Pintura y poesía

Pintura y poesía

lunes, 31 de agosto de 2015

Jorge Carrera Andrade. Versión de la Tierra.

La cosecha
Pieter Bruegel el Viejo
Óleo sobre panel
Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, Estados Unidos.

Bienvenido, nuevo día:

Los colores, las formas
vuelven al taller de la retina.
He aquí el vasto mundo

Con su envoltura de maravilla:
La virilidad del árbol.
La condescendencia de la brisa.
El mecanismo de la rosa.

La arquitectura de la espiga.
Su vello verde la tierra

sin cesar cría
la savia, invisible constructora,

en andamios de aire edifica
y sube los peldaños de la luz
en volúmenes verdes convertida.
El río agrimensor hace

el inventario de la campiña.
Sus lomos oscuros lava en el cielo
La orografía.
He aquí el mundo de pilares vegetales

y de rutas líquidas,
de mecanismos y arquitecturas
que un soplo misterioso anima.
Luego, las formas y los colores amaestrados,

el aire y la luz viva
sumados en la Obra del Hombre,
vertical en el día.


 Jorge Carrera Andrade (Ecuador, 1903 – 1978)

domingo, 30 de agosto de 2015

Jorge Luis Borges. Las cosas.

Sombras
Ricardo Renedo
Óleo sobre lienzo
Segovia, España.

El bastón, las monedas, el llavero, 
la dócil cerradura, las tardías
Notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido. 

Jorge Luis Borges (Argentina, 1899 – 1986)

sábado, 29 de agosto de 2015

Luis de Góngora. A Francisco de Quevedo. / Francisco de Quevedo. Soneto a Luis de Góngora.

Luis de Góngora
Diego Velázquez
Óleo sobre lienzo
Museo de Bellas Artes, Boston, Estados Unidos

A Francisco de Quevedo

Anacreonte español, no hay quien os tope,
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope.

¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego.


Luis de Góngora (España, 1561 – 1627)


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Francisco de Quevedo
Diego Velázquez
Óleo sobre lienzo
Colección privada

Soneto a Luis de Góngora
Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;

apenas hombre, sacerdote indino,
que aprendiste sin cristus la cartilla;
chocarrero de Córdoba y Sevilla,
y en la Corte bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;
aunque aquesto de escribas se te pega,
por tener de sayón la rebeldía.

Francisco de Quevedo (España, 1580 – 1645)

viernes, 28 de agosto de 2015

Giacomo Leopardi. Canto I: A Italia.

Los triunfos de César (Cuadro II)
Andrea Mantegna
Óleo sobre lienzo
Palacio de Hampton Court (Royal Collection), Reino Unido.


¡Italia mía! Miro muros, arcos,
columnas, simulacros, las caídas
torres de nuestros padres;
mas no encuentro la gloria,
ni el hierro y los laureles que abrumaban
a nuestros ascendientes. Hoy, inerme
el seno muestras y la sien desnuda;
¡cielos! ¡Cuántas heridas!
¡Qué mortal lividez! oh, cuál te veo,
¡bellísima mujer! Al cielo digo
y al mundo: ¿quién la puso
en tal miseria? Y por mayor afrenta
duras cadenas cíñenle los brazos.
Así, suelto el cabello, el velo roto
yace en tierra doliente y olvidada,
y la faz escondida
en el regazo, llora.
¡Llora, Italia infeliz! justo es que llores,
tú, que a todos venciste
en las dichas al par que en los dolores.

Si dos fuentes vertieran tus pupilas,
nunca pudiera el llanto
igualarse a tu mal y a tu vergüenza:
que de señora descendiste a esclava.
¿Quién recuerda tu historia
que, contemplando tu esplendor pasado,
no diga: su grandeza ya no existe?
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Dó está la antigua fuerza,
las armas, el valor y la constancia?
¿Quién te robó tu acero?
¿Quién te entregó? ¿Qué dolo, qué artificio,
o qué poder tan grande
te arrancaron el manto y la diadema?
¿Cómo caíste, y cuándo
de tanta altura a tan profundo abismo?
¿Nadie lidia por ti? ¿No te defiende
hijo ninguno? ¡Al arma! ¡Al arma! solo
entraré en lucha, rendiré la vida
y que mi sangre sea
fuego a nuestra nación adormecida.

