Pintura y poesía

Pintura y poesía

viernes, 17 de febrero de 2017

Leopoldo Lugones. Las horas doradas.

                                   Primavera                    Verano                          Otoño                       Invierno
1896
Alfons Mucha (Checo, 1860 - 1939)
Óleo sobre panel
Colección privada

Cuatro bellezas tiene el año,
Cuatro bellezas como tú,
Que me enumera el bonzo extraño
Con su puntero de bambú.

Es la primera, al desperezo
De un amor todavía leve,
La temprana flor del cerezo
Que se mezcla a la última nieve.

La segunda es el sol del estío,
Que en el kaki de fuego y miel,
Pinta al amante desvarío
La mordedura dulce y cruel.

Cuando el amor se acendra en lloro
Y el otoño agobia la rama,
La tercera es la luna de oro
Sobre el lejano Fuziyama.

Y la belleza del invierno
Es el frío, el frío sutil
Que refugia en mi pecho tierno
Tus lentas manos de marfil.

Mas se equivoca el bonzo extraño
Con su doctrina y su bambú.
Cuatro bellezas tiene el año,
Pero ninguna como tú.



Leopoldo Lugones (Argentina, 1874 – 1938)

jueves, 16 de febrero de 2017

Roberto Bolaño. El mono exterior.

El triunfo de Alejandro Magno (entre 1875 y 1890)
Gustave Moreau (Francia, 1826 - 1898)
Óleo sobre lienzo
Museo Nacional Gustave Moreau, París, Francia.

¿Te acuerdas del Triunfo de Alejandro Magno, de Gustave Moreau?
La belleza y el terror, el instante de cristal en que se corta
la respiración. Pero tú no te detuviste bajo esa cúpula
en penumbras, bajo esa cúpula iluminada por los feroces
rayos de armonía. Ni se te cortó la respiración.
Caminaste como un mono infatigable entre los dioses
pues sabías -o tal vez no- que el Triunfo desplegaba
sus armas bajo la caverna de Platón: imágenes,
sombras sin sustancia, soberanía del vacío. Tú querías
alcanzar el árbol y el pájaro, los restos
de una pobre fiesta al aire libre, la tierra yerma
regada con sangre, el escenario del crimen donde pacen
las estatuas de los fotógrafos y de los policías, y la pugnaz  vida
a la intemperie. ¡Ah, la pugnaz vida a la intemperie!

Roberto Bolaño (Chile, 1953 - 2003). 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Rafael Alberti. Ven.

El río Aniene en Subiaco (fines de la década de 1820)
André Giroux (Francia, 1801 - 1879)
Óleo sobre papel
Museo Metropolitano de Arte, Nueva York, Estados Unidos.

Ven, mi amor, en la tarde de Aniene
y siéntate conmigo a ver el viento.
Aunque no estés, mi solo pensamiento
es ver contigo el viento que va y viene.

Tú no te vas, porque mi amor te tiene.
Yo no me iré, pues junto a ti me siento
más vida de mi sangre, más tu aliento,
más luz del corazón que me sostiene.

Tú no te irás, mi amor, aunque lo quieras.
Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,
aún yéndote, mi amor, jamás te irías.


Es tuya mi canción, en ella estoy.
Y en ese viento que va y viene voy,
y en ese viento siempre me verías.

Rafael Alberti (España, 1902 – 1999). 

martes, 14 de febrero de 2017

Rafael Alberti. Ven. Ven. Así. Te beso...

Unidad (1975)
Eduardo Kingman (Ecuador, 1913 - 1997)
Óleo sobre lienzo
Posada de las Artes Kingman, Quito, Ecuador.

