Pintura y poesía

Pintura y poesía

jueves, 30 de junio de 2016

Beatriz Zuluaga. Si preguntan por mí.

El tren (1875)
Cristóbal Toral (España, 1940)
Óleo sobre lienzo
Colección del artista

Si preguntan por mí...
diles que salí a cobrar la vieja deuda
que no pude esperar que a la vida
se le diera la gana de llegar
a mi puerta.
Diles que salí definitivamente
a dar la cara sin pinturas
y sin trajes el cuerpo.
Si preguntan por mí...
diles que apagué el fuego,
dejé la olla limpia y desnuda la cama,
me cansé de esperar la esperanza
y fui a buscarla.
Diles que no me llamen...
Quité el disco que entretenía en boleros
el beso y el abrazo
la copa estrellé contra el espejo
porque necesitaba convertir
el vino en sangre
ya que jamás se dio el milagro
de convertirse el agua en vino.
Si preguntan por mí...
diles que salí a cobrar la deuda
que tenían conmigo el amor,
el fuego, el pan, la sábana y el vino,
que eché llave a la puerta
y no regreso.
¡Definitivamente diles
que me mudé de casa!

Beatriz Zuluaga (Colombia, 1934)

miércoles, 29 de junio de 2016

Wislawa Szymborska. Adolescente.

Muchacha trenzando su cabello (1885)Pierre-Auguste Renoir (Francia, 1841 - 1919)
Óleo sobre lienzo
Colección privada


¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotras
que probablemente sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatura mayor
y todo el cuerpo recubierto de una piel
ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos,
pero casi todos están vivos en su mundo
y en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.

Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas...

Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.

Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.

Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.

La conversación no fluye.
En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.

Al despedirnos nada, una especie de sonrisa
y ninguna emoción.

Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.

Una bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.

Todavía la conservo.

Wislawa Szymborska (Polonia, 1923 – 2012). 

martes, 28 de junio de 2016

Juan Vicente Piqueras. Confesión del fugitivo.

 
El camino del enigma (1981)
Salvador Dalí (1904 - 1989)
Óleo sobre tela
Teatro-Museo Dalí, Figueras, Girona, Cataluña, España.

Sólo soy feliz yéndome.

No entre cuatro paredes, con sus sendas espadas,

sino entre aquí y allí, una casa y otra,
ajenas ambas preferiblemente.

No puedo ya, ni quiero, estarme quieto.
Ni ahora ni después. Ni aquí ni allí.
En todo caso, ahí, donde estás tú,
seas quien seas tú, ponme tu nombre
en los labios sedientos, insaciables.

Yo no soy yo ni puedo tener casa.
No digo ya porque nunca lo fui,
nunca la tuve, siempre fui extranjero
dentro y fuera de mí. Soy lo que no:
el mendigo que duerme bajo el puente
que une las dos orillas y yo cruzo
sin poder, día y noche, detenerme.

Escribo porque busco, porque espero.
Pero ya no sé qué, se me ha olvidado.
Espero que escribiendo
llegue a acordarme. Insisto en la intemperie.

Sinvivo entre paréntesis,
entre el espacio vivo y tiempo muerto
de la espera de qué, entre dos aquíes.

Nunca en sino entre. Sal de mí,
seas quien seas tú, déjame en paz
o acaba ya conmigo y con la miel
amarga de estar solo hablando solo.

He decidido que mi patria sea
no decidir, no estar en ningún sitio
sino de paso, puentes, naves, trenes,
donde yo sea sólo el pasajero
que sé que soy, sintiendo
que me inquieta la paz,
que la quietud me asusta,
que la seguridad no me interesa,
y sólo soy feliz cuando me sé fugaz.

Juan Vicente Piqueras (España, 1960). 

lunes, 27 de junio de 2016

Eduardo Carranza. El olvidado.

Hombre pensativo frente al mar
Teo Revilla Bravo
Óleo sobre lienzo
Barcelona, España.

A Jorge Gaitán Durán

Ahora tengo sed y mi amante es el agua.
Vengo de lo lejano, de unos ojos oscuros.
Ahora soy del hondo reino de los dormidos;
allí me reconozco, me encuentro con mi alma.

La noche a picotazos roe mi corazón,
y me bebe la sangre el sol de los dormidos;
ando muerto de sed y toco una campana
para llamar el agua delgada que me ama.

Yo soy el olvidado. Quiero un ramo de agua;
quiero una fresca orilla de arena enternecida,
y esperar una flor, de nombre margarita,
para callar con ella apoyada en el pecho.


