Pintura y poesía

Pintura y poesía

martes, 5 de septiembre de 2017

Nicanor Parra. Soliloquio del individuo.

¡Feliz cumpleaños, don Nica!

Pintura rupestre en Tassili, Argelia.

Yo soy el Individuo.
Primero viví en una roca
(Allí grabé algunas figuras).
Luego busqué un lugar más apropiado. 
Yo soy el Individuo.
Primero tuve que procurarme alimentos, 
Buscar peces, pájaros, buscar leña, 
(Ya me preocuparía de los demás asuntos). 
Hacer una fogata,
Leña, leña, dónde encontrar un poco de leña, 
Algo de leña para hacer una fogata,
Yo soy el Individuo.
Al mismo tiempo me pregunté,
Fui a un abismo lleno de aire;
Me respondió una voz:
Yo soy el Individuo.
Después traté de cambiarme a otra roca, 
Allí también grabé figuras,
Grabé un río, búfalos,
Grabé una serpiente
Yo soy el Individuo.
Pero no. Me aburrí de las cosas que hacía, 
El fuego me molestaba,
Quería ver más,
Yo soy el Individuo.
Bajé a un valle regado por un río,
Allí encontré lo que necesitaba,
Encontré un pueblo salvaje,
Una tribu,
Yo soy el Individuo.
Vi que allí se hacían algunas cosas,
Figuras grababan en las rocas,
Hacían fuego, ¡también hacían fuego!
Yo soy el Individuo.
Me preguntaron que de dónde venía.
Contesté que sí, que no tenía planes determinados, 
Contesté que no, que de allí en adelante.
Bien.
Tomé entonces un trozo de piedra que encontré en un río
Y empecé a trabajar con ella, 
Empecé a pulirla,
De ella hice una parte de mi propia vida. 
Pero esto es demasiado largo.
Corté unos árboles para navegar, 
Buscaba peces,
Buscaba diferentes cosas, 
(Yo soy el Individuo).
Hasta que me empecé a aburrir nuevamente. 
Las tempestades aburren,
Los truenos, los relámpagos, 
Yo soy el Individuo.
Bien. Me puse a pensar un poco,
Preguntas estúpidas se me venían a la cabeza. 
Falsos problemas.
Entonces empecé a vagar por unos bosques.
Llegué a un árbol y a otro árbol;
Llegué a una fuente,
A una fosa en que se veían algunas ratas: 
Aquí vengo yo, dije entonces, 
¿Habéis visto por aquí una tribu, 
Un pueblo salvaje que hace fuego? 
De este modo me desplacé hacia el oeste 
Acompañado por otros seres, 
O más bien solo.
Para ver hay que creer, me decían, 
Yo soy el Individuo.
Formas veía en la obscuridad, 
Nubes tal vez,
Tal vez veía nubes, veía relámpagos,
A todo esto habían pasado ya varios días, 
Yo me sentía morir;
Inventé unas máquinas,
Construí relojes,
Armas, vehículos,
Yo soy el Individuo.
Apenas tenía tiempo para enterrar a mis muertos,
Apenas tenía tiempo para sembrar,
Yo soy el Individuo.
Años más tarde concebí unas cosas, 
Unas formas,
Crucé las fronteras
y permanecí fijo en una especie de nicho, 
En una barca que navegó cuarenta días, 
Cuarenta noches,
Yo soy el Individuo.
Luego vinieron unas sequías, 
Vinieron unas guerras,
Tipos de color entraron al valle,
Pero yo debía seguir adelante,
Debía producir.
Produje ciencia, verdades inmutables,
Produje tanagras,
Di a luz libros de miles de páginas, 
Se me hinchó la cara,
Construí un fonógrafo,
La máquina de coser,
Empezaron a aparecer los primeros automóviles, 
Yo soy el Individuo.
Alguien segregaba planetas, 
¡Árboles segregaba!
Pero yo segregaba herramientas,
Muebles, útiles de escritorio,
Yo soy el Individuo.
Se construyeron también ciudades,
Rutas
Instituciones religiosas pasaron de moda,
Buscaban dicha, buscaban felicidad,
Yo soy el Individuo.
Después me dediqué mejor a viajar,
A practicar, a practicar idiomas,
Idiomas,
Yo soy el Individuo.
Miré por una cerradura,
Sí, miré, qué digo, miré,
Para salir de la duda miré,
Detrás de unas cortinas,
Yo soy el Individuo.
Bien.
Mejor es tal vez que vuelva a ese valle,
A esa roca que me sirvió de hogar,
Y empiece a grabar de nuevo,
De atrás para adelante grabar
El mundo al revés.
Pero no: la vida no tiene sentido.

