Pintura y poesía

Pintura y poesía

domingo, 31 de mayo de 2015

Oscar Castro Zúñiga. Del cielo a tu corazón.

Campesinos chilenos
Giovanni Mochi
Óleo sobre tela
Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago, Chile.

Del cielo a tu corazón
no puede haber una legua.
Si gritas “¡Ah, yegua, yegua!”,
San Pedro, que es un patrón, 
ha de salir al portón, 
corriendo todas las trancas 
para que tú y tus potrancas 
entren allí sin golpear 
y en alegre galopar 
le trillen sus eras blancas.

Tú que cultivas el trigo
en las haciendas chilenas,
tú el de las manos morenas,
de los pájaros, amigo,
tienes a Dios por testigo 
y en el Santo Tribunal
de la Corte Celestial 
puedes decir con orgullo: 
“La Hostia, que es cuerpo Tuyo,
fue una espiga en mi trigal”.

Y tú que los potros domas
con tu rebenque y tu espuela,
tú que en tanto el pingo vuela 
por caminos y por lomas,
entre los labios asoma 
una tonada vibrante 
si prosigues tan campante
con ese alazán macizo,
las puertas del paraíso  
te has de llevar por delante. 

Tú que en el pértigo vas 
como en su trono los reyes, 
tú que tienes de los bueyes 
la mansedumbre y la paz, 
cuando mueras llegarás 
por un camino sin huellas
al sitio en que las estrellas
son como espigas de luces 
¡y la carretera en que cruces
 irá cargada con ellas!

¡Eh, tú que a la luna blanca 
podrías echar el lazo,
cuidado con el porrazo
si ese novillo se arranca!
Llevas  el viento en el anca
y es tanta tu gallardía
que si encontraras un día
al Diablo en estos picachos 
¡a la cincha, por los cachos,
tu lazo lo amarraría!

Hombres de ingenua canción,
varones de valle y sierra 
que tenéis como la tierra
generoso el corazón,
en la celestial mansión
hay montes de azul color
y potreros de verdor
y bueyes de lomo blando
para seguir trabajando 
las haciendas del Señor. 

Oscar Castro Zúñiga (Chile, 1910 - 1947)

sábado, 30 de mayo de 2015

Pedro Calderón de la Barca. ¡Ay mísero de mí...!

 
La vida es sueño
Juan Figueras y Vila
Relieve en bronce
 Detalle del monumento a Calderón de la Barca, Madrid, España.

¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! 

Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
qué más os pude ofender
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
qué yo no gocé jamás?

Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?

Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
(gracias al docto pincel),
cuando, atrevida y crüel
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?

Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas, bajel de escamas,
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?

Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huida;
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?


En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón,
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?

Pedro Calderón de la Barca (España, 1600 – 1681)

viernes, 29 de mayo de 2015

William Shakespeare. El soliloquio de Hamlet.

Hamlet y Horacio
Óleo sobre lienzo
Eugène Delacroix
Museo Instituto Städel, Frankfurt, Alemania.


¡Ser, o no ser, es la cuestión!  -¿Qué debe
más dignamente optar el alma noble
entre sufrir de la fortuna impía
el porfiador rigor, o rebelarse
contra un mar  de desdichas, y afrontándolo
desaparecer con ellas?

Morir, dormir, no despertar más nunca,
poder decir todo acabó; en un sueño
sepultar para siempre los dolores
del corazón, los mil y mil quebrantos
que heredó nuestra carne, ¡quién no ansiara
concluir así!

¡Morir... quedar dormidos...
Dormir... tal vez soñar!   -¡Ay! allí hay algo
que detiene al mejor. Cuando del mundo
no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños
vendrán en ese sueño de la muerte!
Eso es, eso es lo que hace el infortunio
planta de larga vida. ¿Quién querría
sufrir del tiempo el implacable azote,
del fuerte la injusticia, del soberbio
el áspero desdén, las amarguras
del amor despreciado, las demoras
de la ley, del empleado la insolencia,
la hostilidad que los mezquinos juran
al mérito pacífico, pudiendo
de tanto mal librarse él mismo, alzando
una punta de acero? ¿quién querría
seguir cargando en la cansada vida
su fardo abrumador?...