Ven. Ven. Así. Te beso. Te arranco. Te arrebato. Te compruebo en lo oscuro, ardiente oscuridad, abierta, negra, oculta derramada golondrina, oh tan azul, de negra, palpitante. Oh así, así, ansiados, blandos labios undosos, piel de rosa o corales delicados, tan finos. Así, así, absorbidos, más y más, succionados. Así, por todo el tiempo. Muy de allá, de lo hondo, dulces ungüentos desprendidos, amados, bebidos con frenesí, amor hasta desesperados. Mi único, mi solo, solitario alimento, mi húmedo, lloviznado en mi boca, resbalado en mi ser. Amor. Mi amor. Ay, ay. Me dueles. Me lastimas. Ráspame, límame, jadéame tú a mí, comienza y recomienza, con dientes y garganta, muriendo, agonizando, nuevamente volviendo, falleciendo otra vez, así por siempre, para siempre, en lo oscuro, 
quemante oscuridad, uncida noche, amor, sin morir y muriendo, amor, amor, amor, eternamente.

Rafael Alberti (España, 1902 – 1999). 

lunes, 13 de febrero de 2017

Vicente Aleixandre. Triunfo del amor.

Papilla estelar
María de los Remedios Varo y Uranga (España/México, 1908 - 1963)
Óleo sobre masonita
Museo Soumaya, Plaza Carse, Ciudad de México, México.

Brilla la luna entre el viento de otoño,
en el cielo luciendo como un dolor largamente sufrido.
Pero no será, no, el poeta quien diga
los móviles ocultos, indescifrable signo
de un cielo líquido de ardiente fuego que anegara 
                                                                     las almas,
si las almas supieran su destino en la tierra.

La luna como una mano,
reparte con la injusticia que la belleza usa,
sus dones sobre el mundo.
Miro unos rostros pálidos.
Miro rostros amados.
No seré yo quien bese ese dolor que en cada rostro asoma.
Sólo la luna puede cerrar, besando,
unos párpados dulces fatigados de vida.
Unos labios lucientes, labios de luna pálida,
labios hermanos para los tristes hombres,
son un signo de amor en la vida vacía,
son el cóncavo espacio donde el hombre respira
mientras vuela en la tierra ciegamente girando.
El signo del amor, a veces en los rostros queridos
es sólo la blancura brillante,
la rasgada blancura de unos dientes riendo.
Entonces sí que arriba palidece la luna,
los luceros se extinguen
y hay un eco lejano, resplandor en oriente,
vago clamor de soles por irrumpir pugnando.
¡Qué dicha alegre entonces cuando la risa fulge!
Cuando un cuerpo adorado;
erguido en su desnudo, brilla como la piedra,
como la dura piedra que los besos encienden.
Mirad la boca. Arriba relámpagos diurnos
cruzan un rostro bello, un cielo en que los ojos
no son sombra, pestañas, rumorosos engaños,
sino brisa de un aire que recorre mi cuerpo
como un eco de juncos espigados cantando
contra las aguas vivas, azuladas de besos.

El puro corazón adorado, la verdad de la vida,
la certeza presente de un amor irradiante,
su luz sobre los ríos, su desnudo mojado,
todo vive, pervive, sobrevive y asciende
como un ascua luciente de deseo en los cielos.

Es sólo ya el desnudo. Es la risa en los dientes.
Es la luz o su gema fulgurante: los labios.
Es el agua que besa unos pies adorados,
como un misterio oculto a la noche vencida.

¡Ah maravilla lúcida de estrechar en los brazos
un desnudo fragante, ceñido de los bosques!
¡Ah soledad del mundo bajo los pies girando,
ciegamente buscando su destino de besos!
Yo sé quien ama y vive, quien muere y gira y vuela.
Sé que lunas se extinguen, renacen, viven, lloran.
Sé que dos cuerpos aman, dos almas se confunden.



Vicente Aleixandre (España, 1898 – 1984). 

domingo, 12 de febrero de 2017

Duo Duo 多多. Puerta de arena blanca.

El fin del mundo (2006)
Gao Xingjian (China, 1940)
Tinta sobre tela
Colección Gao Xingjian


Mesas de billar frente a las estatuas deformes, nadie—
Enormes redes de pescar en los muros quebrados, nadie—
Bicicletas sostenidas a los pilares con cadenas, nadie—
Tres ángulos rotos en los pilares de ángeles, nadie—
El océano de agua asfáltica pronto anegará, nadie—
Un caballo nada más queda en la playa, nadie—

Tú te quedas ahí, te vuelves uno más, nadie—
Nadie tomaría lo que contempla como su hogar—

Duo Duo 多多 (China, 1951). 

jueves, 9 de febrero de 2017

Octavio Paz. Tus ojos.