¿Dó tus hijos están? Oigo son de armas,
y de carros, y voces, y timbales;
en extrañas regiones
luchan tus descendientes.
Escucha, Italia, escucha. ¿No divisas
un fluctuar de infantes y caballos,
y polvo, y humo, y fulgurar de aceros,
cual rayo entre las sombras?
¿No te animas? ¿las trémulas miradas
por qué no fijas en la incierta lucha?
¿Por quién, allá, combate
la ítala juventud? ¡Númenes sacros!
¡Sirven a otra nación nuestros aceros!
¡Mísero el hombre que rindió la vida
no por el patrio nido y por la amada
esposa e hijos caros,
mas por extraña gente,
y que morir no puede, balbuciendo:
¡alma tierra natía!
¡Tú me diste el vivir: yo te lo ofrendo!

Venturosa la edad en que corrían
a morir por la patria
los animosos pueblos en legiones!
¡Y tu siempre glorioso y venerando,
oh tesálico estrecho,
do la Persia y el Hado menos fuertes
fueron que pocas almas generosas!

Fínjome que los troncos y las piedras
y el mar y la montaña, al pasajero
con indistintas voces
aún narran cómo la legión invicta
cubrió el lugar sangriento
de cuerpos a la Grecia consagrados,
feroz y vil entonces
Jerjes cruzaba el Helesponto en fuga,
ludibrio a nuestros nietos más lejanos,
en la cima de Antela, do muriendo
burló a la muerte la legión divina,
Simónides se alzaba
mirando el cielo, el campo y la marina.

Y bañado de lágrimas el rostro,
ansioso el pecho, el paso vacilante,
empuñaba la lira:
«¡Oh felices vosotros
que el pecho disteis a enemiga lanza,
en homenaje a la que os dio la vida!
Os honra Grecia y os admira el mundo.
En medio de los azares,
¿qué amor movió las juveniles mentes
y a temprano morir llevaros pudo?
¿Cómo tan dulce, oh hijos,
os fue la hora final, que sonriendo
fuisteis al trance lamentable y duro?
¡Dijérase que al baile y no a la muerte
ibais vosotros, o a festín glorioso,
y en cambio, os esperaban
el orco y la onda muerta!
Ni visteis a la esposa y al querido
hijo, cuando en la playa
sin un beso moristeis, ni un gemido.

«Mas no del Persa sin horrendo duelo,
e inacabable angustia:
como león en medio de un rebaño,
la res asalta y le desgarra el lomo
con la potente zarpa,
y a otras los flancos y los muslos muerde,
tal, en medio de los persas, se encendía
la rabia en los helenos corazones.
Mira en tierra caballo y caballero;
obstáculo a la fuga
los carros son y derribadas tiendas;
de los suyos al frente
huye el tirano, desgreñado y mustio,
y bañados y tintos
en la sangre del bárbaro los griegos,
motivo al persa de infinito llanto,
vencidos por sus llagas, desfallecen
y uno sobre otro mueren. ¡Viva! ¡Viva!
¡Oh felices vosotros
mientras la humanidad hable o escriba!

«Primero, de los cielos desprendidos,
cayendo al mar, estallarán los astros
que el amor y la gloria
que conquistasteis, mengüen.
Vuestra tumba es un ara. Aquí la madre
vendrá a mostrar al párvulo la hermosa
huella de vuestra sangre. ¡Yo, postrado
¡héroes! sobre este suelo,
el césped beso y las desnudas rocas,
que alabadas serán eternamente
del uno al otro polo.
¡Ah! ¡Si yo aquí yaciera y si regado
hubiera con mi sangre esta alma tierra!
Mas si mi suerte es otra y no permite
que por la Grecia los murientes ojos,
cierre en la lid cruenta,
que a lo menos la intacta
fama del vate que os cantó, perdure
y el numen le conceda
tanto durar cuanto la vuestra dure».

Giacomo Leopardi (Italia 1798 – 1837)

jueves, 27 de agosto de 2015

Carlos Enrique Ungo. El unicornio existe, amor.

La Dama del Unicornio
Rafael Sanzio
Óleo sobre lienzo sobre madera
Galería Borghese, Roma, Italia.