Pero hay espanto
¡allá del otro lado de la tumba!
La muerte, aquel país que todavía
está por descubrirse,
país de cuya lóbrega frontera
ningún viajero regresó, perturba
la voluntad, y a todos nos decide
a soportar los males que sabemos
más bien que ir a buscar lo que ignoramos.
Así, ¡oh conciencia!, de nosotros todos
haces unos cobardes, y la ardiente
resolución original decae
al pálido mirar del pensamiento.
Así también enérgicas empresas,
de trascendencia inmensa, a esa mirada
torcieron rumbo, y sin acción murieron.


Versión de Rafael Pombo

William Shakespeare (Reino Unido, 1564 – 1616)

jueves, 28 de mayo de 2015

Eduardo Carranza.. Azul de ti.


 
El vaso de cerveza
Pablo Picasso
Óleo sobre lienzo
Museo Pushkin, Moscú, Federación Rusa.

Pensar en ti es azul, como ir vagando
por un bosque dorado al mediodía:
nacen jardines en el habla mía
y con mis nubes por tus sueños ando.

Nos une y nos separa un aire blando,
una distancia de melancolía;
yo alzo los brazos de mi poesía,
azul de ti, dolido y esperando.

Es como un horizonte de violines
o un tibio sufrimiento de jazmines
pensar en ti, de azul temperamento.

El mundo se me vuelve cristalino,
y te miro, entre lámparas de trino,
azul domingo de mi pensamiento.

Eduardo Carranza (Colombia, 1913 – 1985)

miércoles, 27 de mayo de 2015

Manuel Acuña: El reo a muerte.



La esperanza del condenado a muerte
Joan Miró
Tríptico. Acrílico sobre tela.
Fundación Joan Miró, Barcelona, España.

Al eminente actor D. José Valero

Esa noche, ardiendo el pueblo
de animación y entusiasmo
bajo el influjo sublime
de tu genio soberano,
todo era bravos y dianas,
todo era vivas y aplausos,
todo cariño en los ojos 
todo cariño en los labios,
y todo flores, laureles,
admiración y ... entretanto,
allá muy lejos, muy lejos,
sonando lento y pausado,
se alzaba entre las tinieblas
y entre el silencio un cadalso,
sin otro eco que el latido
del pecho del condenado
que en diálogo con la muerte
velaba en un subterraneo.
aquel cadalso se alzaba
cada vez más y más alto,
como un espectro, sombrío
como un vampiro, callado,
como una tumba implacable,
y como un monstruo, inhumano;
se alzaba y, sin que ninguno
oyera aquel ruido amargo,
por los sollozos de un hombre
solamente acompañado,
la humanidad impasible
bajo su mudo letargo, 
miraba crecer y alzarse
las formas de aquel cadalso,
cuando tú, tú que escuchaste
sus ecos tristes y vagos
te levantaste por ella
con la voz del entusiasmo,
y en presencia de aquel pueblo
y enfrente de aquel tablado
ceñida con tus laureles
la hiciste hablar por tus labios,
salvando al sol de aquel día
del rubor de aquel cadalso.

* * *
Aquel que es su desamparo,
y aún más que unos pocos días
y aún más que unos pocos años
pudo gozar la dulzura
de ver a su hijo en los brazos,
libre del infame nombre
de hijo del ajusticiado;
pero yo que desde niño
aprendí lleno de espanto
a aborrecer los verdugos
y a maldecir los cadalsos
dejo a la gloria que entonces
para ensalzarte su canto,
y del condenado a muerte
bajo los recuerdos gratos,
en nombre suyo, las gracias
de la humanidad te mando.

Manuel Acuña (México, 1949 – 1973)

martes, 26 de mayo de 2015

Javier del Granado. La Vicuña.

¿Nos están hablando?
Renata Wright
Acuarela 
Australia

Esbelta y ágil la gentil vicuña
rauda atraviesa por la hirsuta loma,
y en su nervioso remo de paloma,
las graníticas rocas apezuña.

El sol de gemas, en su disco acuña,
la testa erguida que al abismo asoma,
y en sus pupilas de obsidiana doma
la catarata que el alfanje empuña.

Su grácil cuello como un signo alarga,
interrogando ansiosa a la llanura,
y envuelta en el fragor de una descarga,
huye veloz por el abrupto monte
y se pierde rumiando su amargura,
como un dardo a través del horizonte.

Javier del Granado (Bolivia, 1913 – 1996)

lunes, 25 de mayo de 2015

Jorge Eduardo Eielson. Elegía.

