Pintura y poesía

Pintura y poesía

lunes, 26 de septiembre de 2016

Attila József. Corazón puro.

Monumento a Attila József a orillas del Danubio, junto al parlamento 
Budapest, Hungría.

No tengo ni padre ni madre,
no tengo ni patria ni Dios,
no tengo ni cuna ni sudario,
no tengo ni sombra de amor.

Hace tres días que no como
siquiera un pedazo de pan.
El poder de mis veinte años
se lo venderé al mejor postor.

Y si nadie quiere comprármelo
al diablo se lo ofreceré.
Robaré, puro el corazón,
y, si es preciso, mataré.

Seré atrapado y luego ahorcado.
La santa tierra me cubrirá
y la fatal hierba crecerá
desde mi hermoso y puro corazón.

Versión de Fayad Jamís con modificaciones parciales de Lucas Sarasibar, a partir de la traducción directa del magyar al inglés de John Bátki.

Fuente: Sarasibar, Lucas. Poesía húngara del siglo XX, especial de Enfocarte.com, en: http://www.enfocarte.com/2.13/especial.html

Attila József (Hungría, 1905 – 1937)

domingo, 25 de septiembre de 2016

Marta Alberca. Paula.

Madre e hija (detalle de Las tres edades de una mujer, 1905)
Gustav Klimt (Austria, 1862 - 1918)
Óleo sobre tela
Museo Nacional de Arte Moderno, Roma, Italia.


Tu infancia es un regalo
que descubro cada día renovado.
Con pequeñas cintas de colores
envuelves diferente mi temida rutina:
obligado es ser feliz
cuando nada se parece a ayer
cuando tu intocado mundo
deleita los pocos momentos que tengo para contemplarte.

Haces hermosa la palabra inevitable,
pues inevitablemente me sorprendes con la aurora.
Corazón,
 pequeña rodeada de brazos,
despliego esas alas que tengo partidas,
y protejo tu hogar y tu lecho,
mientras garabateas tus vivencias,
en mi álbum del alma.

Pero te alejarás con pasos de hada,
sin ruido te adentrarás en el lejos,
antes de que despierte de mi sueño
y no me necesites en tu abrazo.


Marta Alberca (España, 1967).

sábado, 24 de septiembre de 2016

Darío Jaramillo Agudelo. Nocturno.

Puesta de sol en Etretat (1883)
Claude Monet (Francia, 1840 - 1926)
Óleo sobre lienzo
Museo de Bellas Artes de Nancy, Meurthe y Mosela, Lorena, Francia.

Naufraga el sol, entre colores se hunde llevándose el contorno preciso de las cosas,
se corren las cortinas de este cuento.
El azul era azul y es ahora negro.
Detrás de la pared negra de la noche queda el día: a veces, la grieta que abre un rayo 
                                                                deja ver la luz de tres de la tarde en la trastienda.
Pero ahora es la noche, dama negra, luna blanca, hora del sortilegio y del asalto, 
                                                                                 del dulce sueño, del huevo o la gallina.
Se dice que la noche habita en el fondo de los mares. La noche es líquida. 
La noche es humedad, aguacero que se desata entre relámpagos, nubes ciegas 
                                                                                                                    que chocan en la oscuridad,
es pantano arrastrado por tinieblas,
la noche son los ríos depositando limo en los océanos,
la noche es humedad, sudor de cuerpos, saliva de lujuria, semen, savia reciclando oxígeno.

Darío Jaramillo Agudelo (Colombia, 1947). 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Diego Maquieira Astaburuaga. Rapto de la Catedral de Cuzco.

Máxima velocidad de la Madonna de Rafael (1954)
Salvador Dalí (España, 1904 - 1989)
Óleo sobre lienzo
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España.

I

Veníamos en nuestros Harrier desblindados
en descenso vertical continuo
volando parados de frente
desde donde las cavernas del firmamento
absorbían corrientes curvas
de otras mentes más desapercibidas.
Veníamos a llevarnos la catedral del Cuzco
a alta mar la mansión de Dios subida arriba
de nuestro portaviones El Caravaggio.
Cuarenta anclas con cadenas de espesor
comenzaron a arrastrar la catedral
mientras levantábamos con los Harrier
por ocho costados desde los cimientos
para que pesara como un Lipchitz.
Y mientras la sacábamos del Cuzco a remolque
íbamos dejando un cráter de ancho rastro
que cabía una doble fila de ríos jordanes
hasta que metimos la catedral al mar
rodeada de boyas
y ayudados por esclusas contra mareas
la subimos a cubierta para zarpar.
Y por durante la mañana de anoche
con la catedral ya arriba de El Caravaggio
y con el mar soltando las amarras
entramos los Harrier a la nave central
y los hacíamos volar por dentro
y pasearse en el aire y como muy educados
haciéndoles visitas a los santos.