El unicornio existe amor
es la risa de los niños
el milagro de un beso
la caricia que quema
las alas tibias de un sueño.

El unicornio existe amor
es la poesía de todos
el canto de las aves
el rumor de la tierra
el perfume de las flores.

El unicornio existe amor
es el eco de tu nombre
la agonía de tu ausencia
el manto tibio de tus manos
la rosa sagrada de tu sexo.

El unicornio existe amor
es la luz de tu mirada
las estrellas de tu noche
el suave mar de tus cabellos
el territorio prohibido de tu cuerpo.

El unicornio existe amor
y resurge brioso
salvaje
victorioso
cuando mi boca pronuncia tu nombre.

Carlos Enrique Ungo (El Salvador, 1963)

miércoles, 26 de agosto de 2015

Sor Juana Inés de la Cruz. Detente sombra.

Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz
Miguel Mateo Maldonado y Cabrera (Miguel Cabrera)
Óleo sobre lienzo
Museo Nacional de Historia, Castillo Chapultepec, México.

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía. 



Sor Juana Inés de la Cruz (México, 1651 – 1695)

martes, 25 de agosto de 2015

Pedro Shimose. Los camaleones invaden las catedrales.


La familia Solà en Puigcerdà
Francesc Miralles
Óleo sobre lienzo
Colección privada, Barcelona, España.

Conciben la vida como una partida de ajedrez.
La existencia es un cálculo. No duermen; no aman.
Nacieron con el corazón manchado, sin luz en la mirada,
y viven al acecho, welcome mister, congratulations!
y viven acosados por el color de las circunstancias.

Les sobra astucia, saben elegir el momento oportuno,
las palabras adecuadas, el tono conveniente, el ademán preciso,
halagan, mienten, se desprecian, estudian, aparentan,
buscan el fulgor de las cámaras, la estridencia,
flash sonríe flash posa flash
resplandor efímero okey! trepan peldaños, se van por las ramas,
buscan las lentejuelas de la fama, leen informes reservados, sonríen, visten a la moda, 
buscan sus nombres en las crónicas sociales,
corren, husmean el aire, por las dádivas trotan,
escriben en los diarios, avanzan, retroceden, sonríen,
son discretos,
solicitan audiencias, dan consejos, afinan la puntería,
disparan, van a misa, son como los gatos, saludan, dan la mano,
siempre caen de pie, aclaran la voz, ejem, la impostan, la modulan,
piensan dos, cien, mil veces, no duermen, como los búhos, piensan,
viven agazapados en el color, en catedrales sombrías y vacías.

A su paso se abren las grandes puertas de la nada.

Pedro Shimose (Bolivia, 1940)

lunes, 24 de agosto de 2015

Manuel Scorza. Epístola de los poetas que vendrán.

Manifestación
Antonio Berni
Temple sobre arpillera
Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), Argentina.

Tal vez mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
tal vez mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas
por donde venía la ardiente cólera.

Yo respondo:
por todas partes oíamos el llanto,
por todas partes nos sitiaba un muro de olas negras.
¿Iba a ser la Poesía
una solitaria columna de rocío?
Tenía que ser un relámpago perpetuo.

Mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire el pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras llueva sobre el pecho de los mendigos,
mi corazón no sonreirá.

Matad la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
No digáis el romance de los lirios.
Hay cosas más altas
que llorar amores perdidos:
el rumor de un pueblo que despierta
¡es más bello que el rocío!
El metal resplandeciente de su cólera
¡es más bello que la espuma!
Un Hombre Libre
¡es más puro que el diamante!

El poeta libertará el fuego
de su cárcel de ceniza.
El poeta encenderá la hoguera
donde se queme este mundo sombrío.

Manuel Scorza (Perú, 1928 – 1983)

domingo, 23 de agosto de 2015

Jaime Sabines. Yo no lo sé de cierto…

Cenizas 
Edvard Munch
Óleo sobre lienzo
Museo Ncional de Estocolmo, Suecia.

Yo no lo sé de cierto, pero supongo 
que una mujer y un hombre 
un día se quieren, 
se van quedando solos poco a poco, 
algo en su corazón les dice que están solos, 
solos sobre la tierra se penetran, 
se van matando el uno al otro. 