Nadie podrá quitarme un beso, una mirada.
Ni aún la muerte podrá borrar este perfume.
Voy cubierto de sueños, y esta fosforescencia
que veis es el recuerdo del mar de los dormidos.

Eduardo Carranza (Colombia, 1913 – 1985). 

domingo, 26 de junio de 2016

José Santos Chocano. Los volcanes.

Paisaje con Volcanes
Jaime Antonio Gómez del Payán (México, 1940 - 1983)

Cada volcán levanta su figura,
cual si de pronto, ante la faz del cielo,
suspendiesen el ángulo de un vuelo
dos dedos invisibles de la altura.

La cresta es blanca y como blanca pura:
la entraña hierve en inflamado anhelo;
y sobre el horno aquel contrasta el hielo,
cual sobre una pasión un alma dura.

Los volcanes son túmulos de piedra,
pero a sus pies los valles que florecen
fingen alfombras de irisada yedra;

y por eso, entre campos de colores,
al destacarse en el azul, parecen
cestas volcadas derramando flores.

José Santos Chocano (Perú, 1875 – 1934). 

sábado, 25 de junio de 2016

Jorge Debravo. Desvestido.

Una chica desvistiéndose 
André Bertounesque (1937 - 2005)

La noche, deseosa, apenumbrada,
te quitó sin pensar las zapatillas...

y -por sentirse blanca y alumbrada-
desnudó blancamente tus rodillas.



Luego -por diversión, sin decir nada-
la noche se llevó tu blusa larga
y te arrancó la falda ensimismada
como una cosa tímida y amarga.



Después te colocaste travesura:
desnudaste tus pechos por ternura
y -hablando de un amor vago, inconexo-



porque sí y porque no, a medio reproche,
desnudaste también, entre la noche
la noche pequeñita de tu sexo.


Jorge Debravo (Costa Rica, 1938 – 1967). 

viernes, 24 de junio de 2016

Armando Uribe Arce. El vello púdicamente llamado púbico...

El origen del mundo (1866)
Gustave Courbet (Francia, 1819 - 1877)
Óleo sobre lienzo
Museo de Orsay, París, Francia.

El vello púdicamente llamado
púbico es bello cuando suavemente
como raíces de hierbas con hierbas
vivas se mecen subiendo hacia el vientre,
deteniéndose en su ingle coronado
mientras la vulva dice que no se entre
todavía al ensueño, y tú te enervas
frente al monte de venus sedicente.

(de Verso bruto, 2002)

Armando Uribe Arce (Chile, 1933).

jueves, 23 de junio de 2016

Claudio Rodríguez García. Nocturno de la casa ida.

 
Casa blanca en la noche (1890)
Vincent Van Gogh (1853 - 1890)
Óleo sobre lienzo
Museo del Hermitage, San Petersburgo, Federación Rusa.