El deseo y la satisfacción
Jan Toorop
Pastel en dos folios de papel beige contracolados en cartón
Museo de Orsay, París, Francia

No es el pájaro salado
Sobre la playa dorada 
Ni el desierto que se anida 
En la palma de la mano 
No es la luna que se asoma 
Sobre el último poema 
No es el sol sobre la arena 
Ni la arena que oscurece 
El sol sobre la arena 
No es la sombra acumulada 
En el patio de la casa 
Ni tampoco tu mirada 
Que todo lo llena de espuma 
De claridad y de pescado 
No es el dolor de cabeza 
Ni el riñón enamorado 
Ni mi sexo que padece 
Ni tu sexo que amanece 
Sobre la cama revuelta 
Como si fuera un lucero 
No es la sábana arrugada 
Ni la estrella ensangrentada 
Que resbala diariamente 
Por tu cuerpo y por mi cuerpo 
Hasta el fondo de la tierra 
No es la glándula que llora 
Ni la glándula que ríe 
No es la harina dolorosa 
De tus huesos y mis huesos 
Ni la piel que os divide 
Como cáscara de huevo 
No es la máscara de polvo 
Sobre tu calavera 
Ni la máscara de polvo 
Sobre mi calavera 
No es amarnos todavía 
Sin pantalón ni sonrisa 
Sin corazón ni vestido 
Casi sin carne y hueso 
No es la luna que regresa 
Ni tu desnudez que pasa 
Como el viento en el estío 
Es tan sólo mi ceniza 
Que desea tu ceniza. 

Jorge Eduardo Eielson (Perú, 1924 - 2006)

domingo, 24 de mayo de 2015

Juan Ramón Jiménez. Álamo blanco.

Claude Monet
Álamos
Óleo sobre lienzo
Colección privada


Arriba canta el pájaro y abajo canta el agua.
(Arriba y abajo, se me abre el alma.)

Entre dos melodías la columna de plata.
Hoja, pájaro, estrella; baja flor, raíz, agua.
Entre dos conmociones la columna de plata.
(Y tú, tronco ideal, entre mi alma y mi alma.)

Mece a la estrella el trino, la onda a la flor baja.
(Abajo y arriba, me tiembla el alma.)

Juan Ramón Jiménez (España, 1881 – 1958)

sábado, 23 de mayo de 2015

Gonzalo Rojas. La palabra placer.

Amantes
Pablo Picasso
Lápiz y tinta china sobre papel.
Museo Picasso, París, Francia.

La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo
la palabra placer
cayendo del destello de tu nuca, fluyendo
blanquísima por lo vertiginoso oloroso de
tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas
de cuyo arco pende el Mundo, cómo lo
músico vino a ser marmóreo en la
esplendidez de tus piernas si antes hubo
dos piernas amorosas así considerando
claro el encantamiento de los tobillos que son
goznes que son aire que son
partícipes de los pies de Isadora
Duncan la que bailó en la playa
abierta para Serguei
Iesénin, cómo
eras eso y más para mí, la
danza, la contradanza, el gozo
de olerte ahí tendida recostada en tu ámbar contra
el espejo súbito de la Especie cuando te vi
de golpe, ¡con lo lascivo
de mis dedos te vi!
la arruga errónea, por decirlo, trizada en
lo simultáneo de la serpiente palpándote
áspera del otro lado otra
pero tú misma en
la inmediatez de la sábana, anfibia
ahora, vieja
vejez de los párpados abajo, pescado
sin océano ni
nada que nadar, contradicción
siamesa de la figura
de las hermosas desde el
paraíso, sin
nariz entonces rectilínea ni pétalo
por rostro, pordioseros los pezones, más
y más pedregosas las rodillas, las costillas:
-¿Y el parto, Amor, el
tisú epitelial del parto?

De él somos, del
mísero dos partido
en dos somos, del
báratro, corrupción
y lozanía y
clítoris y éxtasis, ángeles
y muslos convulsos: todavía
anda suelto todo, ¿qué
nos iban a enfriar por eso los tigres
desbocados de anoche? Placer
y más placer.
Olfato, lo primero el olfato de la hermosura, alta
y esbelta rosa de sangre a cuya vertiente vine, no
importa el aceite de la locura:
-Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma...