Amapola de maíz (1919)
Kees Van Dongen (1877 - 1968)
Óleo sobre lienzo
Museo de Bellas Artes de Houston, Houston, Texas, Estados Unidos.

Tus ojos son la patria
del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento,
mar sin olas, pájaros presos,
doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque
en donde la luz canta en el hombro
de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana
encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo,
puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea, páramo.

Octavio Paz (México, 1914 - 1998)

miércoles, 8 de febrero de 2017

Vicente Huidobro. 1914.

El saliente de Ypres en la noche (1918)
Paul Nash (1889 - 1946)
Óleo sobre lienzo
Museo Imperial de la Guerra, Londres, Reino Unido.

Nubes sobre el surtidor del verano
        De noche
                          Todas las torres de Europa se hablan en secreto

De pronto un ojo se abre
El cuerno de la luna grita

Halalí                                                                   Halalí

Las torres son clarines colgados

AGOSTO DE 1914
                                                Es la vendimia de las fronteras

Tras el horizonte algo ocurre
                               En la horca de la aurora son colgadas todas las ciudades
                               Las ciudades que humean como pipas

Halalí                                                                                                                     

Halalí

Pero ésta no es una canción

                                                   Los hombres se alejan


Traducción de José Zañartu

De Halalí1918

Vicente Huidobro (Chile, 1893 - 1948).

lunes, 6 de febrero de 2017

Charles Bukowski . El hombre de los bellos ojos.

N° 1 de la serie Espejos del Alma
Patricia Eugenia Vesga Sandoval (PAVES)
Óleo sobre lienzo
Colombia
pavespintura.blogspot.com

cuando éramos chicos
había una extraña casa
todas las cortinas estaban
siempre
bajas
y nunca oíamos voces
adentro
y el patio estaba lleno de cañas
y nos gustaba jugar en las cañas
a que éramos Tarzán
(aunque sin ninguna jane)
y había un estanque de peces
grande
lleno de los peces
más gordos que hubiéramos visto
y eran mansos
venían a la superficie del
aguay agarraban pedacitos
de pan
de nuestras manos.
nuestros padres nos habían
dicho:
¨no se acerquen a esa casa¨
así que, por supuesto,
lo hacíamos.

nos preguntábamos si alguien
vivía ahí.
las semanas pasaban y nunca
veíamos a nadie.

pero un día
escuchamos una voz
desde la casa
¨¡PUTA DE MIERDA!¨

era la voz de
un hombre.

entonces la puerta
de la cocina
se abrió de golpe
y un hombre salió.

tenía una botella de whisky
en la mano derecha
y más o menos 30 años.
un cigarrillo
colgaba
de su boca
y necesitaba afeitarse.
su pelo estaba
salvajemente revuelto
y andaba descalzo
en camiseta y pantalones.
pero sus ojos
eran
brillantes.
encandilaban
con su brillo
y nos dijo,
¨hey, caballeritos,
espero que están
pasando un buen rato¨.

entonces se rió
y volvió a la casa.

nosotros nos fuimos
de vuelta al patio de mis padres
y pensamos sobre eso.

nuestros padres,
decidimos,
nos querían alejar de ahí
porque no querían
que vieramos a un hombre
como ése, un hombre
fuerte y natural
con
bellos ojos.

nuestros padres
estaban avergonzados
porque ellos
no eran como ese hombre,
por eso nos querían
alejar de allí.
pero volvimos
a aquella casa
y a las cañas
y a los mansos peces.
volvimos muchas tardes
durante muchas
semanas
pero nunca
vimos
ni oímos
al hombre de nuevo.
las cortinas estaban
bajas
como siempre
y todo estaba quieto.

entonces un día
mientras volvíamos de la escuela
vimos la casa.

se había incendiado,
no quedaba nada,
solo unos cimientos negros
chamuscados y retorcidos
y fuimos al estanque
y no había agua
y los peces gordos y naranjas
estaban muertos ahí,
secándose.

