Pintura y poesía

Pintura y poesía
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jueves, 18 de enero de 2018

Lo que nadie sabe. John Jairo Junieles Acosta.

El niño y su moneda (1951)
Antonio Berni (Argentina, 1905 - 1981)
Óleo sobre tela

Mi madre aseguraba que una taza de ruibarbo
podía curarlo todo, hasta los males del amor.

Mi padre pensaba que un poco de dinero
era mejor que el ruibarbo y el amor
(además, podía comprar mucho más que eso).

Cuando yo tenía fiebre o estaba triste
ella me daba ruibarbo.
Mi padre me dejaba algunas monedas.

Cuando ella murió él se metió en su cuarto,
apagó la luz y sentí que lloraba bajito.
Jamás lo había visto hacer esas cosas
y el aire empezó a faltarme.

Toqué la puerta y cuando me abrió
dejé en su mano una moneda.

John Jairo Junieles Acosta (Colombia, 1970).

lunes, 15 de enero de 2018

Una pecosa ella. Luis Alberto Mallarino Beleño.

Retrato de Irene Cahen de Anvers (1880)
Pierre-Auguste Renoir (Francia, 1841 - 1919)
Óleo sobre lienzo
Fundación de la colección E.G. Bührle, Zúrich, Suiza.

Una sola vez me enamoré a primera vista
                                         —era pecosa—
quiero decir
que tenía constelaciones en la piel
que batía espuma de mar sobre sus hombros
que en su espalda
a cada rato
eran las ocho de la noche
y en sus senos
era siempre
víspera de primavera
(ya exagero)
la verdad es que nunca vi sus senos
no existían aún
no habían nacido
éramos niños
inocentes como zapatos rotos al pie de una flor
—ella también se enamoró—

nos citamos a las cuatro
en una banca azul de un parque entristecido
y todavía
no sé por qué
llegué con diez minutos de retraso
(ya no estaba)
«pero estuvo» dijo el señor del helado
«una pecosa ella
de ojos claros»
y había rastros en la banca
restos de piedra lunar
espuma
la cola de un cometa
escarcha roja
«se fue por ese lado»
(un cono de fresa me señaló el camino)

la seguí durante horas
y primero me encontró la noche
éramos niños
inocentes
como hormigas con trocitos de cartón

la encontré por fin
con una guerra de mil días en la mirada
y me mintió como mienten las mujeres grandes
«yo no pude ir» me dijo
y yo no quise avergonzarla
y no le dije nada
no le dije a nadie nunca nada
ni la vi más nunca

pero hoy
una pecosa de ojos claros
me dice —implacable— que
desde hace diez minutos
las puertas del avión están cerradas
que he perdido el vuelo
que con gusto
me anuncia la penalidad
el nuevo itinerario
y no le digo nada

solo atino a recordar
aquella puerta secreta
cerrada en la penumbra

aquel primer vuelo
perdido para siempre
veinte años atrás


Luis Alberto Mallarino Beleño (Colombia, 1986). 

sábado, 4 de noviembre de 2017

Carlos Castro Saavedra. Callémonos un rato.

Pueblito paisa
Gabriel Nieto Nieto (Ibagué, Colombia, 1960)
Óleo sobre lienzo
Pintura primitivista colombiana

Hemos hablado mucho, compatriotas,
¿porqué no nos callamos
para que la palabra se maduren
en medio del silencio
y se vuelvan arroz,
cajas de pino, escobas,
duraznos y manteles?

Hacemos mucho ruido
y repetimos la palabra muerte
hasta que la matamos.
Decimos mucho corazón
y gastamos el fruto más hermoso del pecho.
Lo que importa es el río,
no su nombre.

Lo que interesa es pan
y no discursos
sobre las propiedades de la harina.
El mar es bello porque es mar
y no porque lo cantan los poetas,
y existirían piñas
aunque no se llamaran como llaman.

Bajo la tierra crece la semilla
porque el surco no habla
ni le pone adjetivos a la espiga.
Un hombre que se calla largamente
se convierte en camino,
y si guarda silencio su mujer
puede volverse viaje.

Callémonos un rato,
al menos para ver qué le sucede
a la palabra uva.
Es posible que crezca y se derrame
hasta llenar el mundo de dulzura
y cascadas de vino.