Gonzalo Rojas (Chile, 1917 – 2011)

viernes, 22 de mayo de 2015

Guillaume Apollinaire. Tuve el valor de mirar hacia atrás...

La persistencia de la memoria
Salvador Dalí
Óleo sobre lienzo
Museo de Arte Moderno de Nueva York, Estados Unidos.

Tuve el valor de mirar hacia atrás
Los cadáveres de mis días
Marcan mi camino y les voy llorando
Unos se pudren en las iglesias italianas
O en pequeños bosques de limoneros
Que florecen y fructifican
Al mismo tiempo y en todas las estaciones
Otros días lloraron antes de morir en las tabernas
Donde ardientes ramos rodaban
Ante los ojos de una mulata que inventaba la poesía
Y las rosas de la electricidad se abren aún
En el jardín de mi memoria


Versión de Claire Deloupy

Guillaume Apollinaire (Italia - Francia, 1880 – 1918)

jueves, 21 de mayo de 2015

Téophile Gautier. Lied.

Primavera
Verano
Otoño
Invierno
Giuseppe Arcimboldo
Óleos sobre tabla
Museo Louvre. París, Francia.

Es rosada la tierra en el abril, 
como la juventud, como el amor; 
y casi no se atreve, siendo virgen, 
a enamorarse de la Primavera. 

En junio, con un pálido semblante 
y el corazón turbado de deseos, 
con el Verano de tostada piel 
se apresura a ocultarse en los trigales. 

En agosto, bacante color cobre, 
al Otoño le ofrece sus dos pechos, 
con su piel atigrada se revuelca 
y hace brotar la sangre de las vides. 

En diciembre es la anciana que se encorva, 
empolvada de blanco por la escarcha; 
en sus sueños quisiera despertar 
al Invierno que ronca junto a ella.


Versión de Carlos Pujol

Téophile Gautier (Francia, 1811 – 1872)

miércoles, 20 de mayo de 2015

León Felipe. Preceptiva poética.

Desnudo recostado
Amadeo Modigliani
Óleo sobre tela
Museo de Arte Moderno de Nueva York, Estados Unidos.

I
Poesía...
tristeza honda y ambición del alma... 
¡cuándo te darás a todos... a todos, 
al príncipe y al paria,
a todos...
sin ritmo y sin palabras!...

II
Deshaced ese verso.
Quitadle los caireles de la rima, 
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma...
Aventad las palabras...
y si después queda algo todavía, 
eso será la poesía.

III
Más bajo, poetas, más bajo... 
hablad más bajo no gritéis tanto
no lloréis tan alto
si para quejaros
acercáis la bocina a vuestros labios, 
parecerá vuestro llanto
como el de las plañideras, mercenario.

IV
Y si el verso
poetas cortesanos
si el verso como el hombre
no fuese de cristal sino de barro.

V
Poeta,
ni de tu corazón,
ni de tu pensamiento,
ni del horno divino de Vulcano
han salido tus alas.
Entre todos los hombres las labraron
y entre todos los hombres en los huesos 
de tus costillas las hincaron.
La mano más humilde te ha clavado 
un ensueño...
una pluma de amor en el costado.


León Felipe, (España 1884 - 1968)

martes, 19 de mayo de 2015

Pablo Neruda. Salitre.

Huellas del desierto
Patricia Hernández Morales
Publicado en "Salitreras del Norte Grande: huellas de un pasado".

Salitre, harina de la luna llena,
cereal de la pampa calcinada,
espuma de las ásperas arenas,
jazminero de flores enterradas.
Polvo de estrella hundido en tierra oscura,
nieve de soledades abrasadas,
cuchillo de nevada empuñadura,
rosa blanca de sangre salpicada.
Junto a tu nívea luz de estalactita
duelo, viento y dolor el hombre habita,
harapo y soledad son sus medallas.
Hermanos de las tierras desoladas
aquí tenéis como un montón de espadas
mi corazón dispuesto a la batalla.


Pablo Neruda (Chile, 1904 – 1973)

lunes, 18 de mayo de 2015

María Elena Walsh. Serenata para la tierra de uno.

Las Parvas
Martín Malharro
Óleo sobre tela
Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, Argentina.