Nicanor Parra (Chile, 1914). 

lunes, 4 de septiembre de 2017

Lila Calderón. Arte Poética.

Cambio climático
Óleo sobre tela
Valencia, España

EN EL CUARTO DE LA POESÍA todas las realidades se distinguen y se
desenmascaran en una noche a ciegas a través de las PALABRAS.
      LAS PALABRAS demuestran que la línea del Horizonte no es más que
un dato para trazar la imagen siguiente EN LA PUERTA DE LA POESÍA.
      EN LA PUERTA DE LA POESÍA hay un pez marcado y nadando. Ya
no está claro si uno va o se devuelve, si vive o si vivió, si se es un ente
original, una copia, una mutación agónica o un sujeto reciclado
justificándose en la MEMORIA COLECTIVA.
      LA MEMORIA COLECTIVA ESTÁ EN CRISIS.
      EN CRISIS ORIENTE Y OCCIDENTE y por aproximación los polos en
una Tierra que rota y se traslada ordenada y achatadamente en sus
COSTADOS.
      SUS COSTADOS dudosos entran a presión en el cuarto de la poesía.
En ese cuarto creciente mis verdaderos puntos cardinales son el cielo
y el suelo, el pasado y el futuro. Una red en donde trazo las coordenadas
desde donde y hacia donde confluyen los ecos y los ismos de todas las
voces atrapadas EN EL TIEMPO.
      EN EL TIEMPO de las palabras se agitan antiguas escrituras,
reescrituras y barcas flotantes que trasladan espejismos,
remitentes declarados y deidades geoglifas que sonríen
antes de proyectarse en el ojo cubista que llama a aceptar EL RELEVO.
      EL RELEVO es una cadena ingrávida que va de sombra a SOMBRA.
      SOMBRA eres y en sombra te conviertes y en cada una te aludes y
te citas porque la humanidad quiere encontrarse contigo en este cuarto
A SOLAS.
      A SOLAS y a ciegas aunque ORIENTE Y OCCIDENTE y la línea del
Horizonte vuelvan a la ronda EN EL CUARTO DE LA POESÍA.

Lila Calderón (Chile, 1956).

domingo, 3 de septiembre de 2017

Juan Luis Martínez Holger. La desaparición de una familia.

Molino en ruinas o Molino de montaña (1915-1916)
Egon-Schiele (Austria, 1890 – 1918)
Óleo sobre lienzo
Niederösterreichisches Landesmuseum, Viena.

1.  Antes que su hija de 5 años
se extraviara entre el comedor y la cocina,
él le había advertido: “-Esta casa no es grande ni pequeña,
pero al menor descuido se borrarán las señales de ruta
y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza”.

2.  Antes que su hijo de 10 años se extraviara
entre la sala de baño y el cuarto de los juguetes,
él le había advertido: “-Esta, la casa en que vives,
no es ancha ni delgada: sólo delgada como un cabello
y ancha tal vez como la aurora,
pero al menor descuido olvidarás las señales de ruta
y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza”.

