Pintura y poesía

Pintura y poesía

viernes, 31 de julio de 2015

Graciela Huinao. Ngillatun lafken meu (Ngillatun en la costa).

Guillatún
Jorge Ildefonso Cabrera Navarrete
Óleo sobre lienzo
Chile

Ngillatun en la costa

Para poner tranca a la miseria
cada cierto tiempo 
los williche de la costa
desclavan de sus ruka las penas.
Se descuelgan de la historia
y a Pukatriwe llegan
espantando con el Ngillatun
al maligno espíritu del hambre
que va en estampida por la cordillera.
Los williche y el mar
en vigilia
comulgan tiempos de miseria.
Ngillatun lafken meu

Sechuam ñi ngüñün engün
kiñeke meu
chi pu williche lafken meu mülelu
entukülafakeingün ñi weñangkün ruka meu.
Entupültrüu-küpalkeingün
ka puukeingün Pukatriwe meu
wemüalu Ngillatun meu
chi wesake püllü ngüñün meu
yalal amulelu pire mapu meu.
Chi pu williche ka chi lafken
kuñiutukuniewingün.


Graciela Huinao (Chile, Chaurakawin, 1956)

jueves, 30 de julio de 2015

Julia de Burgos. Río Grande de Loíza.

Ser de pintura
José Manuel Darro
(basado en el poema Río Grande de Loíza de Julia Burgos)
Óleo sobre tela
España
http://issuu.com/jmdarro/docs/catalogo_jose_m._darro 

¡Río Grande de Loíza!... Alárgate en mi espíritu
y deja que mi alma se pierda en tus riachuelos,
para buscar la fuente que te robó de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al sendero.

Enróscate en mis labios y deja que te beba,
para sentirte mío por un breve momento,
y esconderte del mundo, y en ti mismo esconderte,
y oír voces de asombro, en la boca del viento.

Apéate un instante del lomo de la tierra,
y busca de mis ansias el íntimo secreto;
confúndeme en el vuelo de mi ave fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis ensueños.

¡Río Grande de Loíza!.. Mi manantial, mi río,
desde que alzóse al mundo el pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas cuestas
a buscar nuevos surcos, mis pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños.

Llegó la adolescencia. Me sorprendió la vida
prendida en lo más ancho de tu viajar eterno;
y fui tuya mil veces, y en un bello romance
me despertaste el alma y me besaste el cuerpo.

¿Adónde te llevaste las aguas que bañaron
mis formas, en espiga del sol recién abierto?
¡Quién sabe en qué remoto país mediterráneo
algún fauno en la playa me estará poseyendo!

¡Quién sabe en qué aguacero de qué tierra lejana
me estaré derramando para abrir surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder corazones,
me estaré congelando en cristales de hielo!

¡Río Grande de Loíza! Azul, Moreno, Rojo.
Espejo azul, caído pedazo azul del cielo;
desnuda carne blanca que se te vuelve negra
cada vez que la noche se te mete en el lecho;
roja franja de sangre, cuando baja la lluvia
a torrentes su barro te vomitan los cerros.

Río hombre, pero hombre con pureza de río,
porque das tu azul alma cuando das tu azul beso.
Muy señor río mío. Río hombre. Único hombre
que ha besado en mi alma al besar en mi cuerpo.

¡Río Grande de Loíza!... Río grande. Llanto grande.
El más grande de todos nuestros llantos isleños,
si no fuera más grande el que de mi se sale
por los ojos del alma para mi esclavo pueblo.

Julia de Burgos (Puerto Rico, 1914 – 1953)

miércoles, 29 de julio de 2015

Ernesto Cardenal. Epigramas (fragmento).

Espalda desnuda de una mujer sentada
Diego Rivera
Tiza roja y carbón vegetal
Museo de Arte Moderno de San Francisco, California, Estados Unidos.

Te doy Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña. 
Los he escrito sencillos para que tú los entiendas. 
Son para ti solamente, pero si a ti no te interesan, 
un día se divulgarán, tal vez por toda Hispanoamérica... 
Y si al amor que los dictó, tú también lo desprecias, 
otras soñarán con este amor que no fue para ellas. 
Y tal vez verás, Claudia, que estos poemas, 
(escritos para conquistarte a ti) despiertan 
en otras parejas enamoradas que los lean 
los besos que en ti no despertó el poeta.

                              *
Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido: 
yo, porque tú eras lo que yo más amaba 
y tú porque yo era el que te amaba más. 
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo: 
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti, 
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

                                *
Muchachas que algún día leáis emocionadas estos versos 
y soñéis con un poeta: 
sabed que yo los hice para una como vosotras 
y que fue en vano.

Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925)

martes, 28 de julio de 2015

Anónimo. Antigua poesía budista. La serpiente (del Sutta Nipata, traducido del pali por Fernando Tola y Carmen Dragonetti). Sutta II: Dhaniya.

Mandala Garbhadhatu, Taizo-kai o Matriz del Mundo
Tesoro nacional de Japón, período Heian
Templo Kyogoku-ji (Toji 東 寺)
Tokio, Japón.

Sutta II: Dhaniya

Diálogo entre el vaquero Dhaniya y el Bhagavant, Buda. Contraposición entre las aspiraciones del hombre común, que lo mantienen aferrado a los bienes de este mundo, y el desapego radical que caracteriza a Buda. Diálogo final entre Mara, el Maligno, que exalta el apego como fuente de placer y Buda que exalta el desapego como medio de eliminar el sufrimiento producido por el apego.

El vaquero Dhaniya:

“He cocinado mi arroz,
he ordeñado mis vacas,
vivo con los míos en la orilla del Mahï,
mi choza está techada,
mi fuego está encendido -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El Bhagavant:

“Estoy libre de cólera,
libre de aridez mental,
paso sólo una noche en la orilla del Mahï
mi choza está descubierta,
mi fuego está extinguido -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.


El vaquero Dhaniya:

“No tengo ni tábanos ni mosquitos,
mis vacas pacen en la pradera de crecidos pastos,
pueden soportar la lluvia que sobrevenga –
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El Bhagavant:

“He construido una balsa
firmemente ensamblada,
he cruzado, he llegado a la otra orilla,
venciendo la corriente,
ya no tengo necesidad de balsa,
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El vaquero Dhaniya:

“Mi pastora es dócil, honesta,
hace mucho tiempo que vive conmigo,
es agradable,
y nada malo oigo acerca de ella -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El Bhagavant:

“Mi mente es dócil, liberada,
hace mucho tiempo que está disciplinada,
que está bien controlada,
mal en verdad no existe en mi -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El vaquero Dhaniya:

“Me sostengo con lo que yo mismo gano,
mis hijos viven conmigo, son sanos,
y nada malo oigo acerca de ellos -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El Bhagavant:

“No soy servidor de nadie,
con lo que he ganado voy por todo el mundo,
ya no tengo necesidad de paga -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El vaquero Dhaniya:

“Tengo vacas, tengo terneros,
tengo vaquillas preñadas,
y vaquillas para aparear;
tengo también un toro,
señor del rebaño -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El Bhagavant:

“No tengo vacas, no tengo terneros,
No tengo vaquillas preñadas,
ni vaquillas para aparear;
ni tampoco tengo aquí un toro,
señor del rebaño -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El vaquero Dhaniya:

“He clavado postes firmes,
las cuerdas de cáñamo son nuevas
y están bien trenzadas,
ni los terneros podrían romperlas -
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

El Bhagavant:

“Como un toro rompiendo sus ataduras,
como un elefante destruyendo las lianas,
yo no regresaré más a un seno materno –
ahora, si lo deseas, llueve dios”.

Y justo entonces
una gran nube comenzó a llover
anegando valles y colinas.
Oyendo al dios llover,
Dhaniya dijo esto:

“¡No ha sido pequeño el logro
de nosotros que hemos visto al Bhagavant!
Oh tú, que sabes ver,
tomamos refugio en ti
¡oh gran muni, sé tú nuestro maestro!

Mi pastora y yo dóciles,
hemos de llevar una vida de pureza,
bajo la disciplina del Bien Encaminado;
yendo más allá del nacimiento y de la muerte,
hemos de poner fin al sufrimiento”.

— — — — —

Mara, el Maligno:

“Goza con sus hijos el que tiene hijos,
goza con sus vacas el que tiene vacas,
los apegos son los goces del hombre,
no goza el que no tiene apegos”.

El Bhagavant:

“Sufre por sus hijos el que tiene hijos,
Sufre por sus vacas el que tiene vacas,
los apegos son los sufrimientos del hombre,
no sufre el que no tiene apegos”.


Del Sutta Nipata, traducido del pali por Fernando Tola y Carmen Dragonetti

lunes, 27 de julio de 2015

Jorge Luis Borges. Otro poema de los dones.

Espíritus afines
Asher Brown Durand
Óleo sobre lienzo
Fundación Familia Walton, Estados Unidos.

Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas
Por la diversidad de las criaturas
Que forman este singular universo,
Por la razón, que no cesará de soñar
Con un plano del laberinto,
Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
Por el amor, que nos deja ver a los otros
Como los ve la divinidad,
Por el firme diamante y el agua suelta,
Por el álgebra, palacio de precisos cristales,
Por las místicas monedas de Ángel Silesio,
Por Schopenhauer,
Que acaso descifró el universo,
Por el fulgor del fuego
Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro
antiguo,
Por la caoba, el cedro y el sándalo,
Por el pan y la sal,
Por el misterio de la rosa
Que prodiga color y que no lo ve,
Por ciertas vísperas y días de 1955,
Por los duros troperos que en la llanura
Arrean los animales y el alba,
Por la mañana en Montevideo,
Por el arte de la amistad,
Por el último día de Sócrates,
Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron
De una cruz a otra cruz,
Por aquel sueño del Islam que abarco
Mil noches y una noche,
Por aquel otro sueño del infierno,
De la torre del fuego que purifica
Y de las esferas gloriosas,
Por Swedenborg,
Que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,
Por los ríos secretos e inmemoriales
Que convergen en mí,
Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,
Por la espada y el arpa de los sajones,
Por el mar, que es un desierto resplandeciente
Y una cifra de cosas que no sabemos
Y un epitafio de los vikings,
Por la música verbal de Inglaterra,
Por la música verbal de Alemania,
Por el oro, que relumbra en los versos,
Por el épico invierno,
Por el nombre de un libro que no he leído:
Gesta Dei per Francos,
Por Verlaine, inocente como los pájaros,
Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,
Por las rayas del tigre,
Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,
Por la mañana en Texas,
Por aquel sevillano que redactó la EpíToda la literatura española,
Por el geométrico y bizarro ajedrez,
Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,
Por el olor medicinal de los eucaliptos,
Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre,
Que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,
Por la noche, su tiniebla y su astronomía.
Por el valor y la felicidad de los otros,
Por la patria, sentida en los jazmines
O en una vieja espada,
Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el
poema,
Por el hecho de que el poema es inagotable
Y se confunde con la suma de las criaturas
Y no llegará jamás al último verso
Y varía según los hombres,
Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos
Por morir tan despacio,
Por los minutos que preceden al sueño,
Por el sueño y la muerte,
Esos dos tesoros ocultos,
Por los íntimos dones que no enumero,
Por la música, misteriosa forma del tiempo.

Jorge Luis Borges (Argentina, 1899 – 1986)

domingo, 26 de julio de 2015

Amado Nervo. Vieja llave.

Llaves
Ricardo Renedo
Óleo sobre tabla
Melque de Cercos, Segovia, España.

Esta llave cincelada
que en un tiempo fue, colgada
(del estrado a la cancela,
de la despensa al granero)
del llavero
de la abuela,
y en continuo repicar
inundaba de rumores
los vetustos corredores,
esta llave cincelada,
si no cierra ni abre nada,
¿para qué la he de guardar?
Ya no existe el gran ropero,
la gran arca se vendió;
sólo en un baúl de cuero,
desprendida del llavero,
esta llave se quedó.
Herrumbrosa, orinecida,
como el metal de mi vida,
como el hierro de mi fe,
esta llave sin llavero
¡nada es ya de lo que fue!
Me parece un amuleto
sin virtud y sin respeto;
como mi querer de acero,
nada abre, no resuena...
¡me parece una alma en pena!
Pobre llave sin fortuna
... y sin dientes, como una
vieja boca; si en mi hogar
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada
¿para qué te he de guardar?

 *

Sin embargo, tú sabías
de las glorias de otros días:
del mantón de seda fina
que nos trajo de la China
la gallarda, la ligera
española nao fiera.
Tú sabías de tibores
donde pájaros y flores
confundían sus colores;
tú, de lacas, de marfiles
y de perfumes sutiles
de otros tiempos; tu cautela
conservaba la canela,
el cacao, la vainilla,
la suave mantequilla,
los grandes quesos frescales
y la miel de los panales,
tentación del paladar;
mas si hoy, abandonada,
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?
 *
Tu torcida arquitectura
es la misma del portal
de mi antigua casa oscura,
(que en un día de premura
fue preciso vender mal).
Es la misma de la ufana
y luminosa ventana
donde Inés, mi prima, y yo
nos dijimos tantas cosas,
en las tardes misteriosas
del buen tiempo que pasó...
Me recuerdas mi morada,
me retratas mi solar;
mas si hoy, abandonada,
ya no cierras ni abres nada,
pobre llave desdentada,
¿para qué te he de guardar?

Amado Nervo (México, 1870 – 1919)

sábado, 25 de julio de 2015

Francisco de Quevedo. Boda de negros.

Candombe
Pedro Figari
Óleo sobre cartón
Museo Municipal Juan Manuel Blanes, Montevideo, Uruguay.