volvimos al patio de mis padres
y hablamos sobre
eso.
y decidimos que
nuestros padres habían
quemado la casa,
y habían matado
a los peces
porque todo
era tan bello,
incluso el bosque
de cañas habían
quemado.
habían tenido miedo
del hombre
de los ojos
bellos.

y nosotros tuvimos miedo entonces
de que a lo largo de nuestras
vidas
cosas como ésa
sucedieran,
que nadie quisiera
que otro sea
fuerte
y bello,
que nunca lo permitirían,
y que
mucha gente
tendría
que morir.

Charles Bukowski (Estados Unidos, 1820 – 1994). 

domingo, 5 de febrero de 2017

Violeta Parra. Maldigo del alto cielo.

El Juicio Final (1964 - 1965)
Violeta Parra
Óleo sobre madera prensada.
Museo Violeta Parra, Santiago, Chile.

Maldigo del alto cielo
la estrella con sus reflejos.
Maldigo los azulejos
destellos del arroyuelo.
Maldigo del bajo suelo
la piedra con sus contornos.
Maldigo el fuego del horno,
porque mi alma está de luto.
Maldigo los estatutos
del tiempo con su bochorno.

¡Cuánto será mi dolor!

Maldigo la Cordillera
de los Andes y de la Costa.
Maldigo, Señor, la angosta
y larga faja de tierra,
también la paz y la guerra,
lo franco y lo veleidoso.
Maldigo lo perfumoso,
porque mi anhelo está muerto.
Maldigo todo lo cierto
y lo falso con lo dudoso.

¡Cuánto será mi dolor!

Maldigo la primavera
con sus jardines en flor,
y del otoño el color
yo lo maldigo de veras.
A la nube pasajera
la maldigo tanto y tanto,
porque me asiste un quebranto.
Maldigo el invierno entero
con el verano embustero.
Maldigo profano y santo.

¡Cuánto será mi dolor!

Maldigo la solitaria
figura de la bandera.
Maldigo cualquier emblema,
la venus y la araucaria,
el trino de la canaria,
el cosmos y sus planetas,
la Tierra y todas sus grietas,
porque me aqueja un pesar.
Maldigo del ancho mar
sus puertos y sus caletas.

¡Cuánto será mi dolor!

Maldigo luna y paisaje,
los valles y los desiertos.
Maldigo muerto por muerto
y el vivo de rey a paje.
El ave con su plumaje
yo la maldigo a porfía,
las aulas, las sacristías,
porque me aflige un dolor.
Maldigo el vocablo «amor»
con toda su porquería.

¡Cuánto será mi dolor!

Maldigo por fin lo blanco,
lo negro con lo amarillo;
obispos y monaguillos,
ministros y predicandos
yo los maldigo llorando.
Lo libre y lo prisionero,
lo dulce, lo pendenciero,
le pongo mi maldición
en griego y en español,
por culpa de un traicionero.



Violeta Parra (Chile, 1917 – 1967). 



sábado, 4 de febrero de 2017

José Saramago. Estudio de desnudo,

Una belleza oriental (1888)
Albert Aublet (Francia, 19881 - 1938)
Óleo sobre tela, colección privada

Esa línea que nace de tus hombros, 
Que se prolonga en brazos, después mano, 
Esos círculos tangentes, geminados, 
Cuyo centro en cono se resuelve, 
Agudamente erguidos hacia los labios 
Que ansiosos de los tuyos se desprenden. 

Esas dos parábolas que te encierran 
En el quebrar ondulado de cintura, 
Las calipigias cicloides superpuestas 
Al trazo de las columnas invertidas: 
Tibios muslos de líneas envolventes, 
Torneada espiral que no se extingue. 

Esa curva tan suave que dibuja 
Sobre tu vientre un arco reposado, 
Ese triángulo oscuro que fulgura, 
Camino y sello de la puerta de tu cuerpo, 
Donde el estudio que de desnudo hago 
Se transforma en cuadro terminado.