3.  Antes que “Musch” y “Gurba”, los gatos de la casa,
desaparecieran en el living
entre unos almohadones y un Buddha de porcelana,
él les había advertido:
“-Esta casa que hemos compartido durante tantos años
es bajita como el suelo y tan alta o más que el cielo,
pero, estad vigilantes
porque al menor descuido confundiréis las señales de ruta
y de esta vida al fin, habréis perdido toda esperanza”.

4.  Antes que “Sogol”, su pequeño fox-terrier, desapareciera
en el séptimo peldaño de la escalera hacia el 2º piso,
él le había dicho: “-Cuidado viejo camarada mío,
por las ventanas de esta casa entra el tiempo,
por las puertas sale el espacio;
al menor descuido ya no escucharás las señales de ruta
y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza”.

5.  Ese último día, antes que él mismo se extraviara
entre el desayuno y la hora del té,
advirtió para sus adentros:
“-Ahora que el tiempo se ha muerto
y el espacio agoniza en la cama de mi mujer,
desearía decir a los próximos que vienen,
que en esta casa miserable
nunca hubo ruta ni señal alguna

y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza”.

Juan Luis Martínez* (Chile, 1942 - 1993). 
*El poeta tachaba su nombre como símbolo de su cuestionamiento a los cánones establecidos

sábado, 2 de septiembre de 2017

Irene Sánchez Carrión. Equipaje.

Camino de cerro
Óleo sobre tela

Mantén, camino, tú, la esperanza.

Van cayendo los días
en las secas cunetas de mis años,
pasan las estaciones,
otros son los viajeros que hoy marchan a mi lado,
ha caído algún árbol que estuvo antes erguido
y las aves que perdieron el rumbo
vuelan ya de regreso.

Manténte tú, camino,
con cansancio y con sed, con hambre y con deseo,
y dame tus placeres,
tu empinada hermosura hacia el ocaso.
   
De Atracciones de feria, 2002.


Irene Sánchez Carrión (España, 1967).

viernes, 1 de septiembre de 2017

Olga Acevedo. Primavera.

Primavera (1921)
Alfredo Helsby (Chile, 1862 - 1933)
Óleo sobre tela

Hay un espeso amor de tréboles rosados,
un delicioso impulso de oscuras músicas terrestres.
Gozo puro, coral de nidos y de arcángeles,
arboledas que trinan como arpas encantadas.

Hora de misteriosos regocijos y olorosos contactos.
Gran festival de músicas y guirnaldas radiantes.
Es la hora de los capullos y las gemas henchidas.

Pájaros de maravilla cuelgan cítaras de oro
en las altas copas verdinegras.

¡Dios se mira en los ojos puros del aire amaneciente!
Oíd la grácil zapatilla del agua entre el boscaje
va de princesa oculta, suspira apenas,
se desliza entre finos canastillos de pétalos
y entra en ondas castísimas al corazón terrestre.

Oh festival de cánticos y gozosas estrellas.
Ternura de nidales tibios, fragante amor de tréboles
y ardientes madreselvas.

Las manos del buen Dios tienden un palio blanco
sobre los cuatro puntos cardinales del tiempo!


Olga Acevedo (Chile, 1895 - 1970).

Francisco Coloane. La gallina de los huevos de luz. Cuento de septiembre, 2017.

Faro
Rita Palm (Reino Unido)
Óleo sobre lienzo

- ¡La gallina no! - gritó el guardián primero del faro Oyarzo, interponiéndose entre su compañero y la pequeña gallina de color flor de haba que saltó cacareando desde un rincón.

Maldonado, el otro guardafaro, miró de reojo al guardián primero, con una mirada en la que se mezclaban la desesperación y la cólera.

Hace más de quince días que el mar y la tierra luchan ferozmente en el punto más tempestuoso del Pacífico sur: el Faro Evangelistas, el más elevado y solitario de los islotes que marcan la entrada occidental del estrecho de Magallanes, y sobre cuyo pelado lomo se levantan la torre del faro y su fanal, como única luz y esperanza que tienen los marinos para escapar de las tormentas oceánicas.