Porque me duele si me quedo 
pero me muero si me voy, 
por todo y a pesar de todo, mi amor, 
yo quiero vivir en vos.
Por tu decencia de vidala 
y por tu escándalo de sol, 
por tu verano con jazmines, mi amor, 
yo quiero vivir en vos.
Porque el idioma de infancia 
es un secreto entre los dos, 
porque le diste reparo 
al desarraigo de mi corazón.
Por tus antiguas rebeldías 
y por la edad de tu dolor, 
por tu esperanza interminable, mi amor, 
yo quiero vivir en vos.
Para sembrarte de guitarra, 
para cuidarte en cada flor 
y odiar a los que te castigan, mi amor, 
yo quiero vivir en vos.


María Elena Walsh (Argentina, 1930 – 2010)

domingo, 17 de mayo de 2015

Oliverio Girondo. Vuelo sin orillas.

Sobrevolando Vitebsk
Marc Chagall
Museo de Arte Moderno de Nueva York, Estados Unidos.

Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas
los rumores cansados,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestable riberas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo flúido,
la limpidez maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Oliverio Girondo (Argentina, 1891 – 1967)

sábado, 16 de mayo de 2015

José Zorrilla. Una aventura de 1360.

Vista de la cudad de Sevilla desde Triana en el siglo XVI (detalle)
Anónimo
Museo de América
Madrid