Todo se hace en silencio. Como 
se hace la luz dentro del ojo. 
El amor une cuerpos. 
En silencio se van llenando el uno al otro. 
Cualquier día despiertan, sobre brazos; 
piensan entonces que lo saben todo. 
Se ven desnudos y lo saben todo. 
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)


Jaime Sabines (México, 1926 – 1999)

sábado, 22 de agosto de 2015

Víctor Domingo Silva. Al pie de la bandera.

Los tijerales
Waldo Vila Silva
Óleo sobre tela
Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago, Chile.

¡Ciudadanos!
¿Qué nos une en este instante?
¿Quién nos llama? 
¿encendidas las pupilas y frenéticas las manos? 
¿a qué viene ese clamor que por el aire se derrama 
y retumba en el confín? 
No es el trueno del cañón; 
No es el canto del clarín: 
es el épico estandarte, es la espléndida oriflama, 
es el patrio pabellón que halla en cada ciudadano un paladín.

¡Oh!, Bandera! 
¡La querida, la sin mancha, la primera 
entre todas las que he visto!… 
¡Cómo siento resonar, 
no en mi oído, sino dentro de mi ardiente corazón, 
tu murmullo que es alerta y es arrullo; 
tu murmullo, que es consejo en las tertulias del hogar 
y que en medio de las balas es rugido de león!

¡Cómo siento que fulgura; con qué ardores, 
la gloriosa conjunción de tus colores, 
flor de magia, hecha de fuego, de heroísmo, de ideal! 
¡La bandera! La soñamos inmortal 
con su blanco, con su rojo, y con su azul, 
en que descuella perla viva y colosal, 
esa estrella arrancada para ella al océano de luz del cielo austral!

La hemos visto desde niño; la queremos 
como amamos a la novia, con supremos 
arrebatos, con ternura, con unción. 
Ella vive palpitante en las visiones familiares 
de los días escolares. 
Y, al mirarle hecha jirones, nos parece 
que ella grita al desgarrarse porque mece 
lo que aún queda en nuestras almas de esperanza, de ilusión.

¡Todo pasa! Viento trágico y siniestro
padre noble, dulce madre, tibio hogar.
¡Somos huérfanos! Erramos, dolorosos peregrinos,
por insólitos caminos y al azar…
¡La bandera! ¿Quién olvida 
que ella ha sido como un hada para nuestra edad florida? 
¿Quién, al verla que, a pleno aire, se levanta 
no la advierte como un alma enamorada de la vida? 
¿De qué trémula garganta, 
en los grandes días patrios, 
se escapó una nota sola 
que no haya respondido 
como el eco más sentido 
la bandera que tremola 
en lo alto de una madero carcomido 
de la escuela, del cuartel o del torreón?

¿Qué muchacho, entre la gresca vocinglera 
de Septiembre, malamente disfrazado 
de soldado 
no ha jurado 
convertirse en un héroe patrio y defender de su bandera 
hasta el último jirón?

¡Oh, bandera! ¡Trapo santo! 
hay ingratos que te niegan, que se burlan de tu encanto 
con que envuelves y fascinas; que no 
entienden el lenguaje 
de tu risa y de tu llanto.

Mientras tanto, yo sé bien que no hay ninguno que nostálgico te mire, 
y no tiemble, y no suspire. 
Y no llore en tu homenaje! 
Yo sé bien que a más de un pobre desterrado 
toda el alma en un sollozo has arrancado 
cual se arranca el duro hierro de una herida 
cuando errante por naciones extranjeras 
con el fardo del dolor 
ha observado que, entre un bosque de banderas, 
sólo falta la que amó toda su vida: 
¡la bandera tricolor!

Yo sé bien lo que se siente cuando, a solas, 
desde un barco, mar afuera, entre las olas, 
se percibe la silueta de un peñón 
y sobre él, a todo viento, la bandera, 
la bandera que saluda cariñosa, 
la bandera que es la madre, que es la esposa, 
el hogar, la Patria entera, 
que va oculta en nuestro propio corazón!