La lucha de la tierra y el mar es allí casi permanente. la cordillera de los Andes trató, pero en el combate de siglos todo se ha resquebrajado; el agua se ha adentrado por los canales, ha llegado hasta las heridas de los fiordos cordilleranos y sólo han permanecido abofeteando al mar los puños más fieros, cerrados en dura y relumbrante roca como en el Faro Evangelistas.

Es un negro y desafiante islote que se empina a gran altura. Sus costados son lisos y cortados a pique.

La construcción del faro es una página heroica de los bravos marinos de la Subinspección de Faros del Apostadero Naval de Magallanes, y el primero que escaló el promontorio fue un héroe anónimo como la mayoría de los hombres que se enfrentan con esa naturaleza.

Hubo que izar ladrillo tras ladrillo. Hoy mismo, los valientes guardafaros que custodian el fanal más importante del Pacífico sur están totalmente aislados del mundo en medio del océano. Hay un solo y frágil camino para ascender del mar a la cumbre; es una escala de cuerdas llamada en jerga marinera "escala de gato", que permanece colgando al borde del siniestro acantilado.

Los víveres son izados de las chalupas que se atracan al borde por medio de un winche instalado en lo alto e impulsado a fuerza de brazos.

Una escampavía de la Armada Nacional sale periódicamente de Punta Arenas a recorrer los faros del oeste, proveyéndolos de víveres y de acetileno.

La comisión más temida para estos pequeños y vigorosos transportes de alta mar es Evangelistas, pues cuando hay mal tiempo es imposible acercarse al faro y arriar las chalupas balleneras en que se transporta la provisión.

Como una advertencia para esos marinos, existe a unas millas al interior el renombrado puerto de "Cuarenta Días", único refugio en el cual han estado durante todo este tiempo barcos capeando el temporal. Algunas veces una escampavía, aprovechando una tregua, ha salido a toda máquina para cumplir su expedición, y ya al avistar el faro se ha desencadenado de nuevo el temporal, teniendo que regresar de nuevo al abrigado refugio de "Cuarenta Días".

Esta vez la tempestad dura más de quince días. La tempestad de afuera, de los elementos, en la que el enhiesto peñón se estremece y parece quejarse cuando las montañas de agua se descargan sobre sus lisos costados, porque adentro, bajo la torre del faro, en un corazón humano, en un cerebro acribillado por las marejadas de goterones de lluvia repiqueteando en el techo de zinc, en una sensibilidad castigada por el aullido silbante del viento rasgándose en el torreón, en un hombre débil y hambriento, se está desarrollando otra lenta y terrible tempestad.

Era la segunda vez que Oyarzo salvaba la milagrosa y única gallina de los ímpetus desesperados de su compañero. ¡La gallina había empezado a poner justamente el mismo día en que iba a ser sacrificada!

Los guardafaros habían agotado todos los víveres y reservas. La escampavía se había atrasado ya en un mes y el temporal no amainaba, embotellándola seguramente en el puerto de "Cuarenta días".

Como por un milagro, la gallina ponía todos los días un huevo que, batido con un poco de agua con sal y la exigua ración de cuarenta porotos asignada a cada uno, servía de precario alimento a los dos guardafaros.

- ¡Toma tus cuarenta porotos! - dijo Oyarzo, alargando la ración a su compañero.

Maldonado miró el diminuto montón de frejoles en el hueco de su mano. "¡Nunca - pensó - su vida había estado reducida a esto! ¡No - ahora recuerda -, sólo una vez ocurió lo mismo en el faro San Félix, cuando al póquer perdió su soldada de dos años y, convertida también en un montón de porotos, pasó de sus manos a las de su compañero!".

Pero eran solo dos años de vida y ahora éstos constituían toda su vida, la salvación de las garras de la sutil pantera del hambre, que en su ronda se acercaban cada día más al faro.