En las frondosas campiñas 
que con sus ondas serenas 
fecunda el Guadalquivir
antes que en el mar se pierda,
sentada está una ciudad 
que majestuosa ostenta 
lo atrevido de sus torres, 
lo antiguo de sus almenas. 
El río su bella imagen 
en su corriente refleja 
pasando enorgullecido 
por pasar tan junto a ella. 
Y ella se mira en sus aguas 
contemplando allí altanera 
su antigüedad y poder 
y su proverbial belleza.
Espesos muros la ciñen, 
y frondosísimas huertas, 
y apiñados olivares,
y fertilísimas vegas.
Radiante sol la ilumina, 
y la bordan sus laderas
altos y copados árboles 
y olorosas flores bellas. 
Alegre gente la vive, 
que las calurosas siestas 
y las perfumadas noches 
pasa al son de la vihuela, 
ya en sus entoldados patios, 
entre fuentes y macetas,
ya en sus floridos jardines 
gozando sus auras frescas. 
Ciudad de hermoso recuerdo, 
ciudad bella entre las bellas, 
de los moros es envidia, 
de los cristianos soberbia. 
Sevilla, en fin, y esto basta, 
que todo el nombre lo encierra; 
y hablando de la hermosura 
todo es una cosa mesma. 
En Sevilla, pues, y en una 
noche azulada de aquéllas 
en que la luna derrama 
tranquila claridad trémula, 
y en lo cóncavo del aire 
resplandecen las estrellas, 
y más allá con más brillo
los luceros reverberan;
en una de aquellas noches 
en que todo se presenta 
blanco, pacífico, hermoso, 
y que la mente embelesa, 
y los sentidos embriaga 
y el corazón enajena; 
noche de aventuras propia 
en mil trescientos sesenta 
(edad en que esto pasaba, 
si mi memoria no yerra), 
por la calle de la Sierpe,
media noche siendo apenas,
dos hombres en la ancha plaza 
con prisa y silencio se entran. 
Largas capas les envuelven,
no porque precisas sean, 
sino porque bien les cubran
de las personas las señas.
Por el lado de la sombra, 
punta a punta la atraviesan 
de la calle de la Sierpe 
hasta la calle de Génova, 
y el bulto de sus espadas, 
que bajo la capa llevan, 
las plumas de sus birretes 
y el rumor de sus espuelas, 
por hidalgos les acusan,
por más que entrambos se empeñan 
en pasar como personas 
de común raza plebeya. 
Al fin cuando ya contaban
tomar una callejuela 
que al alcázar los llevase 
sin pasar frente a la iglesia, 
paróse el más alto de ellos, 
diciendo : "¿Qué sombra es ésa
que tras el pilar se oculta, 
Benavides? Yo dijera 
que es un hombre". Y Benavides, 
al que pregunta contesta 
"Llegad, señor, sin cuidado,
que ya imagino quién sea, 
y hará paso al conocerme,
que es hombre que me respeta, 
porque me debe favores 
e hicimos juntos la guerra".
Siguió andando Benavides;
siguió el otro, por respuesta 
dándole sólo el silencio 
que satisfacerle muestra, 
y frente al hombre llegando 
que junto al pilar espera, 
mostrándose Benavides, 
dejó franca la carrera.
“Dios te guarde, Andrés", le dijo 
el que va, pasando cerca. 
"Buenas noches" dijo el hombre, 
saludando con llaneza:
y pasaron los hidalgos, 
y siguió el otro en su espera. 
Y, entre los dos que se van 
por la oscura callejuela, 
conversación en voz baja 
se entabló de esta manera:
"¿Quién es ese hombre?
-Un soldado
que entró poco hace en la regla 
de San Francisco, cansado 
del servicio y de la guerra. 
-¿Y por qué precisamente 
en tal ocasión lo deja, 
pudiendo darle fortunas 
estos tiempos -de revueltas? 
-Dice que al rey don Alonso
sirvió de grado, y por fuerza
no quiere servir a nadie.
-Ya entiendo.
-Señor...
-Le lleva
la opinión del vulgo necio,
que mal de don Pedro piensa.
-Ya veis, señor, pues al claustro 
se acoge, con su conciencia 
se lo habrá mirado bien. 
-Y a tales horas, ¿qué espera, 
solo en mitad de la plaza, 
sin el traje de su regia? 
-Señor, es historia larga. 
-Tal cual es quiero saberla. 
-Son cosas qué-importan poco. 
-A mí todo me interesa; 
decid, pues.
-Pues escuchad.
Ya sabéis que representan
al Rey los monjes franciscos,
que habiendo en su casa mesma 
un manantial necesario 
para el buen servicio de ella, 
el derecho a los vecinos 
se les quite de que puedan 
servirse de él en su daño, 
porque sin agua les dejan. 
Los vecinos, como tienen 
aquella fuente más cerca, 
para tomarla a su gusto
su viejo derecho alegan. 
-Y tienen razón, y el Rey 
se la da.
-Por esa muestra
de su Real benignidad,
de los vecinos se aumenta 
la osadía, y de los monjes 
el trabajo y la impaciencia. 
De aquí nacen las hablillas, 
las voces y las quimeras; 
los vecinos a los monjes 
tal vez obligar intentan 
a que de noche y de día 
les tengan franca la puerta. 
Los monjes quieren cerrarla 
como lo manda su regla, 
y esto ocasiona denuestos 
y escandalosas pendencias. 
Los vecinos traen soldados, 
gente de su parentela; 
los frailes sacan domésticos 
y deudos que los defiendan; 
y como ven que su Rey 
lo que le piden les niega, 
los del pueblo cobran bríos, 
y los frailes se exasperan. 
Esto duró hasta que Andrés, 
hombre a quien nada amedrenta, 
hombre que usa de las armas 
con asombrosa destreza, 
con sus escrúpulos dando 