II

Ya allá desplazándonos de mar a mar
después de haber volado al filo del infinito
y desde sobre el espacio exterior
donde quedaba el cielo invisible
y de mil meses de andar solados
surcando el cautiverio de los astros
y aunque no sabíamos los que hacíamos
de nuevo dimos a fraguar la eucaristía
de subir a nuestros desasosegantes Harrier
con sensores de guía afinada y refuerzos
y llevar al fin la catedral a la desconocida
volando a muy altas descargas de iridio
y ahí sujetándola en medio de las estrellas
ver salir a Dios de sus confines
mientras metidos en la quilla de El Caravaggio
vivíamos el amor con agravantes
y hacíamos olas que se levantaban
del mar como espaldas de hombres salvajes
sacudiéndoles la vida.

Diego Maquieira Astaburuaga (Chile, 1951). 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Pedro Antonio González. XXIX (de Asteroides).

Los jugadores de cartas (1894 - 1895)
Paul Cézanne (1839 - 1906)
Óleo sobre lienzo
Museo de Orsay, París, Francia.

Apoyo la cabeza en mi antebrazo
y de homérico júbilo me inundo.
Veo, al fin, en las heces de mi vaso
como un náufrago ruin flotar el mundo

¡El mundo es ya un cadáver! Él se escombra
dejando el rastro funeral del miasma.
No es ya más que el sarcasmo de una sombra,
no es ya más que la sombra de un fantasma.


¡El mundo es ya un cadáver! Puesto, entonces,
que yo no cupe en él, ni él en mi cupo,
y él siempre a traición me hundió sus bronces,
¡Justo es que yo lo escupa, y yo lo escupo!

Pedro Antonio González (Chile, 1863 – 1903). 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Pablo Neruda. Con Quevedo, en primavera.

Primavera (1922)
Fray Guillermo Blutler (Argentina, 1880 - 1961)
Temple sobre cartón
Museo Municipal de Bellas Artes Juan Butler Castagnino, Rosario, Santa Fe, Argentina.

Todo ha florecido en 
estos campos, manzanos, 
azules titubeantes, malezas amarillas, 
y entre la hierba verde viven las amapolas. 
El cielo inextinguible, el aire nuevo 
de cada día, el tácito fulgor, 
regalo de una extensa primavera. 
Sólo no hay primavera en mi recinto. 
Enfermedades, besos desquiciados, 
como yedras de iglesia se pegaron 
a las ventanas negras de mi vida 
y el sólo amor no basta, ni el salvaje 
y extenso aroma de la primavera. 

Y para ti qué son en este ahora 
la luz desenfrenada, el desarrollo 
floral de la evidencia, el canto verde 
de las verdes hojas, la presencia 
del cielo con su copa de frescura? 
Primavera exterior, no me atormentes, 
desatando en mis brazos vino y nieve, 
corola y ramo roto de pesares, 
dame por hoy el sueño de las hojas 
nocturnas, la noche en que se encuentran 
los muertos, los metales, las raíces, 
y tantas primaveras extinguidas 
que despiertan en cada primavera.


Pablo Neruda (Chile, 1904 – 1973)

martes, 20 de septiembre de 2016

Miguel de Unamuno. Vendrá de noche.

 Hombre dormido (1945)
Enrique Grau Araújo (Colombia, 1920 - 2004)
Óleo sobre tela 
Museo de Arte del Banco de la República, Bogotá, Colombia.

Vendrá de noche cuando todo duerma,
vendrá de noche cuando el alma enferma
se emboce en vida,
vendrá de noche con su paso quedo,
vendrá de noche y posará su dedo
sobre la herida.

Vendrá de noche y su fugaz vislumbre
volverá lumbre la fatal quejumbre;
vendrá de noche
con su rosario, soltará las perlas
negro sol que da ceguera verlas,
¡todo un derroche!

Vendrá de noche, noche nuestra madre,
cuando a lo lejos el recuerdo ladre
perdido agujero;
vendrá de noche; apagará su paso
mortal ladrido y dejará al ocaso
largo agujero…

¿Vendrá una noche recogida y vasta?
¿Vendrá una noche maternal y casta
de luna llena?
Vendrá viniendo con venir eterno;
vendrá una noche del postrer invierno…
noche serena…

Vendrá como se fue, como se ha ido
-suena a lo lejos el fatal ladrido-,
vendrá a la cita;
será de noche mas que sea aurora,
vendrá a su hora, cuando el aire llora,
llora y medita…

Vendrá de noche, en una noche clara,
noche de luna que al dolor ampara,
noche desnuda,
vendrá… venir es porvenir… pasado
que pasa y queda y que se queda al lado
y nunca muda….