Es la hora de la puesta,
cuando el olor del viento de levante
está perdiendo intimidad, y apenas
si una cadencia a pino joven, a humo
de caserío, a heno,
a luz muy poco amiga
que está perdiendo poco a poco su alma
entre codicia y libertad en torno
a las nubes de falsa platería,
y mis pies destemplados
andando antes de tiempo
en la sublime soledad, en la alta
sequía, este olor claro
me orienta y da...
Estoy llegando tarde. Es lo de siempre.
Llega el deseo de la claridad,
del silencio maldito ya muy cerca
como aleteo en lunación de alba.
Y no hay manera de salvar la vida.
Y no hay manera de ir donde no hay nadie.
Voy caminando a sed de cita, a falta
de luz.
Voy caminando fuera de camino
¿Por qué el error, por qué el amor y dónde
la huella sin piedad?
Ahora que estoy mirando el cielo verdadero
aquí, a la vuelta
de esta calle,¿qué pasa?
¡Si se me cae encima como entonces
y lo que era infinito y aventura
y la velocidad de la inocencia
y el resplandor de lo que fue prodigio
y que me dio serenidad y ahora
tanta alegría prisionera!... Quiero
sostenerlo un momento, levantarlo
con la mirada, hasta
con la respiración, con el latido,
cielo a cielo,
vida a vida.
Se está haciendo de noche. Y qué más da.
Es lo de siempre pero todo es nuevo.
Tiembla como un sagrado
rocío, ya muy lejos
de los sentidos.
Hay un suspiro donde ya no hay aire,
hay un secreto haciéndose más claro
entre maldad de cuna y la primicia
del trébol de esta noche
de San Juan, la más clara
del año: la naranja
de junio.
Y las estrellas de blancura fría
en el espacio curvo
de la gravitación, y la temperatura,
las leyendas de las constelaciones,
la honda palpitación del cielo entero
y su armonía sideral y ciencia,
están entrando a solas
con un dominio silencioso y bello,
vívido en melodía
en esta casa.
Está entrando la noche, está sonando
en cada grieta, en cada fisura,
en cada ladrillo bien cocido a fuego,
en la pared con fruto con tensión hueca en temple,
en la arena del cuarzo,
en la finura de la cal, el yeso,
el hormigón traslúcido,
la arcilla ocre con el agua dentro,
el hierro dulce...
Es la desconfianza en la materia.
Es la materia lejos de los hombres
que no se hace a sí misma y se está haciendo.
Es la materia misma la que miente
como la avena loca del recuerdo,
como el delirio del cristal nocturno,
las ventanas del cielo,
presentimiento de la soledad.
Ven noche mía, ven, ven como antes
vivifica y deslumbra
tanto tiempo.
¿Dónde el crisol sin lúpulo
del horno de la oración, de la ofrenda y del rito?
¿Dónde el cielo recién aparecido
y recién sorprendido
por las estrellas que son siempre jóvenes?
Pero ya sin destino ahora mi cuerpo,
aún muy al filo de la media luz,
pierde armonía.
Y esta casa es un templo como la noche abierta
en música y en cruz,
la vibración del tallo del almendro,
la piel de la manzana
y la ceniza blanca, ya sin humo,
la miel sin muerte del romero, el rubio
gallo de pluma fina,
el arco iris de trucha,
el ámbar de los ojos y el aullido
del lobo de Sanabria,
la cocina y la anguila
de Navidad, la nata
y la harina pequeña...
es la germinación bien soleada
de las ramas en rezo y desafío
entre bautismo y réquiem,
junto a dinero y sexo.
Ve la fulminación, la exhalación,
el sepulcro vacío y el sudario doblado,
la sábana de lino,
la reverberación de la resina,
de la mirra y el áloe
en el cuerpo desnudo ya sin tiempo
como polvo estelar y profecía,
con un temblor de manatial nosturno
violeta y azul.
Esta casa, esta noche
que se penetran y se están hiriendo
con no sé qué fecundidad, qué agua
ciega de llama
con trasparencia y trasfiguración,
con un silencio que ya no veré nunca.
¡Canten por fin las puertas y ventanas
y las estrellas olvidadas, cante
la luz del alma que hubiera querido,
lo volandero que es lo venidero
como canto de alondra en esta noche
de la mañana de San Juan y suene
la flauta nueva de las tejas curvas
en la casa perdida;
suene el olor a ala y a pétalo de trébol,
y la penumbra revivida, suenen
el arpa y el laúd junto al destello
de las sábanas, junto
al ojo y la yema
de un solo de violín, ágil de infancia;
suenen la escala, el tiempo, los arpegios,
los nudos y las cuerdas, la resonancia seca
de cada mueble y cada sueño,
los anillos del polvo y la madera
de la familia a oscuras,
la danza de las voces, el tañido
de la traición!
Suene por fin este aire de planicie
hasta que se abra la mañana entera,
hasta que ahora se abra, se está abriendo
no sé qué gratitud,
qué crueldad en flor.
Esta casa, esta noche...
Dejadme en paz. Adiós. Ya es nuevo día.

(De Casi una leyenda, 1991)


Claudio Rodríguez García (España, 1934 – 1999)

miércoles, 22 de junio de 2016

Elicura Chihuailaf Nahuelpán. We tripantu (Año nuevo mapuche. Nueva salida del Sol).

Astro creador de mi pueblo (1968)
Santos Chávez Alister Carinao (1934 - 2001)
Xilografía

We tripantu

Meli, meli. Meli,meli
Kiñe trafoy metawe mew
mvley Antv
Pu rvmentu mew mvley pizeñ
ellkawligvn ñi lonko egvn
ka femlu trokifiñ pu witrunko
Nieñmaperkelaeymu kvfvkvfvn
mi piwke
We Tripantu!, pi pu malen
ka ti mulfen nvayu mawvn
Wiñon, pifiñ egvn
fewla pichi wentru ta iñche
Pefimvn ti choyke?
Kvpalmvn make ka triwe
awkantuyiñ awarkuzen awkantun
Meli, meli. Meli, meli
Pvtokyiñ muzay, mvna azy
Wenu Mapu
Mvley pu aliwen ñi mutrung lien
(feymu azkintuley kom ñi Pewma
ka tvfey chi pu lewfv nawpay
Kvyen mu)
Meli, meli. Meli, meli
Eymi iñchu umawtuley Mapu Ñuke
ka puliwen fiskv ko
gaw ta tvfey
Meli, meli. Meli, meli
Ya!, zew mitray ta Antv.