Yo no sé cuándo es más grande la Bandera: 
si en el campo de batalla, 
inflamada por relámpagos de cólera guerrera 
y deshecha por el plomo y la metralla, 
o en lo alto tijeral del edificio 
y donde es como un heraldo de alegría 
que levanta, en plena urbe, su armazón, 
porque no se ha consumado el sacrificio 
del que rige, con heroica bizarría, 
el compás de su martillo por el ritmo del pulmón.

Sólo sé que para ella siempre el mismo 
cualquier gesto de heroísmo; 
que ella cubre con la misma majestad a unos y otros; 
la bandera es madre –es hembra!- 
y, si en medio de los vivos a menudo el odio siembra, 
por encima de los muertos sólo arroja su piedad.

¡Ciudadanos! 
Que no sea la bandera en nuestras manos ni un ridículo juguete, 
ni estúpida amenaza ni un hipócrita fetiche, ni una insignia baladí. 
Veneremos la bandera como el símbolo divino de la raza; 
adorémosla con ansia, con pasión, con frenesí, 
y no ataje en nuestro paso, mina, foso ni trinchera 
cuando oigamos que nos grita la bandera: 
"!Hijos míos! ¡Defendedme! ¡Estoy aquí!"

Víctor Domingo Silva (Chile, 1882 - 1960)

viernes, 21 de agosto de 2015

Gonzalo Rojas. Desocupado lector.

El lector
Ferdinand Hodler
Óleo sobre lienzo
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, España.

Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida: la muchacha
es herida, el olor
a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez
de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo
gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos
números de la danza es
herida, la barca
del encantamiento con Maimónides al timón es herida, aquel
diciembre 20 que me cortaron de mi madre es herida, el sol
es herida, Nuestro Señor
sentado ahí entre los mendigos con esa túnica irreconocible por el cauterio del psicoanálisis es herida, el
Quijote
a secas es herida, el ventarrón
abierto del Golfo contra la roca alta es
herida, serpiente
horadante del Principio, mar
y más mar de un lado a otro, Kierkegaard y
más Kierkegaard, taladro
y por añadidura herida; la
preñez en cuanto preñez en la preciosidad de su copa es
herida, el ocio
del viejo río intacto donde duermen inmóviles los mismos peces
velocísimos es
herida, la Poesía
grabada a fuego en los microsurcos de mi cerebro de niño es herida, el hueco
de 1.67 justo en metros de rey es herida, el éxtasis
de estar aquí hablando solo en lo bellísimo de este pensamiento de
nieve es
herida, la evaporación
de la fecha de mármol con el padre adentro
bajo los claveles es
herida, el carrusel
pintarrajeado que fluye y fluye como otro río de polvo y otras
máscaras
que vi en Pekín colgando en la vieja calle de Cha Ta-lá
cuya identidad comercial de 2.500 años de droga y ataúdes rientes
no se discute, es
herida; la cama en fin
que allí compré, con dos espejos para navegar, es herida,
la
perversión
de la palabra nadie que sopla desde las galaxias es herida, el Mundo
antes y después de los Urales es
herida, la hilera
de líneas sin ocurrencia de esta visión
sin resurrección es herida. Cumplo
entonces con informar a usted que últimamente todo es herida.


A Julio Fermoso.

Gonzalo Rojas (Chile, 1917 – 2011)

jueves, 20 de agosto de 2015

Octavio Paz. El sediento.

La gran ola de Kanagawa
Katsushika Hokusai
Grabado
Museo Metropolitano de Arte, Nueva York, Estados Unidos.

Por buscarme, Poesía, en ti me busqué:
deshecha estrella de agua,
se anegó en mi ser.
Por buscarte, Poesía,
en mí naufragué.

Después sólo te buscaba
por huir de mí:
¡espesura de reflejos
en que me perdí!

Mas luego de tanta vuelta
otra vez me vi:
el mismo rostro anegado
en la misma desnudez;
las mismas aguas de espejo
en las que no he de beber;
y en el borde del espejo,
el mismo muerto de sed.


Octavio Paz (México, 1914 – 1998)

miércoles, 19 de agosto de 2015

Julia Prilutzky Farny. Yo digo: estoy cansada de la lluvia...