Carlos Castro Saavedra (Colombia, 1924 – 1989).

domingo, 10 de septiembre de 2017

Carlos Castro Saavedra. Camino de la patria.

Bailando en Colombia (1980)
Fernando Botero
Óleo sobre lienzo
Museo Metropolitano de Arte (Met), Nueva York, Estados Unidos. 

Cuando se pueda andar por las aldeas
y los pueblos sin ángel de la guarda.

Cuando sean más claros los caminos
y brillen más las vidas que las armas.

Cuando los tejedores de sudarios
oigan llorar a Dios entre sus almas.

Cuando en el trigo nazcan amapolas
y nadie diga que la tierra sangra.

Cuando la sombra que hacen las banderas
sea una sombra honesta y no una charca.

Cuando la libertad entre a las casas
con el pan diario, con hermosa carta.

Cuando la espada que usa la justicia
aunque desnuda se conserve casta.

Cuando reyes y siervos junto al fuego,
fuego sean de amor y de esperanza.

Cuando el vino excesivo se derrame
y entre las copas viudas se reparta.

Cuando el pueblo se encuentre y con sus manos
teja él mismo sus sueños y su manta.

Cuando de noche grupos de fusiles
no despierten al hijo con su habla.

Cuando al mirar la madre no se sienta
dolor en la mirada y en el alma.

Cuando en lugar de sangre en el campo
corran caballos, flores sobre el agua.

Cuando la paz recobre su paloma
y acudan los vecinos a mirarla.

Cuando el amor sacuda las cadenas
y le nazcan dos alas en la espalda.

Sólo en aquella hora
podrá el hombre decir que tiene patria.

Carlos Castro Saavedra (Colombia, 1924 – 1989).

viernes, 11 de agosto de 2017

Carlos Castro Saavedra. Amistad.

La amistad (1908)
Pablo Picasso (España, 1881 - 1973)
Óleo sobre lienzo
Museo del Hermitage, San Petersburgo, Federación Rusa.

Amistad es lo mismo que una mano
que en otra mano apoya su fatiga
y siente que el cansancio se mitiga
y el camino se vuelve más humano.

El amigo sincero es el hermano
claro y elemental como la espiga,
como el pan, como el sol, como la hormiga
que confunde la miel con el verano.

Grande riqueza, dulce compañía
es la del ser que llega con el día
y aclara nuestras noches interiores.

Fuente de convivencia, de ternura,
es la amistad que crece y se madura
en medio de alegrías y dolores.


Carlos Castro Saavedra (Colombia, 1924 – 1989).

martes, 25 de julio de 2017

Carlos Castro Saavedra. El mundo por dentro.

Conservación de la biosfera
Sivia Arellano
Arte naif primitivista
Solentiname, Nicaragua.

Siento correr los ríos por mis venas
y crecer las estrellas en mi frente.
Siento que soy el mundo y que la gente,
habita mis pulmones y colmenas.

De flores tengo las entrañas llenas
y de peces la sangre, la corriente
que caudalosa y permanentemente
inunda mis canciones y mis penas.

Llevo por dentro el fuego que por fuera
dora los panes, seca la madera
y produce el incendio del verano.

Las aves hacen nidos en mi pelo,
crece hierba en mi piel, como en el suelo,
y galopan caballos en mi mano.

Carlos Castro Saavedra (Colombia, 1924 – 1989). 

jueves, 8 de diciembre de 2016

José Asunción Silva. Nocturno III.

Sombra y oscuridad. El atardecer del diluvio. (1843)
Joseph Mallord William Turner (Reino Unido, 1775 - 1851)
Óleo sobre lienzo
Galería Nacional de Arte (Tate), Londres, Reino Unido.

Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas, Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lángida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!


Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada…

Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!…

José Asunción Silva (Colombia, 1865 – 1896). 

sábado, 19 de noviembre de 2016

Darío Jaramillo Agudelo. Lady Sings the Blues.