Vendrá de noche, cuando el tiempo aguarda,
cuando la tarde en las tinieblas tarda
y espera al día,
vendrá de noche, en una noche pura,
cuando del sol la sangre se depura,
del mediodía.

Noche ha de hacerse en cuanto venga y llegue,
y el corazón rendido se le entregue,
noche serena,
de noche ha de venir… ¿él, ella o ello?
De noche ha de sellar su negro sello,
noche sin pena.

Vendrá la noche, la que da la vida,
y en que la noche al fin el alma olvida,
traerá la cura;
vendrá la noche que lo cubre todo
y espeja al cielo en el luciente lodo
que lo depura.


Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,
su negro sello servirá de broche
que cierra el alma;
vendrá de noche sin hacer ruido,
se apagará a lo lejos el ladrido,
vendrá la calma…
vendrá la noche….

Miguel de Unamuno (España, 1864 – 1936). 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Mario Benedetti. Por qué cantamos.

Cantando
Heberth Román (Bolivia, 1949)

Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones

los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil

usted preguntará por qué cantamos

si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza

usted preguntará por qué cantamos

si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro

usted preguntará por que cantamos

cantamos por qué el río está sonando
y cuando suena el río, suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino

cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos

cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota

cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta

cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.



Mario Benedetti (Uruguay, 1920 – 2009)




domingo, 18 de septiembre de 2016

Armando Rubio Huidobro. Monedas.

Retrato de un niño
Alicia Bravard (Paraguay, 1913 - 1986)


Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.
Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo.

Armando Rubio Huidobro (Chile, 1955 – 1980).

sábado, 17 de septiembre de 2016

Diego Dublé Urrutia. El caracol.

Mujer con concha
Juan Octavio de León Roldán (MAGNONI)
Dibujo. Grafito sobre papel.
Bilbao, España.
www.octaviodeleon500.blogspot.com

Cuando la brisa barría apenas
las nieblas grises de la mañana
y al arrastrarse por las arenas, 
con sus espumas como azucenas 
jugaba, en sueños, la mar cercana,
junto a la choza de sus mayores, 
se despidieron los pescadores.

La bruma triste los envolvía:
ella gemía ¿qué haré yo ahora?...
Y una gaviota revoladora
oyó al marino que le decía
que era su virgen, su pescadora,
que no llorara, que volvería...

Y como urgiera ya el tiempo: “toma
-le dijo el mozo- ya el viento asoma,
la gente sale ya viene el sol...'
y recogiendo del agua clara
que entre las rocas la mar dejara,
más armiñado que una paloma
puso en sus manos un caracol:

'Que él te recuerde lo que te quiero, 
que oigas mis quejas en sus rumores; 
de cierto, vale poco dinero,
pues que son pobres nuestros amores,
pero es eterno su rumor suave,
y aunque es humilde, su labio sabe
de los remotos mares bravíos
y de los mundos que voy a andar, 
más que tus padres y que los míos
y más que el viento que habita el mar... '
Ambos lloraron: un ave inquieta
graznó sobre ellos; el humo lento
de las chozuelas de la caleta
blanqueaba apenas, como un mal aliento;
y bajo el cielo mis transparente,
tras la fortuna que se ama en vano,
partió el navío, rumbo a Occidente,
sobre el inmenso y augusto océano.

Y cuenta el viento que desde aquella 
mañana triste ¡fatal mañana!
Acariciada por la doncella
la humilde concha de porcelana,
le habló en su lengua de rumoreos
de viajes locos, de pechos fieles,
de remembranzas y devaneos
junto a la borda de los bajeles,
de aves errantes que van a pares
buscando albergues sobre los mares,
de tempestades y de ciclones
y de esos tristes besos perdidos
que van con rumbos desconocidos 
bajo las altas constelaciones.

Y el tiempo vino, silente y grave, 
siguiendo siempre su ruta ciega, 
con el misterio de aquella nave 
que en una extraña canción noruega 
lleva invisibles su casco lento
bajo las brumas del mundo aquel, 
siempre azotada de un mismo viento 
con un fantasma por timonel...

