Pintura y poesía

Pintura y poesía

sábado, 7 de marzo de 2015

Miguel Hernández. El niño yuntero.

La chica de la casa de campo
Thomas Gainsborough
Óleo sobre lienzo
Galería Nacional de Irlanda, Dublin.

Carne de yugo, ha nacido 
más humillado que bello, 
con el cuello perseguido 
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta, 
a los golpes destinado, 
de una tierra descontenta 
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo 
de vacas, trae a la vida 
un alma color de olivo 
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza 
a morir de punta a punta 
levantando la corteza 
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente 
la vida como una guerra 
y a dar fatigosamente 
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe, 
y ya sabe que el sudor 
es una corona grave 
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja 
masculinamente serio, 
se unge de lluvia y se alhaja 
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte, 
y a fuerza de sol, bruñido, 
con una ambición de muerte 
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es 
más raíz, menos criatura, 
que escucha bajo sus pies 
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde 
en la tierra lentamente 
para que la tierra inunde 
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento 
como una grandiosa espina, 
y su vivir ceniciento 
resuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos, 
y devorar un mendrugo, 
y declarar con los ojos 
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho, 
y su vida en la garganta, 
y sufro viendo el barbecho 
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo 
menor que un grano de avena? 
¿De dónde saldrá el martillo 
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón 
de los hombres jornaleros, 
que antes de ser hombres son 
y han sido niños yunteros.


Miguel Hernández (España, 1910 – 1942)


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