Blue Moon (díptico, 1986)
Alejo Lopomo (Alejandro Kurt Dreckmann Lopomo, Chile/España)
Acrílico sobre lienzo
www.alejolopomo.blogspot.com

                                                                            Who's prepare to pay the
                                                                       price  for a trip to paradise?
                                                                       Billie Holiday, Love for sale


Gorrión triste que anida entre el piano y el humo, esta garganta
      inventa la sustancia más oscura de la noche.
Revelación de lo que existe detrás de la ingrávida tiniebla de
      los predestinados,
carne inútil e intensa como este canto de embriaguez,
lámpara votiva de las alucinaciones, luna sembrada de alcohol,
muchacha que flota, muchacha que vuela, alambre vivo,
ella nombra el sustrato profundo de los cuerpos,
aguja que teje un sol líquido a la sangre,
oh baby,
quiero dormir.

Darío Jaramillo Agudelo (Colombia, 1947). 

jueves, 17 de noviembre de 2016

Santiago Espinosa. Distante cercanía.

Indios con cacomixtle (Padre e hijos) (1832)
Alfredo Ramos Martínez (México, 1871 - 1946)
Temple, crayón conté y carbón sobre papel
Colección privada

Distante cercanía

Te veo de frente
padre,
sentado en el bar de los sesenta,
y busco tus pasos rectos
en las huellas de la nieve.
Las nuevas de un joven
que hablaba del progreso
-Whisky, algo de soda-,
y leía las revistas de vanguardia.
Era tu nariz el trazo de la mía:
no había porque temerle a la sangre
cuando la sangre corre.

Entrabas a la casa, lejano.
Hacías sonar las puertas con tu andar tortuoso.
Sabíamos, padre, que algo tenías de perseguido
que a tu espalda la curvaban
los múltiples adioses.
Entrabas, con tu bastón de roble,
y en los pasillos
por el biombo chinesco
un suave olor de eucalipto impregnaba la casa.
Allí aprendimos que hay parte de daño,
parte de asceta
tras el digno silencio de los árboles.

Acreedores. Bancos. Tipos de sombra adusta.
Pero siempre hubo tiempo para entrar al cuarto,
a oscuras,
y dejar un billete doloroso
en la mesa de noche.
Hubo para comprar los discos
-un rincón para no huir más-
lejos del ruido y los escombros.

Y así, mirándote sin verte.
Sabiendo de ti por la música
que lenta
llegaba del estudio, respirándote,
nos enteramos de un mundo
que era menos cansado.
Pues era la historia un hacer fila, ¿recuerdas?
y no este fatigar entre difuntos.

Ahora, a la distancia, hojeo los libros
de segunda mano. Durrell, Stendahl,
y tus subrayados a tres tintas.
Así supe de tu amor por el paisaje,
que te gustaba el erotismo
sin ninguna culpa. Que aquello que te rondaba
era también un cuerpo.

Y el libro abierto, rumoreando a solas.
Cruzan tus sueños a caballo
dejando en los rincones de la casa
algo de niebla,
algo de los aplausos que ellos, tus amigos,
te supieron aplazar. 

Padre, no era esta tierra de cálculo
un lugar para ti, y quizás no era para nadie.
Mas nunca olvidaste al niño de los campos,
eras uno con la noche
cabalgando en Santander.
Te negaste a desmontar las bestias
cuando tus piernas lo quisieron.

No hubo muchos abrazos. Sólo una distante cercanía.
Pero decirte que el café sigue humeante en la cocina,
como la hoguera que un ángel prolonga
y las vidas alimentan.
Que tus nudillos rotundos
siguen golpeando a mi puerta,
con un pocillo, la sonrisa de siempre,
y apagas cada una de las luces.
Tu, padre, y el verde olor del accidente,
sus calmantes de eucalipto. 

Decirte que era duro.
Que tus caídas nos dolían hasta los huesos
pero había que mantener la dureza.
Envidio tus ejemplos de silencio.
La odiosa calma que no heredé.

No hubo muchos abrazos. Tampoco tragos compartidos.
Y sin embargo, lo sé,
habremos de asomarnos a la misma música
mientras se hilvana la vida en paralelo.
¿No oyes los barcos, su aviso en los parlantes?
¿El amplio mar y los pájaros que vuelan al reencuentro?
Tu con tus planos, la placas tectónicas. Yo y mis cuadernos,
pero oigámosla, padre, una vez más,
antes de que una tierra sin palabras, menos geológica,
blandamente nos reúna.


Santiago Espinosa (Colombia, 1985).