"¡Y este Oyarzo .- continuaba en las reflexiones de su cerebro debilitado -, tan duro, tan cruel, pero al mismo tiempo tan fuerte y tan leal".

Se había ingeniado para racionar la pequeña cantidad de porotos muy equitativamente, y, a veces le pasaba hasta unos cuantos más, sacrificando su parte. Hasta la gallina tenía su ración: se los daba con conchuela molida y un poco recalentados para que no dejara de poner.

Cada día y cada noche que pasaba bajo el estruendo constante del mar embravecido, la muerte estaba más cerca y el hambre hincaba un poco más su lívida garra en esos dos seres.

Oyarzo era un hombre alto, huesudo, de pelo tieso y tez morena. Maldonado era más bajo, delgado y en realidad más débil.

Si no hubiera sido por aquel hombronazo, seguramente el otro ya habría perecido con gallina y todo.

Oyarzo era el sabio artífice que prolongaba esas tres existencias en un inteligente y denodado combate contra la muerte, que ya se colaba por el resquicio del hambre. ¡La gallina, el hombre y el hombre! ¡La energía de unos diminutos frejoles que pasaban de uno a otros! ¡¡El milagroso huevo que día a día levantaba las postreras fuerzas de esos hombres para encender el fanal, seguridad y esperanza de los marinos que surcaban la desdichada ruta!

Maldonado empezó a obsesionarse con una idea fija: la gallina. Debilitado, el hambre, después de corroerle las entrañas como un fuego horadante y lento, empezaba a corroerle también la conciencia y algunas luces siniestras, que él trataba en vano de apagar, empezaron a levantarse en su mente.

Por fin llegó a esta conclusión: si él pudiera saciar su hambre una sola vez, moriría feliz. No pedía nada más.

Sin embargo, no se atrevía a pensar o llegar hasta donde sus instintos lo empujaban. ¡No, él no era capaz de asesinar a su buen compañero para comerse la gallina!

"¡Pero qué diablos!", decía y se ponía a temblar y se daba vuelta, asustado, como si alguien lo empujara a empellones al borde de un abismo.

El mar seguía con su ronco tronar envolviendo al faro, la lluvia con su repiqueteo incesante contra el zinc y el mugido del viento que hacía temblar la torre, en cuya altura seguía encendiéndose todas las noches el fanal gracias al huevo de una gallina y a la reciedumbre de un hombre.

Las tempestades del mar no son parejas, toman aliento de cuatro en cuatro horas. En una de estas culminaciones, una noche arreció el tal forma que sólo podía compararse con un acabo de mundo. El trueno del mar, el aullido del viento y las marejadas de lluvia que se descargaban sobre el techo, estremecían en tal forma al peñón, que éste pareció desprenderse de su base y echándose a navegar a través de la tempestad.

Adentro la tormenta también llegó a su crisis.

Maldonado, sigilosamente entre las sombras se dirigió puñal en mano al camarote de Oyarzo, donde éste guardaba cuidadosamente la gallina milagrosa, por desconfianza hacia su compañero.

Maldonado no había aclarado muy bien sus intenciones. Angustiado por el hambre, avanzaba hacia un todo confuso y negro. No había querido detenerse mucho a determinar contra quién iba puñal en mano. El iba a apoderarse de la gallina simplemente; una vez muerta ya no habría remedio, y Oyarzo tendría que compartir con él la merienda; pero si se interponía como antes ..., ¡ah!, entonces levantaría el puñal, pero para amenazarlo solamente.

¿Y si aquél lo atacaba? ¡Diantre, aquí estaba, pues, ese todo confuso y negro contra el cual él iba a enfrentare atolondrado y ciego!

Abrió la puerta con cautela. El guardián primero parecía dormir profundamente. Avanzó tembloroso hacia el rincón donde sabía se encontraba la gallina, pero en el instante de abalanzarse sobre ella fue derribado por un mazazo en la nuca. El pesado cuerpo de Oyarzo cayó sobre el suyo y de un retortijón de la muñeca hízole soltar el puñal.