de una sola vez en tierra, 
asió su espada saliendo 
de los suyos en defensa. 
Burlábanse al principio, 
mas él se ha dado tal priesa 
en asentar cintarazos 
con tal fortuna y destreza,
que del manantial los monjes
son dueños a la hora de ésta.
-¿Tan bizarro es ese Andrés?
-Tan bizarro y tan a prueba,
que él solo guarda la plaza
y ninguno se le acerca.
-El miedo de los villanos 
es quien su valor pondera. 
-De quien queráis informaos; 
veréis que nadie lo niega. 
Es hombre que, si le dicen 
que una calle por apuesta, 
guarde una noche, es seguro 
que nadie pasa por ella.
-¿Y no hay justicia en Sevilla, 
un hombre que le contenga? 
-Ya veis, se acoge a sagrado, 
y los bravos le respetan."
Murmuró el que preguntaba 
unas palabras inciertas, 
que expiraron en murmullo
cual pronunciadas apenas. 
Y como a un postigo oculto 
que da al alcázar se llegan, 
callaron ambos a dos, 
llamando a espacio a la puerta. 
Abrióles un pajecillo, 
y entrando los dos por ella, 
quedó el silencio en el aire
y en soledad la plazuela.
Está la siguiente noche
tocando en la misma flora, 
y desde el cenit vertiendo 
la luna luz melancólica.
Ni una ráfaga de viento 
la soledad silenciosa 
interrumpe, ni una nube 
del cielo el azul entolda. 
Toda Sevilla es silencio, 
reposa Sevilla toda,
que duerme al son que la arrullan 
del Guadalquivir las ondas. 
Apenas de tarde en tarde 
atraviesa una persona 
las calles a largos pasos, 
o en una reja se aposta. 
Y los grandes edificios 
que la extensa plaza forman, 
sobre el suelo de la plaza
tienden su gigante sombra. 
En un pilar apoyado 
de una callejuela angosta, 
por do un largo pasadizo
en la plaza desemboca,
hay un hombre que está en vela,
y a quien la noche medrosa 
presta contornos fantásticos 
y faz amenazadora. 
Inmoble en la oscuridad, 
no parecen que le importan
ni el relente de las noches 
ni el ver que pasan las horas. 
Si espera a alguien, nadie acude 
a la cita misteriosa; 
si aguarda algún hora fija, 
su venida fue bien pronta. 
Frente por frente al convento 
de San Francisco se aposta, 
cuya puerta se ve franca 
como abandonada y sola. 
¿Es que aquel hombre la guarda, 
o es que en acecho la ronda?
Porque él la guarda o la acecha 
con una intención incógnita. 
En esto la plaza adentro, 
por la calle de la Sierpe 
un hombre desembocando, 
a largos pasos se mete. 
Un solo punto los ojos
en su derredor revuelve,
y viendo al hombre que aguarda, 
vase a él rápidamente, 
el sombrero hasta las cejas 
y el embozo hasta los dientes.
Llegó al que esperaba, y plática 
entablaron de esta suerte: .
-¡Andrés!
-¿Quién me llama?
-Un hombre.
-¿Me conoce?
-Sí
-¿Qué quiere? 
-Que tenga por tu aljibe
un privilegio mi gente.
Me han dicho que tú tan sólo
a tu convento defiendes,
y que cejan los villanos
y la canalla te teme.
-Y te han dicho la verdad.
-Por eso precisamente
he venido aquí esta noche,
por si al cabo empacho tienes
en dejarme hacer de día
lo que de noche no entiende
ninguno en el barrio.
-Hidalgo,
si eso trae, errado viene;
todos han de tomar agua,
o nadie absolutamente.
-¿Conque contra el Rey te opones,
que lo contrario te advierte?
-Yo contra el Rey no me opongo,
mas cuido mis intereses;
y pues por ellos no cuidan,
siendo inútiles, sus leyes,
hombre a hombre, y fuerza a fuerza,
aquí has de encontrarme siempre.
Será injusticia y escándalo,
será cuanto se quisiere;
mas, a quien osados cargan, necio es, 
si no se defiende. -Hazlo, pues.
-Enhorabuena,
hidalgo, y tened presente
que habéis venido a buscarme. 
-Menos hablar y defiéndete. 
Y esto diciendo uno y otro 
a cuchilladas se meten 
con tanto brío que chispas 
de las espadas encienden. 
El caballero le carga 
tan fiera y bizarramente, 
que el hacerle cara el otro, 
hasta milagro parece. 
Dan, vuelven, paran, reciben;
ni uno ceja ni otro cede; 
Andrés con calma y acierto, 
el otro como una sierpe:
mas es inútil, el monje
es tan diestro y es tan fuerte,
que aunque es el hidalgo un hombre 
que como un tigre revuelve,
y cuyo brazo muy pocos
a resistirle se atreven, 
de poco o nada le sirven
lo que sabe y lo que puede. 
Al fin, el monje, mirando 
que el intento con que viene 
es tal, que mucho peligra 
si no se concluye en breve, 
lanzóle tal multitud 
de tajos y de reveses, 
que el otro cejó seis pasos, 
diciendo: -¡Demonio, tente!
Túvose Andrés, y el incógnito, 
la mano franca tendiéndole, 
dijo: "Lo que quieras pídeme, 
que todo te lo mereces. 
-Yo nada de vos espero. 
¿Qué podéis vos ofrecerme? 
-A todo por tu valor, 
el rey don Pedro se ofrece. 
-Señor -exclamó el buen monje 
ante sus plantas rindiéndose-, 
perdonad si estuve osado... 
-Andrés, obraste valiente; 
concédote lo que quieras, 
para que de mí te acuerdes. 
-Señor, de nuestra agua os pido 
la propiedad solamente. 
-Desde esta noche a los monjes 
anuncia que la poseen." 
Y tomando el rey don Pedro
por el callejón de enfrente,
volvióse al convento el fraile,
agradecido y alegre.

José Zorrilla (España, 1817 – 1893)