José Saramago (Portugal, 1022 - 2010)

viernes, 3 de febrero de 2017

Félix Lope de Vega. Qué tengo yo que mi amistad procuras.

 
Oración en el Huerto (1562)
Tiziano (Italia, 1477/90 - 1576)
Óleo sobre lienzo
Museo del Prado, Madrid, España.


¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:
«Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

Félix Lope de Vega (España, 1562 – 1636)

jueves, 2 de febrero de 2017

Luis Palés Matos. Neurosis.

Félix Cordero
Amantes
Puerto Rico

Yo no sé si soy sonámbulo o neurótico;
siento lagos en el alma, y no son míos…
El ambiente me sofoca, como a exótico
en un pueblo enteramente de judíos.

Vivo en mí y no comprendo; hormigueos
van abriendo filtraciones de erotismo
en mi pecho, y un enjambre de deseos
mancha cisne de mi estricto misticismo.

Poco a poco de mi juicio van comiendo
y un volcán de efervescencia promoviendo
al tocar de mis recuerdos el tropel;

que se agitan como cuervos plutonianos,
como duendes, como brujas, como enanos
del imperio revoltoso de Luzbel.

Luis Palés Matos (Puerto Rico, 1898 – 1959)

miércoles, 1 de febrero de 2017

Hernán Lavín Cerda. Concierto para vírgenes (Segundo movimiento de Concierto para dos cuerdas).

Las cítaras
Raúl Soldi (Argentina, 1905 - 1994)
Óleo sobre masera prensada

Con púas de concha se toca la cítara,
sólo con púas en triángulo se la toca más allá de las cuerdas
para que cante como las vírgenes de la Antigüedad, aquellas vírgenes
de la primavera con fragancia de cielo,
aquel cielo casi líquido, las vírgenes más hermosas.

Bienaventuradas sean las púas
del pulso vital, del impulso carnal más allá de las cuerdas
donde la cítara se estremece tocándose
y tocándonos, casi loca en su pulsación, aunque sutil y súbita
en la más frágil de las corduras, la cordura más antigua,
la tembladera en la encordadura
que vibra desde el abismo como las lenguas de una serpiente.

Bienaventurada sea la magnífica
bajo el desliz pulsátil de las púas de concha
que han hecho de la cítara una música de arcángeles
en lo profundo de aquel cielo casi líquido, no habrá staccato,
lo celestial se ha vuelto sutileza, magnífico sea el impulso
en el mediodía del Génesis y en la medianoche del Apocalipsis.

De otro modo no hay música, maestro, no habrá música
si la púa mayor desaparece
y al fin es afonía como la lengua
de la más vieja cítara, ese animal sordomudo
entre las lenguas de la serpiente más ambigua.

Con púas de concha, sólo con púas en triángulo
se la toca más allá de la muerte, lejos,
más allá de la resurrección en la cuerdas
para que finalmente cante como las vírgenes.

De otro modo no hay música, maestro, no habrá música
y la cítara será un arcángel extraviándose más allá del mundo,
será una música inaudible para siempre, lejos
de todo, del pulso, sutil y súbita, del impulso, inaudible y lejana.

Música de cítara, el infinito está lleno de ojos,
música de ambigüedad y de cordura,
cada virgen con el soplo de su música, la cítara
tiembla una vez más, cada virgen con su música.


Hernán Lavín Cerda (Chile, 1939). 

Saki (Hector Hugh Munro). La ventana abierta. Cuento de febrero, 2017.

Lilas en la ventana abierta (1886)
Valentin Alexandrowitsch Serow (Rusia, 1865 – 1911)
Óleo sobre lienzo
Museo Nacional de Arte de Bielorrusia, Minsk, Bielorrusia.

-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.
-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.
-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.
-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.
Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.
-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.
-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.
-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.
-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.
-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.
-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?
-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.
-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre “¿Bertie, por qué saltas?”, porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana…
La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.
-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.
-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.
-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva… pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.
-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.
En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: “¿Dime, Bertie, por qué saltas?”
Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.
-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
La fantasía sin previo aviso era su especialidad.

Saki, Hector Hugh Munro (Reino Unido, 1870 – 1916)