Casi no hubo resistencia. El guardián primero era muy fuerte y después de dominarlo totalmente, lo ató con una soga con las manos a la espalda.

- No pensaba atacarte con el cuchillo; lo llevaba para amenazarte nomás en caso de que no hubiera permitido matar la gallina! - dijo con la cabeza agachada y avergonzado el farero.

Al día siguiente, estaba atado a una gruesa banca de roble, con las manos atrás aún.

El guardián primero continuó trabajando y luchando contra las garras del hambre. Hizo el batido del huevo con los porotos y con su propia mano fue a darle de comer su ración al amarrado. Este, con los ojos bajos, recibió las cucharadas, pero a pesar del hambre que lo devoraba, sintió esta vez un atoro algo amargo cuando el alimento pasó por su garganta.

- ¡Gracias - dijo al final -, perdóname, Oyarzo!

Este no contestó.

El temporal no amainó en los siguientes días. El alud de agua y viento seguía igual.

- ¡Suéltame, voy a ayudarte, te sacrificas mucho! - dijo una mañana Maldonado, y continuó con desesperación -: ¡Te juro que no volveré a tocar una pluma de la gallina!

El guardián primero miró a su compañero amarrado; éste levantó la vista y los dos hombres se encontraron frente a frente en sus miradas. Estaban exhaustos, débiles, corroídos por el hambre! Fue sólo un instante; los dos hombres parecieron comprenderse en el choque de sus miradas; luego los ojos se nublaron.

- ¡Todavía lucharé solo; ya llegará la hora en que tenga que soltarte para el último banquete que nos dará la gallina! - dijo Oyarzo con cierto tono de vaticinio y duda.

Las palabras resonaron como un latigazo en la conciencia del farero. Hubiera preferido una bofetada en pleno rostro a esta frase cargada con el desprecio y la desconfianza de su compañero.

Pero la milagrosa gallina puso otro huevo al día siguiente. Oyarzo preparó como siempre la precaria comida. Iban quedando sólo las últimas raciones de frejoles.

Otra vez se acercó al preso con la exigua parte de porotos, levantó la cuchara a medio llenar, como quien va a dar de comer a un niño, pero al querer dársela, el preso, con la cabeza en alto y la mirada duramente fija en su dadivoso compañero, exclamó rotundamente:

- ¡No, no como más; no recibiré una sola migaja de tus manos!

Al guardián primero se le iluminó la cara como si hubiera comprendido algo de súbito, como si hubiera recibido una buena nueva. Miró a su compañero con cierta atención y, de pronto, sonrió con una extraña sonrisa, una sonrisa en que se mezclaba la bondad y la alegría. Dejó a un lado el plato de comida y desatando las cuerdas dijo:

- ¡Tienes razón, perdóname, ya no mereces este castigo; otra vez Evangelistas tiene dos fareros!

- ¡Sí, otra vez! - dijo el otro, levantándose ya libre y estrechando la mano de su compañero.

Cuando se terminó la entrega de los víveres y el comandante de la escampavía fue a ver las novedades del faro, le extrañaron un poco algunas huellas de lucha que observó en la cara de los dos fareros. Miró fijamente a uno y a otro; pero antes de que los interrogara, se adelantó Oyarzo sonriendo y, acariciando con la ruda mano la delicada cabeza de la gallina flor de haba que cobijaba bajo su brazo, dijo:

- ¡Queríamos matar la gallina de los huevos de oro, pero ésta se defendió a picotazos! ...

- ¡La gallina de los huevos de luz, querrá decir, porque cada huevo significó una noche de luz para nuestros barcos! - profirió el comandante de la escampavía, sospechando posiblemente lo ocurrido.

Francisco Coloane (Chile, 1910-2002).