Y con los años la niña hermosa 
cuya frescura ya ajaban canas, 
mirando al agua desde la choza,
vio marchitarse la tinta rosa 
de sus mejillas, antes lozanas... 
Aún no clareaba detrás del monte 
Y ya copiaban el horizonte 
sus grandes ojos color de mar; 
y en ellos iban las golondrinas, 
en sus revuelos de peregrinas, 
a ver las barcas ultramarinas 
que en lontananza solían cruzan.

Y siempre, siempre la suspirante 
y humilde prenda de amor, seguía 
contando historias del nauta errante 
llenas de inmensa melancolía: 
ya eran nostalgias desconsoladas, 
en lo infinito del mar lloradas, 
noches de nieve que el viento azota, 
miserias y hambres en tierra ignota; 
triste cortejo que siempre avanza 
por esas rutas, en que sus huellas 
deja, guiada por las estrellas, 
la banda loca de la esperanza.

Y el tiempo alado siguió en su vuelo,
y en sus mudanzas siguió la mar, 
y al campo santo más de un abuelo 
en la caleta fue a descansar: 
siempre escuchando la voz lejana 
la pescadora tornóse anciana; 
barcos ignotos aves de paso 
ya del oriente, ya del ocaso 
la mar surcaban cada mañana; 
sólo aquel loco bajel risueño 
que al occidente partiera un día 
tras la fortuna, que es sólo un sueño, 
en lontananza no aparecía.

Y de la concha susurradora, 
la amable historia, doliente asaz,
seguía oyendo la pescadora 
vaga y distante cada vez más; 
la sombra triste de otros amores 
cruzaba a veces por sus rumores; 
hasta que un día trajo el destino, 
con los clamores de un torbellino 
y entre infinitos ecos perdida, 
la última queja del peregrino
sobre una roca desconocida. 
Y entre las brumas de la mañana 
de un taciturno día de invierno 
sobre cuatro hombros subió la anciana, 
vuelta hacia el cielo la frente cana, 
por las colinas del sueño eterno.

Dejó la tierra como paloma 
que abandonada su alero deja 
y errante sigue de loma en loma 
tras del amado que se le aleja... 
Le dio la tumba refugio blando 
y allí a su lado siguióle hablando 
junto a los mares, el caracol, 
del sueño eterno la eterna espera, 
y de ese humano vivir soñando 
sola y distinta dicha sincera 
que el hombre alcanza y alumbra el sol.


Diego Dublé Urrutia (Chile, 1877 – 1967). 

viernes, 16 de septiembre de 2016

Víctor Jara. Somos cinco mil.

Mural dedicado a Víctor Jara
Galpón Víctor Jara, barrio Brasil, Santiago, Chile.

Somos cinco mil 
en esta pequeña parte de la ciudad. 
Somos cinco mil 
¿Cuántos seremos en total 
en las ciudades y en todo el país? 
Solo aquí
diez mil manos siembran 
y hacen andar las fábricas. 

¡Cuánta humanidad 
con hambre, frio, pánico, dolor, 
presión moral, terror y locura! 

Seis de los nuestros se perdieron 
en el espacio de las estrellas. 

Un muerto, un golpeado como jamás creí 
se podría golpear a un ser humano. 
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores 
uno saltó al vacío, 
otro golpeándose la cabeza contra el muro, 
pero todos con la mirada fija de la muerte. 

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo! 
Llevan a cabo sus planes con precisión artera 
Sin importarles nada. 
La sangre para ellos son medallas. 
La matanza es acto de heroísmo 
¿Es este el mundo que creaste, dios mío? 
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo? 

En estas cuatro murallas solo existe un número 
que no progresa, 
que lentamente querrá más muerte. 

Pero de pronto me golpea la conciencia 
y veo esta marea sin latido, 
pero con el pulso de las máquinas 
y los militares mostrando su rostro de matrona 
llena de dulzura. 

¿Y México, Cuba y el mundo? 
¡Que griten esta ignominia! 
Somos diez mil manos menos 
que no producen. 

¿Cuántos somos en toda la Patria? 
La sangre del compañero Presidente 
golpea más fuerte que bombas y metrallas 
Así golpeará nuestro puño nuevamente 

¡Canto que mal me sales 
Cuando tengo que cantar espanto! 
Espanto como el que vivo 
como el que muero, espanto. 
De verme entre tanto y tantos 
momentos del infinito 
en que el silencio y el grito 
son las metas de este canto. 

Lo que veo nunca vi, 
lo que he sentido y que siento 
hará brotar el momento…


Víctor Jara (Chile, 1932 – 1973). 

Nota: este poema fue escrito por Víctor Jara mientras estaba preso en el Estadio Chile, pocas horas antes de ser cruelmente asesinado.