Año nuevo mapuche
(Nueva salida del Sol)


Cuatro, cuatro. Cuatro, cuatro
y el Sol en un cántaro quebrado
Entre las hierbas las aves
esconden sus cabezas
y parece que la vertiente
posee el murmullo de tu corazón
We Tripantu!, dicen las niñas
y el rocío recogerá la lluvia
He vuelto, les digo
ahora soy un niño
¿Han visto al avestruz?
Traigan plantas, traigan flores
juguemos los juegos de los
Antepasados
muzay bebamos, que hermosos
en el cielo
están los árboles con sus troncos
de plata
(en ellos se miran estos Sueños
y los ríos que caen de la Luna )
Cuatro, cuatro. Cuatro, cuatro
Contigo he estado despierto
Madre Tierra
y en la mañana el agua fresca
es una constelación
Cuatro, cuatro. Cuatro, cuatro
¡Ya!, ha descansado el Sol.
Elicura Chihuailaf Nahuelpán (Chile, Quechurewe, 1952).

martes, 21 de junio de 2016

Matsuo Bashō, Yosa Buson, Kobayashi Issa. Haikús de invierno.

 
Escena de invierno
Utagawa Hiroshige (Japón, 1797 - 1858)
(de la serie Cincuenta y tres estaciones del Tokaido (Tôkaidô gojusan tsugi ningún uchi), 
también conocida como la Primera Tôkaidô o Gran Tôkaidô)
Grabado en madera; tinta y color sobre papel.
Colección William Sturgis Bigelow, Museo de Bellas Artes de Boston, Boston, Estados Unidos.

Matsuo Bashō (Japón, 1644 – 1694).

Una helada noche de lágrimas
El sonido del remo
Golpeando la ola.

*

La primera lluvia del invierno,
y mi nombre debería ser,
"Viajero."

*

La tempestad de invierno
Se escondió entre los bambúes,
Y amainó en silencio.

*

La desolación del invierno:
En un mundo de un color
El sonido del viento.

*

Retiro invernal; 
En la pantalla dorada,
El
pino envejece.

****************************************


Yosa Buson (Japón, 1716 – 1784)

La luna del invierno:
Un templo sin puerta, 
¡Qué alto está el cielo!

*

La lluvia del invierno
Nos muestra lo que hay ante nuestros ojos,
Como si perteneciera al pasado.


La tempestad del invierno
Arrastra pequeñas piedras
Contra la campana del templo.


La tormenta de invierno, 
La voz del agua impetuosa,
Desgarrada por las rocas.

*

Un viento glacial:
De pronto el caballo tropieza
En el camino de vuelta a casa.

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Kobayashi Issa (Japón, 1763 – 1827)

La luna creciente
Está torcida y encorvada
Penetrante es el frío.

*

En la tempestad del invierno,
Alguien llama al masajista
En vano.

*

Bajo la fría lluvia,
Por amor a los demás,
¡Ten Piedad Buda!

*

Este fuego de carbón;
Nuestros años decaen
Igual.


*

Música sagrada en la noche;
Hasta las hogueras 
Caen revoloteando las hojas teñidas.

lunes, 20 de junio de 2016

Pablo Neruda. Oda a la crítica.

La crítica
Julio Ruelas (México, 1870 - 1907).
Aguafuerte
Museo Nacional de Arte, Ciudad de México, México.

Yo escribí cinco versos:
uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era
corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura.

Y bien, los hombres,
las mujeres,
vinieron y tomaron
la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa
construyeron paredes, pisos, sueños.
En una línea de mi poesía
secaron ropa al viento.
Comieron
mis palabras,
las guardaron
junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.
Entonces
llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos,
elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente
vestidos de cadáveres,
algunos partidarios
del rey y su elevada monarquía,
otros se habían
enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
y entre todos
se lanzaron
con dientes y cuchillos,
con diccionarios y otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron
a disputar mi pobre poesía
a las sencillas gentes
que la amaban:
y la hicieron embudos,
la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego
se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura
porque no fue bastante
popular para ellos
o impregnados de dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas
se retiraron
todos
y entonces,
otra vez,
junto a mi poesía
volvieron a vivir
mujeres y hombres,
de nuevo hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron
relámpago y anillo.
Y ahora,
perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.


Pablo Neruda (Chile, 1904 – 1973).