatos rotos,
a la rosada luz de la nueva mañana;

por esas pobres vírgenes que consume la anemia,
víctimas inocentes de paternales vicios;
y por los melenudos hijos de la Bohemia
en quienes ha ejercido Saturno maleficios;

por la novia que espera y espera eternamente,
la cimera de Orlando, el plumón de Amadís
o la voz de Romeo, hasta que un día siente
que un fúnebre enlutado la lleva dulcemente,
en su barquilla de ébano, a un remoto país;

Por los meditabundos hijos de la Sophia,
los hermanos de Fausto, que huyendo del contacto
mundanal, se lanzaron a la tiniebla fría
del Ser y del No-Ser, y sin luz y sin guía
perdiéronse en la noche suprema de lo Abstracto;

y por los vagabundos y por los atorrantes
que jamás conocieron la familiar dulzura,
por esos ignorados y tristes comediantes
de la tragicomedia de la Malaventura.

Por el que en dolorosas horas de su vigilia
toma por salvación el puñal o el veneno
y por el trotamundos sin pan y sin familia,
que inmoló a los sentidos cuanto en él era bueno;

por esos cuyos nombres son de marca de ludibrio
-almas patibularias, lívidos criminales-,
por esos cuya marcha de atroz desequilibrio
acompañan los siete Pecados Capitales;

y por el Metafísico incansable que sufre
de un obsesor problema el torcedor eterno,
que es peor que llevar la esclavina de azufre
que Satanás ofrece al malo en el Infierno;

Señor, y, sobre todo, por el triste Poeta,
en cuyo pecho vibra la perenne armonía,
por ese mago, dueño de la virtud secreta
de hacer de sus dolores luz, sueño y melodía;

por ellos mi oración llena de mansedumbre,
por ellos mirra, incienso y oro mis cantos den...
Vuelve tus ojos puros a aquella muchedumbre
y ábreles el tesoro de tus gracias. ¡Amén!

Medardo Ángel Silva (Ecuador, 1898 - 1919).

lunes, 23 de febrero de 2015

Medardo Ángel Silva. Aniversario.

Juegos de niños
Pieter Brueghel, el Viejo.
Óleo sobre tabla de roble
Museo de Historia del Arte de Viena, Austria.

¡Hoy cumpliré veinte años: amargura sin nombre
de dejar de ser niño y empezar a ser hombre
de razonar con lógica y proceder según
los Sanchos profesores del sentido común!

¡Me son duros mis años –y apenas si son veinte– ;
ahora se envejece tan prematuramente,
se vive tan de prisa, pronto se va tan lejos,
que repentinamente nos encontramos viejos,
enfrente de las sombras, de espaldas a la aurora,
y solos con la esfinge siempre interrogadora!

¡Oh!, ¡madrugadas rosas olientes a campiñas
y a flor de virgen! –entonces estaba el alma niña–
Y el canto de la boca fluía de repente
y el reír sin motivo era cosa corriente.
 
Iba a la escuela por el más largo camino
tras dejar, soñoliento, la sábana de lino,
y la cama bien tibia, cuyo recuerdo halaga
sólo al pensarlo ahora; aquel San Luis Gonzaga
de pupilas azules y risa cabellera 
que velaba los sueños desde la cabecera.

Aunque yendo despacio al fin de la callejuela
acaba, y estábamos al frente de la escuela 
con el “Mantilla” bien oculto bajo el brazo;
y haciendo, en el umbral, mucho más lento el paso.
Y entonces era el ver la calle más bonita,
más de oro el sol y más fresca la mañanita.
 
Y después, en el aula, con qué mirada inquieta
se observaban las huellas rojas de la palmeta
sonriendo no sin cierto medroso escalofrío,
de la calva del dómine y su sueño sombrío...
Pero, ¿quién atendía a las explicaciones?...
¡Hay tanto que observar en los negros rincones!

Y, además es mejor contemplar los gorriones
en los hilos: seguir el áureo derrotero
de un rayito de sol o el girar bullanguero
de un insecto vestido de seda rubia o una
mosca de vellos de oro y alas color de luna.

¡El sol es el amigo más bueno de la infancia!
¡Nos miente tantas cosas bellas a la distancia!
¡Tiene un brillar tan lindo de onza nueva! ¡Reparte
tan bien su oro que nadie se queda sin su parte!
Y por él no atendíamos a las explicaciones;
ese brujo Aladino evocaba visiones
de las Mil y una Noches de las Mil Maravillas
y beodas de sueños, nuestras almas sencillas,
sin pensar, extendían las manos suplicantes
como quien busca a tientas puñados de diamantes.

¡Oh!, los líricos tiempos de la gorra y la blusa
y de la cabellera rebelde que rehúsa
la armonía de los peinados maternales,
cuando íbamos vestidos de ropa nueva a misa
dominical y pese a los serios rituales,
al ver al monaguillo soltábamos la risa!

¡Oh!, los juegos con novias de traje a las rodillas
los besos inocentes que se dan a hurtadillas
a la bebé amorosa de diez a doce años,
y los sedeños roces de sus rizos castaños
y las rimas primeras y las cartas primeras
que motivan insomnios y producen ojeras!
 
¡Adolescencia mía: te llevas tantas cosas
que dudo si ha de darme la juventud más rosas
y siento como nunca la tristeza sin nombre
de dejar de ser niño y empezar a ser hombre!...

¡Hoy no es la adolescencia mirada y risa franca,
sino el cansado gesto de precoz amargura
y está el alma que fuera una paloma blanca
triste de tantos sueños y de tanta lectura!

Medardo Ángel Silva (Ecuador, 1898 - 1919)