Vi, debe de haber tres días,
en las gradas de San Pedro,
una tenebrosa boda,
porque era toda de negros.
Parecía matrimonio
concertando en el infierno,
negro esposo y negra esposa,
y negro acompañamiento.
Sospecho yo que acostados
parecerán sus dos cuerpos,
junto el uno con el otro
algodones y tintero.
hundíase de estornudos
la calle por do volvieron,
que una boda semejante
hace dar más que un pimiento.
Iban los dos de las manos,
como pudieran dos cuervos;
otros dicen como grajos,
porque a grajos van oliendo.
Con humos van de vengarse,
que siempre van de humos llenos,
de los que por afrentarlos,
hacen los labios traseros.
Iba afeitada la novia
todo el tapetado gesto,
con hollín y con carbón,
y con tinta de sombreros.
Tan pobres son que una blanca
no se halla entre todos ellos,
y por tener un cornado
casaron a este moreno.
Él se llamaba Tomé,
y ella Francisca del Puerto,
ella esclava y él esclavo,
que quiere hincársele en medio.
Llegaron al negro patio,
donde está el negro aposento,
en donde la negra boda
ha de tener negro efecto.
Era una caballeriza,
y estaban todos inquietos,
que los abrasaban pulgas
por perrengues o por perros.
A la mesa se sentaron,
donde también les pusieron
negros manteles y platos,
negra sopa y manjar negro.
Echólos la bendición
un negro veintidoseno,
con un rostro de azabache
y manos de terciopelo.
Diéronles el vino tinto,
pan entre mulato y prieto,
carbonada hubo, por ser
tizones los que comieron.
Hubo jetas en la mesa,
y en la boca de los dueños,
y hongos, por ser la boda
de hongos, según sospecho.
Trujeron muchas morcillas,
y hubo algunos que, de miedo,
no las comieron pensando
se comían a si mesmos.
Cuál por morder el mondongo
se atarazaba algún dedo,
pues sólo diferenciaban
en la uña de lo negro.
Mas cuando llegó el tocino
hubo grandes sentimientos,
y pringados con pringadas
un rato se enternecieron.
Acabaron de comer,
y entró un ministro guineo,
para darles agua manos
con un coco y un caldero.
Por toalla trujo al hombro
las bayetas de un entierro.
Laváronse, y quedó el agua
para ensuciar todo un reino.
Negros dellos se sentaron
sobre unos negros asientos,
y negras voces cantaron
también denegridos versos.
Negra es la ventura
de aquel casado,
cuya novia es negra,
y el dote en blanco.

Francisco de Quevedo (España, 1580 – 1645)

viernes, 24 de julio de 2015

Pablo Neruda. El colibrí.

Paisaje tropical con diez colibríes
Martin Johnson Heade
Óleo sobre lienzo
Estados Unidos

Al colibrí,
volante chispa de agua,
incandescente gota de fuego americano,
resumen encendido de la selva,
arco iris de precisión celeste:
al picaflor un arco,
un hilo de oro,
una fogata verde!

Oh mínimo relámpago viviente,
cuando se sostiene en el aire
tu estructura de polen,
pluma o brasa,
te pregunto,
qué cosa eres,
en dónde te originas?

Tal vez en la edad ciega del diluvio,
en el lodo de la fertilidad,
cuando la rosa se congeló en un puño de antracita
cada uno en su secreta galería,
tal vez entonces del reptil herido
rodó un fragmento,
un átomo de oro,
la última escama cósmica,
una gota del incendio terrestre
y voló suspendiendo tu hermosura,
tu iridiscente y rápido zafiro.

Duermes en una nuez,
cabes en una minúscula corola,
flecha,
designio,
escudo,
vibración de la miel, rayo del polen,
eres tan valeroso
que el halcón con su negra emplumadura no te amedrenta:
giras como luz en la luz,
aire en el aire,
y entras volando en el estuche húmedo
de una flor temblorosa
sin miedo de que su miel nupcial te decapite.

Del escarlata al oro espolvoreado,
al amarillo que arde,
a la rara esmeralda cenicienta,
al terciopelo anaranjado y negro
de tu tornasolado corselete,
hasta el dibujo que como
espina de ámbar te comienza,
pequeño ser supremo,
eres milagro,
y ardes desde California caliente
hasta el silbido del viento amargo de la Patagonia.

Semilla del sol
eres fuego emplumado,
minúscula bandera voladora,
pétalo de los pueblos que callaron,
sílaba de la sangre enterrada,
penacho del antiguo corazón sumergido.


Pablo Neruda (Chile, 1904 – 1973)