Puente de Waterloo, Efecto de Niebla
Claude Monet
Óleo sobre tela
Museo del Hermitage

Yo digo: estoy cansada de la lluvia,
de la neblina, de la bruma incierta.
Quiero volver al sol y estar contigo
simplemente, en la arena.
Comienzo a odiar el gris, me estorba el humo
y sé que la ceniza es harapienta.
Quiero mares de añil, y no estos ríos
hechos como de lodo y de miseria.
Cansada de llevar el duelo
de todas las penumbras, y las nieblas;
quiero un cielo con nubes en retazos
y una noche de estrellas.
Ah, no sentir temor de ser la llama:
no, ni de arder, ni de quemarse en ella.
Toda la vida fue un interrogante
sin eco ni respuesta,
todas las horas fueron lejanías:
hoy quiero ser por fin, una presencia.

Julia Prilutzky Farny (Ucrania/Argentina, 1912 – 2002)

martes, 18 de agosto de 2015

Alejandra Pizarnik. La jaula.

René Magritte
La memoria
Óleo sobre lienzo
Colección del Estado belga. 

Afuera hay sol. 
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas. 

Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936 – 1972)

lunes, 17 de agosto de 2015

Carmen Ollé. Las personas creen en la sabiduría.

Franciszek Zmurko
Retrato de una mujer con abanico y cigarillo
Óleo sobre lienzo
Museo Nacional de Poznan. Polonia.

A los cuarenta estoy con un palmo de nariz.
Me apena haber leído tanto y no haber consumado
el placer. Regenta de mi cuerpo, de esta piel bajo la
que fluye el aceite.
Nada a mi alrededor, sólo una hija tierna
- benignos otoños -
Finjo lo que no sé, soy una actriz, mi trabajo
es perverso. He amado menos de lo que supe amar,
en las tardes es el silencio; de noche, el silencio
y el sueño.

Carmen Ollé (Perú, 1947)

domingo, 16 de agosto de 2015

Guillermo López Borges. Poema para campear

Mujer cavando un huerto
Camille Pissarro
Óleo sobre lienzo
Colección privada

A veces parece que la abuela llama al tío 
desde la casona de tablas y palma seca 
Y siento que trae ya la cal para purificarnos 

Su figura se distingue, machete en mano 
muy por encima de todo 
Tan diminuta 

Abuela 
trae ese machete 
que con tres golpes limpios 
corta la mala hierba, los grandes 
fantasmas, las ramas bajas, el miedo de todos 

Tráelo, que este atado es cada día mayor 
Pero cerciórate de su buen filo 
pásale los dedos con delicadeza 
porque nunca lo he podido hacer sin herirme 

Llévame luego al pozo 
que solo no me dejas ir 
Vamos a tirar lo mucho contra su fondo 
Tápalo muy bien con el tablón grande 
para que la niña no se nos caiga 
y ese hueco me deje sin hermana 

Abuela, al fin lo sé 
no hay ningún negro en la noche del jardín 
nadie sostiene a los cocuyos 
nadie quiere robarnos 
a la niña y a mí 

En Los Angeles -tú no sabes 
qué lugar es ese 
ni falta que te hace- 
hay también muchas luces 
erguidas por ladrones 
que no son cocuyos 
ni roban solo niños 
ni son solo negros 
Son de sitios 
que jamás existirán para ti 

Cuando descuarticemos la carga 
y terminemos la tarea, al regreso del pozo 
llévame con Tere al río -cañada dices tú 
Pero yo, que lo recuerdo bien, sé que es río 
Luego déjanos coger ciruelas y comer guayabas 
Cuéntanos de los españoles y de su gran cuartel 

Háblanos del incendio 
que sólo tú pudiste sofocar 
de tus pocos viajes a la capital 
de lo tanto que nos quieres 
que hoy, te daremos un beso 
al dormir, para tenerte mejor 

Alguien quedará 
y no podrán decir que no sucedió 
No serán los buenos actos 
lo que vendrán a juzgar 
Tampoco los errores 

En la mesa dispuesta a cada hora 
alguno se sentará sobre el mantel 
a colocar tu vida, a disponerla con esmero 
entre las muy bien dobladas servilletas 

Podrás demostrar una vez más 
tu condición de ser una sola 
siempre poderosa, bastante 

Más que suficiente

Guillermo López Borges (Cuba, 1952)